• Antonio Tamez

Autobiografía antiespecista

Crecí en una granja de animales en Actopan, Hidalgo. Se llamaba Granja Los Frailes, en alusión a las formaciones rocosas homónimas que coronan los cerros de aquél valle. La granja fue iniciada por mi abuelo y a su muerte la heredó mi padre quien abandonó su empleo en la Secretaría de Planeación y Presupuesto en la Ciudad de México. En Los Frailes se explotaban principalmente pollos broiler y borregos: los primeros eran vendidos a Pilgrim’s Pride y los segundos a los muchos fabricantes de uno de los principales platillos que hacen famosa a la región: la barbacoa del Valle del Mezquital, “la mejor del mundo” a decir de sus habitantes.

Además de pollos y borregos en Los Frailes también se criaban chivos, cerdos, conejos y caballos. Los caballos iban y venían, siempre fueron una fascinación de mi padre. Recuerdo una yegua blanca, supuestamente un obsequio de mi padre y que me sugirió nombrar Mr. Ed. en honor al famoso equino parlante del programa de televisión que todavía por aquellas fechas se transmitía los fines de semana por Canal 5 a las siete de la mañana. Una yegua blanca que monté poco o nada y que se fue pronto, probablemente para saldar alguna deuda o para ser cambiada por algún otro caballo –o por un arma, la otra fascinación de mi padre. El resto de los animales que crecían en Los Frailes eran vendidos o truequeados en el infame tianguis de autos y ganado de Actopan, una inmensa explanada al rayo del sol de la cual podría decirse que, aún hoy, pocas diferencias guarda con algún mercado húmedo de China.



El pollo rara vez faltó en nuestra mesa. Todavía guardo en la memoria un viaje de regreso de Actopan a la Ciudad de México, al final del cual mi padre descargó dos pollos vivos del maletero. Aún mareado por la modorra del camino, me impresionó ver a los pollos colgando de cabeza al ser cogidos de las patas por mi padre, mientras estos aleteaban, protestaban y se resisitían. Ignoro cuál fue su destino, pero vivieron algunos días con nosotros en el pequeñísimo patio trasero de nuestra casa de Lomas Verdes. Quizás como todo niño, quise acercarme a ellos y acariciarlos, pero mi madre me previno advirtiendo que podrían enojarse y picarme. Me limité a mirarlos a través del cristal de la puerta corrediza, intrigado por sus sonidos y movimientos arrítmicos sin saber todavía que habían sido heredados de los dinosaurios, mi especie favorita de la infancia.

A pesar de ello, pocos eran los animales que realmente se destinaban al consumo de los habitantes humanos de Los Frailes. Lo irónico y cruel de todo esto fue que la muerte de aquellos individuos me dio la vida. Su dolor pagó, entre muchas otras cosas, la cuenta del Hospital de México en donde nací, los pañales, la fórmula de la leche y, más adelante, la colegiatura en el instituto Carol Baur de Lomas Verdes y la Escuela Americana de Pachuca, a donde nos mudamos al poco tiempo para estar más cerca de Los Frailes. Según testimonian los álbumes familiares, para el primer cumpleaños de mi vida se sacrificaron dos borregos cuya carne se hizo barbacoa cocinada bajo tierra al más puro estilo del Valle del Mezquital.

La primera vez que fui consciente de ser el heredero del poder que mi familia mantenía sobre los demás animales de Los Frailes fue a los seis o siete años de edad. Me hallaba solo en medio de una de las inmensas naves en donde criaban a los broiler, cuando llegaron varios trabajadores cargando cientos de cajas con agujeros en cuyo interior piaban decenas de pollitos amarillos. Los empleados descargaron aquellos contenedores vertiendo animalitos que caían en el piso cubierto de paja y se daban vuelta sobre su propio vientre. En unos minutos aquel espacio quedó tapizado de una marea afelpada que producía un ensordecedor pío-pío bajo las cálidas lámparas de lámina. Tomé uno de aquellos diminutos individuos y lo sostuve entre mis manos. Lo contemplé confundido y vulnerable, completamente a mi merced. Algo dentro de mí –un primitivo deseo predatorio o la maldad natural de los niños– me hizo querer matarlo. Bien podría aplastarlo ahí mismo de un pisotón o arrojarlo al gran pozo de agua que distaba unos pasos de la nave y que había protagonizado algunas de las peores pesadillas de mi infancia. Eventualmente me decidí por lo segundo.



