• Dafne Emilia Martínez

Hacerse ilegible

En las más profundas grietas de la infancia, casi todas, todes, todos, jugamos alguna vez a ser invisibles y si no lo hicimos, probablemente fantaseamos con la idea y con lo que haríamos de contar con semejante superpoder. Lamentablemente, la invisibilidad, cualidad invaluable para los espías, mirones y quizá también para los tímidos y poco dados a la juerga, es un terreno vedado para quienes serpenteamos por la vida adulta en el siglo XXI.

Es un lugar común sostener que nuestras interacciones cotidianas se han transformado en un panóptico digital donde cada opinión, cada gesto o incluso cada deseo quedan consignados dentro de un sistema de código que los transforma en señales de retroalimentación para que algún servidor en Utah o Nebraska o algún atolón del pacífico se encargue de que su emisor, es decir, el humano de carne y hueso con cuyos dedos se produjeron esos clics, pueda ser procesado dentro de una inmensa base de datos con el benevolente propósito de que, cuando navegue por Twitter o Facebook, reciba comerciales acordes a sus preferencias.


El filósofo coreano Byung Chul Han acuñó el término “sociedad de la transparencia“ para referirse a esta obsesiva tendencia a publicitarlo todo. Sin embargo, sería un error suponer que esta exigencia de hipervisibilidad, que también podríamos llamar hiperlegibilidad es una accidental y feliz consecuencia de la hegemonía que Silicon Valley impuso desde los años ochenta del siglo pasado. Al final, todo esto, es decir, la obsesión, el panóptico, Silicon Valley mismo, no son sino los últimos eslabones en una cadena cuyos comienzos podríamos trazar en los caminos desolados que dejó la Peste Negra en la Europa del XIV, así como en las caravanas de mercantes italianos que se arriesgaban para penetrar en China y en las ruinas de Constantinopla.

El eurocentrismo es algo terrible, pero para narrar esta historia -la de nuestra lucha por la invisibilidad- resulta algo inevitable porque la cadena que acaba en Silicon Valley que, por cierto, es la misma con la que los traficantes de esclavos amarraban a sus víctimas en el abrumador trayecto de África a lo que después se llamó América, está trenzada por hechos como la exploración del llamado Nuevo Mundo y se forjó en los talleres tipográficos de Renania donde Johannes Gutenberg perfeccionó la imprenta tipográfica. A grandes rasgos, lo que intentamos decir, simplificando e incluso contradiciendo, quizá, lo esbozado por Byung Chul Han, es que la “sociedad de la transparencia“, lejos de ser una ruptura con la modernidad es su consecuencia más palpable.

La hipervisibilidad que vemos ahora o incluso fenómenos como la supremacía de la imagen, que lamentan teóricos como Sartori, están lejos de ser un cambio de paradigma. En este sentido, podemos arriesgarnos a decir que el libro no ha desaparecido, por el contrario, se ha desbordado hasta alcanzar cada aspecto de nuestras vidas. Vivimos, en cierto sentido, una situación opuesta a la imaginada por Michel Ende en su icónica novela “La historia interminable“ y también a la que planteó Ray Bradbury en “Fahrenheit 451". En la novela de Ende, la nada, el caos y la estulticia van destruyendo poco a poco el mundo de la imaginación que, después, cuaja en forma de libro. En la Bradbury, el libro puede desaparecer porque se ha decretado una guerra en su contra.


Nuestra realidad ofrece un camino diferente al imaginado por ambos autores: todos nos volvimos libro, porque nos volvimos información, datos duros. No es casualidad, por ejemplo, que la red social digital más icónica entre las que surgieron en la primera década de este siglo se llame, literalmente, libro de caras. La cosa es que no nos volvimos un libro como los que planteaba Ende o como los que buscaban rescatar los rezagados en la novela de Bradbury aprendiéndolos de memoria. Nos convertimos, en el mejor de los casos, en una enciclopedia monstruosa con el potencial para provocar pesadillas al propio Borges, gran defensor de las enciclopedias. En el peor, somos un libro contable, un aburrido registro o lo que es peor, un mapa.

¿Porqué un mapa sería peor? Los mapas pueden llegar a ser divertidos, cuando son mapas del tesoro, por ejemplo, o cuando nos ofrecen pistas, nos narran historias, cuando los podemos convertir en relatos. De cualquier otra manera, el mapa es una herramienta de dominación. No es casualidad que junto con el libro como tecnología, se fortaleciera también la figura del mapa y mucho menos es casualidad que , sobre todo en el ámbito académico, se utilice el término “cartografía“, para hacer alusión a experiencias humanas. Así, nos encontramos con que es común encontrar tesis con subtítulos tan peregrinos como “cartografía de la cotidianidad“ o “cartografías eróticas“, etcétera. La hipercuantificación a la que nos sometemos mediante los dispositivos digitales va de la mano con esta obsesión, profundamente moderna, de cartografiarlo todo y catalogarlo y tenerlo bien guardado bajo llave. Para acceder a este punto, sin embargo, es preciso tener todo bien identificado. Un buen mapa es aquel con fronteras bien delineadas. De aquí para acá esto es esto y para allá es aquello otro. Lo que no entra en esas cajas y esas clasificaciones, bueno, eso incomoda y hay que hallar el modo de introducirlo en alguna categoría.

