• Mariana Osorio Gumá

Bibliotecando ando

Bibliotecar es una acción en la que venimos trabajando en colectivo desde hace cuatro años. Nuestro grupo responde al nombre de Colectivo Lucha Libris, la biblioteca andante y sus integrantes son: Ilallali Hernández, Ana Jaimes, Mariana Osorio Gumá, Azyadeth Peralta, Javier Perea, Antonio Plá Pérez, Camila Plá Osorio, David Ríos, Guadalupe Rocha, Xavier Rodríguez y María José Torreblanca.

Se trata de donar bibliotecas a lugares donde no las hay y, desde ahí, suscitar espacios de encuentro a través de la lectura y los libros. Espacios de encuentro que, a su vez, nos permiten aproximarnos a los dolores generados por las violencias sociales y así gestionar el apalabramiento de sucesos innombrables, desde esas voces que suelen quedar marginadas, pero que entrañan visiones y experiencias del mundo que necesitan ser compartidas.

Nuestro objetivo, en principio, era el siguiente: llevar libros y contar cuentos e historias a niños y jóvenes de las comunidades marginales del estado de Morelos. El pequeño grupo de psicoanalistas que formábamos el equipo en ese entonces, pronto nos dimos cuenta de que donar una biblioteca y fomentar la lectura como puente para remontar dolores individuales y colectivos, si bien es una idea muy loable, es sobre todo, un propósito complejo de realizar. He aquí algunos fragmentos de esos recorridos.

En Amilcingo levantamos una biblioteca comunitaria y dos de aula en la escuela del centro: un hermoso y sólido edificio construido a principios del siglo XX. Su extenso patio rodeado de jocotes y un auditorio abierto solía albergar a grupos de niñas y niños correteando de un lado al otro. Cuando llegábamos cargados con libros, detenían sus carreras para curiosear alrededor, sacar algún ejemplar de una caja y echarse a leer en el piso.

Allí bibliotecamos durante un año, visitando regularmente a nuestros pequeños amigos, a los profesores y a las madres de familia que, entusiasmadas por nuestras visitas, solían convidarnos con taquitos, arroz, frijoles y aguas de fruta. Supimos que nuestro trabajo empezaba a tener efectos cuando notamos que, avisados de nuestra llegada o advertidos de nuestra partida, los pequeños corrían a saludarnos o despedirnos pidiéndonos nuevos títulos e historias para leer. También lo supimos cuando, emocionados, nos contaban sobre un personaje y sus aventuras, descubierto durante nuestra ausencia, mientras aprontábamos el tinglado para contar un cuento o realizar el taller del día.

Algo que no parecía ser complicado en términos de ejecución —más allá de los elementos logísticos que implican, sin duda, un gran esfuerzo— y que resultaba estimulante por la cálida recepción de la comunidad, empezó a plantear interrogantes significativas para nuestro grupo. ¿Cómo hacer para que la biblioteca donada —como un lugar donde la imaginación fuera la invitada de honor— no se convirtiera en un espacio muerto o subutilizado?, ¿Bastaría con ir a leer cuentos, realizar talleres, generar vínculos para que el efecto y el afecto continuara después de ausentarnos definitivamente?

Bibliotecando hemos atestiguado cómo cada tanto irrumpe e interrumpe nuestro bibliotecar, una dimensión ominosa que brota de las heridas individuales y colectivas provocadas por la violencia social. Desde los primeros tiempos, también nos preguntamos cómo, desde dónde, a través de qué método o herramienta que resultara realmente contenedora, tendríamos que recibir los silenciamientos cargados de dolor o las comunicaciones desbordadas por las heridas de aquellos junto a quienes bibliotecamos, la mayoría menores de edad.

La circunstancia sociopolítica por la que atravesaba (atraviesa aún) la comunidad de Amilcingo en donde nació Bibliotecando, población en resistencia contra el llamado PIM (Proyecto Integral Morelos, proyecto estatal con inmensas implicaciones negativas) nos impactó directamente: el asesinato de uno de los defensores del territorio, padre de familia de la escuela primaria donde operábamos y quien fuera uno de los principales colaboradores en la creación de la biblioteca comunitaria, nos golpeó directo al corazón. A pocas semanas de ocurrido el crimen, mientras contábamos cuentos a chicos y grandes durante una de nuestras visitas, invitamos a los participantes a hacer un mapa colectivo del pueblo, con dibujos hechos en largos pliegos de papel extendidos sobre mesas y piso. Cada uno dibujaba en un pedacito y, poblándose de trazos e historias variadas, el largo pliego devino al final en un mapa sumamente expresivo. La más joven de las participantes, una pequeña de dos años, garabateaba embarrando los deditos de pintura y plasmándolos en la superficie. La participante más veterana, con noventa primaveras, pintaba una iglesia. Había algunas adolescentes dibujando la cañada, con sus encinos y riachuelos, además de las niñas y niños, cada uno esmerado en retratar su casa, la escuela o una calle con alguien de su familia. Una niña dibujaba cruces. Me acerqué a preguntarle qué era aquello; me miró, con sus ojitos negros y vivaces, y se le escuchó decir con una vocecita triste: las tumbas del cementerio donde está enterrado Samir y otro de aquí al que también mataron hace mucho. Samir Flores era el padre de familia con quien ella había hecho el huerto de la escuela, hacía apenas unas semanas atrás. Aquella herida corría por el papel. Por la voz de la pequeña. Y un silencio breve, de tiempo suspendido, nos obligó a contener el aire. ¿Estábamos capacitados para acompañar situaciones de ese calibre?, ¿O debíamos implementar un mecanismo que contuviera más allá de las acciones realizadas hasta el momento?