Llevé al pollito hasta la orilla del pozo y extendí mis brazos sobre el vacío, sólo tenía que abrir el cuenco que formaban mis manos y dejarlo caer. Pero con la misma facilidad con que había surgido aquél deseo asesino, brotó en mí la compasión: la idea de que así como tenía el poder para arrojarlo al pozo, también lo tenía para dejarlo vivir. Una especie de culpa que sabía sería muy difícil cargar a futuro y que podía evitar en ese momento. Todavía me pregunto: ¿era la vida del pollito lo que realmente me importaba o era mi propia tranquilidad? Como haya sido opté por regresar sobre mis pasos con el pequeño broiler piando en contra de mi pecho y lo deposité en el piso de la nave junto a sus demás compañeros. Entonces ni siquiera lo imaginaba, pero aquél pollito viviría unos meses más sólo para padecer una muerte más atroz: si no enfermaba dentro de aquél galpón y pasaba sus últimos días agonizando a causa de algún problema respiratorio, al obtener el peso ideal sería enviado al rastro, colgado boca abajo y sumergido en agua electrificada para luego ser inmovilizado dentro de un cono metálico en donde sería degollado hasta morir ahogado con su propia sangre.

Debió haber sido durante alguno de aquellos viajes de regreso de Los Frailes, esta vez hacia Pachuca, cuando por primera vez me pregunté, y por lo tanto le pregunté a mi padre, cómo mataban a los animales que nos comíamos. Mientras conducía por la carretera federal 85, me habló sobre la electrocución de cerdos a través de la trompa y el ano, sobre los martillazos en la cabeza que daban a las reses, sobre el agua electrificada en la que sumergían a los pollos, sobre el degollamiento sin anestesia de los borregos y desde luego sobre la pistola de perno cautivo. No me escondió nada en cuanto a los métodos, pero me mintió, supongo que como todos los padres que mienten a sus hijos para protegerlos de la realidad. “No les duele”, me dijo, “mueren al instante y ni siquiera se dan cuenta”, y yo, como todo niño que aún creía en Santa Clós y Los Reyes Magos, también creí aquello y lo seguí creyendo más o menos hasta la edad de treinta y cinco años.

“No les duele”, esa fue la sentencia repetida por los adultos a lo largo de mi vida: tías y tíos, maestras y maestros, amigos y amigas de mis padres. Todavía me pregunto si el acto de repetir aquello era más para perpetuar el autoengaño que para suavizar la realidad de un niño. Yo no sabía, por ejemplo, que a las vacas y a los terneritos se les arrancaba la piel de la cara empezando por el párpado mientras todavía estaban con vida. No sabía que a los cerdos se les hervía vivos. No sabía que a los caballos se les asfixiaba con una cadena elevada por una polea mecánica hasta que les explotaban los ojos. Que los pollos, como mencioné líneas arriba, se ahogaban en su propia sangre dentro de conos de metal. Que una cabra gritaba igual que una adolescente de doce años. No sabía que estas imágenes del infierno no eran casos aislados sino una jornada laboral cualquiera en el rastro municipal, el lugar a donde iban a parar prácticamente todos los animales de Los Frailes.



Había que ser muy ingenuo, como yo lo fui durante treinta y cinco años, para creer que la industria de la carne tiene algo de limpio, algo de humano. Para creer que los protocolos internacionales de bienestar animal se cumplen, ya no digamos al pie de la letra, sino mínimamente. ¿Qué parte de “fábricas de la muerte” no entendía? Porque eso era el negocio familiar y eso mismo fueron Auschwitz, Treblinka, Daschau y los campos de exterminio de Cambodia, Ruanda, Sierra Leona y Sarajevo, entre otros: lugares en donde les hicieron cosas horribles a quienes se consideraban inferiores. Muchos me dirán que no esté comparando una cosa con la otra, pero la operación lógica es exactamente la misma. Los campos de exterminio son, de hecho, la experiencia de la granja llevada a la escala humana porque, ¿qué es un campo de concentración sino una granja para humanos?, ¿y qué es una granja sino un campo de concentración para animales?

Ancianas y ancianos, enfermos y enfermas que no pueden ni ponerse en pie, niños de meses separados de sus madres embarcados junto a otros niños asustados, madres que han sido violadas hasta el colapso, individuos en la más desoladora de las circunstancias. Todos tratados con una brutalidad que escapa a nuestro entendimiento y sobrepasa nuestras pesadillas. No se trata de si pueden pensar o no, de si tienen lenguaje o no, de si pueden resolver una operación aritmética o enviar un cohete al espacio, o cargarse un planeta entero. Se trata de si pueden sufrir, de si pueden sentir dolor, y vaya que lo hacen.

Antonio Tamez es escritor, profesor y maestro en literatura por la Universidad de Guanajuato. Entre sus libros publicados están Bengala, El templo de los animales disecados y Todo eran historias. Cuadernos de viaje. También ha escrito crónicas y ensayos para diversas plataformas literarias impresas y digitales, como La Presa, Punto de Partida y Tierra Adentro.


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