Todo esto lo sé por una razón muy sencilla: soy, o al menos intento habitar este mundo, como una mujer transgénero. Binarismos aparte, no hay quizá lugar más saturado en internet de cajas, celdas y clasificaciones que aún huyendo de lo binario parecen reproducirlo como fractales que cierta “transósfera“ digital de gusto profundamente universitario y estadounidense. En la cultura de internet se ha vuelto un lugar común señalar a los espacios de justicia social como ejemplos del puritanismo más recio y la intransigencia más fuerte. Hay que tener cuidado, por supuesto, con el papel de tonto útil de la ultraderecha que de estas críticas pasa a cuestionar por completo los fundamentos sobre los que están planteadas. Sin embargo, mientras las formas sigan siendo puritanas, el fondo seguirá en peligro.

Las formas en estos espacios son puritanas, me parece que por dos razones: En primer lugar, por la influencia estadounidense y la ideología profundamente moderna que hay detrás (aunque sus detractores digan que es posmo) y que se traduce en una obsesión por las etiquetas y por los límites de las etiquetas. En esta parte del internet se producen verdaderas batallas campales sobre términos y definiciones. El lenguaje y la hermenéutica cobran una importancia que solo existe en universos como el del análisis bíblico o el estudio del Corán. Hay un profundo logocentrismo en todo esto y una obsesión enfermiza por el sentido que acaba por imitar a la de movimientos políticos menos afortunados.

La segunda razón tiene que ver con que desde los sesenta, la liberación de las personas LGBTTIQ+ se ha entendido como un proceso de lucha por el reconocimiento, la visibilidad y la inclusión. Se supone que, como mujer transgénero, debería preocuparme por mi visibilidad y porque se me reconozca y porque el estado tutele mis derechos. El hecho es que sí, me preocupo por todo eso desde el punto de vista práctico. Vivir sin visibilidad es en este momento histórico algo muy peligroso y hay ocasiones en las que parece más seguro ceder ante la presión por pornografiarse, si me permite inventar una expresión, que mantenerse en el margen. Porque además, el hecho es que el margen, la intimidad, la vida fuera de la webcam, se han vuelto un lujo. Hasta hace unos años, el acceso a internet, por ejemplo, se consideraba una circunstancia privilegiada. Aún es así para millones de personas, pero en el mundo occidental y su periferia, de la que por supuesto, forma parte América Latina, estamos ya en un momento en el que de hecho, poder vivir sin conexión comienza a ser el verdadero lujo, como nos lo muestra el caso de Jack Dorsey, CEO de Twitter hasta el mes pasado, quien no solo se ha retirado por meses para meditar en silencio en los bosques de California, sino que además se ha convertido en impulsor de este modo de vida. El día que Dorsey renunció, las acciones de Twitter subieron 5 por ciento. El muy ingenuo cree que predica la libertad, cuando en realidad enuncia su privilegio, pero esto no deja de ser incómodo y de algún modo “subversivo“ para el omnímodo monstruo digital.

Los moralistas hablan de la liquidez de las sociedades contemporáneas, o de su carácter evanescente, pero yo pongo en duda todos esos diagnósticos. Quizá las cosas dieron la impresión de ser líquidas o evanescentes o efímeras en algún punto de las últimas décadas del siglo pasado. Pero hoy, con las tecnologías para cuantificarlo todo, incluidos nuestros pasos diarios, o los latidos de nuestro corazón o la edad que tiene nuestro cuerpo en términos de desgaste o hasta nuestras tendencias políticas, según el número de clics que demos en ciertas páginas, lo cierto es que hay una solidez como no se había visto antes. Es la solidez del microprocesador, la solidez del nanotubo y de la fibra de carbono, de lo binario negándose a morir y tomando forma de muros y de discursos excluyentes.

Por eso, si algún camino hay aquí es el de hacerse ilegible, imposible de penetrar por el algoritmo. La cosa, es que eso no se puede limitar a una resistencia individual que, además, está muchísimas veces fuera del alcance. Tendría que haber una colectivización de lo invisible, una invisibilización masiva. En ese sentido, pueden utilizarse incluso las propias herramientas que ofrece el panóptico: multiplicar el número de cuentas, jugar con la dirección, hackear, utilizar navegadores ocultos o hacerse de un perfil poco convencional que haga difícil para el algoritmo tomar decisiones predecibles. Cuando Youtube me manda un anuncio de Gaia, una página hippie para conectar con alienígenas ancestrales y después uno de Monday.com, para gestionar empleados, entiendo que algo estoy haciendo bien porque ni tengo empleados ni me interesa la sabiduría atlante de Venus. La teórica feminista Audrey Lorde decía que no se podía destruir la casa del amo con las herramientas del amo, pero cuando lo único que hay son las herramientas del amo, bueno, supongo que no tenemos de otra, aunque, claro, siempre nos quedará la imaginación.


Imágenes: fotografías intervenidas, Gerhard Richter


Dafne Emilia Martínez es escritora y activista. Puedes seguirla en Twitter en @DafneEstupida.


 

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