Ese evento nos obligó a reconsiderar el propósito de nuestro bibliotecar. Necesitábamos un método más claro que abarcara, no sólo la gestación material de una biblioteca como patio suscitador de encuentros, sino que el bibliotecar tendría que considerar de manera más activa los efectos y afectos disruptivos de la violencia (tanto en las comunidades con las que trabajamos, como al interior de nuestro propio grupo). El impacto de ese crimen trajo consigo la conciencia plena de habernos sumergido en las entrañas de lo marginal, lo vulnerado y/o vulnerable. Y nos golpeó de lleno con toda su cruda realidad.

No obstante, ese cortante aprendizaje hicimos algunos hallazgos: al sostener un espacio de intercambios durante meses, se genera y ahonda en la confianza, de tal manera que se crean lazos de amistad colaborativa y, desde ahí, se trasmite la pasión por leer. A su vez, el deseo de conocer nuevas historias deriva en ganas de expresarse que pueden desembocar en ganas de hacer y, eventualmente, de apropiarse de esa capacidad.

Cuando, también en Amilcingo, después de una lectura de poesía de Nicolás Guillén, invitamos a una cincuentena de niñas y niños a hacer un juguete con material reciclable, allí estuvo José: un pequeñito de seis años, concentradísimo en la creación de un muñeco hecho con un cilindro de cartón, botones, retazos de tela, estambres y de cuya espalda colgaba una capa amarilla con estrellitas, detalle que me hizo saber que su personaje era un superhéroe. Tímido, con el muñequito en mano, se me acercó para preguntar si podía llevárselo a su casa. Cuando me escuchó decir que no sólo podía llevárselo, sino que, si se fijaba bien en los materiales con los que lo había hecho, podía pensar en hacer en casa otros tantos, (un equipo de superhéroes, para que su muñeco se sintiera acompañado), José abrió ojos y boca, balbuceó un sí, y se fue corriendo hacia su mamá con su creación en mano y la alegría en el cuerpo. Acababa de descubrir las implicaciones de su capacidad creativa, tan poderosas como son los titanes.



A la par de Amilcingo empezamos a bibliotecar en Jojutla, también en Morelos, en la telesecundaria Mártires Agraristas, que carecía de biblioteca y, prácticamente, de libros. Los profesores a cargo y el grupo de estudiantes (una comunidad de alrededor de cincuenta adolescentes) recibieron con entusiasmo la donación de alrededor de seiscientos ejemplares y nuestra propuesta de trabajar conjuntamente una vez al mes.

La experiencia en Amilcingo nos llevó a pulir nuestro instrumental y, a partir de entonces, bibliotecar se transformó en un dispositivo de acción comunitaria a través de la lectura y el arte, por medio de dinámicas grupales que permitan leer los eventos que puedan estar latentes y, eventualmente, detonarse. Un dispositivo que se abre en un abanico de cuatro tiempos básicos, distribuidos en dos horas y media por cada sesión. Dos horas y media que inician con una preparación del cuerpo a través de juegos entre los participantes; desde ahí nos deslizamos hacia el tiempo de lectura compartida (elegida en función de la comunidad con la que se trabaja), para desembocar en un tercer tiempo, que es tiempo de poiesis: momento creativo donde los implicados gestan un objeto (cuento, poema, librito hecho a mano, juguete, pieza musical, video, títere o algo que corresponda a una propuesta hecha por nosotros en función de los intereses de esa comunidad). Un momento en que la lectura tiene un efecto visible donde resuenan como campanillas, a veces como bombas o disparos, las inquietudes individuales y colectivas. De allí se desemboca en un cuarto tiempo: el momento de compartir, de socializar lo creado. Instantes que albergan una genuina alegría, al tener un efecto de integración psíquica: el contento de haber creado un objeto —como el pequeño José en Amilcingo— y la posibilidad de compartir la belleza de ese acto íntimo, nos ha permitido atestiguar sus alcances transformadores. Con los jóvenes de Jojutla lo vimos. Después de diez meses de trabajo, a nuestro regreso pedían recomendaciones de lecturas, nos contaban con orgullo las historias recién leídas y nos compartieron sus canciones de amor y desamor, haciendo uso de las destrezas musicales que ya venían trabajando. Nos sorprendió la demanda de un grupo de chicas, transformadas en lectoras entusiastas, que nos pidieron un taller de creación literaria pues querían ser escritoras. Habíamos sembrado la semilla y ya crecía por su cuenta, más allá de nosotros, bien cuidada y sostenida por los mismos profesores.

Organizar los ejemplares, desde el momento del acopio, hasta aquel otro que implica a su clasificación en términos bibliotecológicos, es un tema aún por resolver. Hasta ahora han sido los profesores y alumnos quienes con su inventiva e imaginación han conseguido ordenar las bibliotecas con herramientas sencillas. No obstante, por más que jóvenes y profes se esmeren en organizar la biblioteca, conseguir capacitaciones bibliotecológicas es aún un pendiente que tiene que formar parte intrínseca en nuestro bibliotecar. Necesitamos instrumentar mecanismos que consideren y resuelvan estos aspectos, probablemente a través de redes colaborativas.

Después del paso por Jojutla nos movimos a Amatlán, también en Morelos. Allí empezamos a trabajar con los jóvenes de la telesecundaria Quetzalcóatl. Una escuela que sí contaba con una pequeña e interesante biblioteca. Para ese entonces, nuestro bibliotecar, un poco más consistente, se dio a la tarea de realizar un reconocimiento previo del tipo de población que estudiaba en el recinto. Así supimos que la mayoría de los más de cuarenta estudiantes provenían de familias de migrantes del sur del país, afectados por distintas violencias (familias desplazadas por el crimen organizado, por la pobreza, por situaciones de abandono parental, migración, abusos, adicciones, alcoholismo). Los adolescentes escasamente interesados por la lectura y el aprendizaje, apegados a su celular y muy desencantados del mundo, recibieron con franco desinterés la donación de libros y la propuesta de encontrarnos una vez al mes para compartir lecturas. Considerando el apego de los participantes por sus aparatos celulares y su escaso gusto por los libros, les planteamos que leer historias juntos podría llevarnos, paulatinamente, a crear una historia por equipos, que a su vez, formaría parte de un guion con el cual les proponíamos hacer un breve video —con sus celulares—que, eventualmente presentaríamos en una función en la plaza del pueblo.

El tema propuesto era “extrañas historias de mi comunidad”. El cambio en la calidad de la atención fue notable. Que de pronto unos desconocidos tuvieran interés por escuchar sus relatos funcionó como llave de acceso. Y desde allí se permitieron considerar las narraciones que les llevamos y dimos los primeros pasos para elaborar sus historias, a lo largo de las pocas sesiones que tuvimos. Lamentablemente, bibliotecar con esa generación se suspendió por la disrupción de la pandemia y no hubo manera de darle continuidad.

Mientras seguíamos en Jojutla, enriquecido nuestro grupo con nuevos participantes procedentes de otras disciplinas, ganamos un concurso que nos brindó un recurso que no traicionaba el principio de no institucionalizarnos; un recurso suficiente como para que nuestras andanzas se materializaran un poco más: diseñamos y construimos una biblioteca ambulante. Un remolque pequeño al que llamamos Lucha Libris, guerrera por la paz, que tiene como propósito ser un vehículo para imaginar, desde donde se abran espacios para nombrar, para crear y recrear el mundo propio con sus entretejidos colectivos. Lucha Libris ya prepara juegos, canciones y disfraces para volver a bibliotecar por los caminos, con su colección de doscientos libros con los cuales quiere acompañar a grupos humanos en tránsito, como pueden ser migrantes o familiares en búsqueda de desaparecidos, con la intención de abrir un espacio instrumentado para suscitar encuentros, contar y escuchar historias, en una interlocución que permita mitigar las penas.

Lucha Libris anduvo rodando en algunas comunidades antes de la pandemia, sin embargo, al imponerse el aislamiento social, se ha visto obligada a hibernar por un tiempo. Retomará los caminos próximamente, para que los libros sigan haciendo su magia, mientras que nosotros seguiremos esmerándonos por afinar nuestro bibliotecar con todas las complejidades que, ya sabemos, están implicadas al llevar a la práctica, la siempre hermosa idea de construir y compartir bibliotecas.


Mariana Osorio Gumá (La Habana, Cuba) es psicoanalista y escritora. Tiene veintinueve años de práctica clínica con niños, adolescentes y adultos. Ha publicado varias novelas y libros de cuentos, además de artículos de psicoanálisis en diversas editoriales y otros medios. Es cofundadora y coordinadora del proyecto Bibliotecando con Lucha Libris, conformado por un grupo interdisciplinario de intervención comunitaria que opera a través de la lectura y el arte, y desde cuya acción, hasta la fecha, se han creado y nutrido media docena de bibliotecas en el estado de Morelos.

 

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