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Angelo, poblano en Nueva York que abre fronteras

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La comunidad de originarios del estado de Puebla en Nueva York supera el millón de ciudadanos. § CARLOS BRAVO


A la memoria de Irma Rodríguez Pacheco.



Jardín Lac es, ni más ni menos, un laboratorio para construir con otros un espacio para todos. Y ese espacio sólo puede hacerse a partir de la escucha y la conversación.



En Nueva York, ya se sabe, la comunidad de originarios del estado de Puebla es grande. En torno al millón. Se comenzó a gestar hace ahora unos 70 años y a mediados de los ochenta tuvo el momento de mayor crecimiento. Pueblayork. Tacos. Remesas. Indocumentados. Quinceañeras. Dreamers. También las organizaciones de inmigrantes que apoyan los esfuerzos individuales y la colectivización de algunos anhelos lejos de la patria. Una de esas organizaciones, activa y reconocida, es MASA (Alianza de Estudiantes Americanos de descendencia Mexicana), cofundada en 2001 por Angelo Cabrera.

La de Angelo Cabrera, líder comunitario poblano en Nueva York, es la voz que ahora escuchamos en Jardín Lac.


Angelo Cabrera, de San Antonio Texcala, en la mixteca poblana, no lejos de Tehuacán. Pueblo con canteras de ónix, salinas, artesanos. Ahora unos mil quinientos habitantes. Con quince años llega a Estados Unidos.

A partir de entonces, jornadas repletas de estudios, de trabajos de indocumentado, de actividad comunitaria. Hoy, en el dolor de una pandemia que golpea duro a su comunidad. Y quizás de una manera diferente a la de las Torres Gemelas, la crisis económica del 2008, tormentas de nieve, la tormenta Sandy…


“Creo que a diferencia de todas las tragedias que hemos vivido aquí en Nueva York, esta tragedia resaltó algo diferente, una pandemia, un virus marcado por las diferencias sociales. El Covid se ha expandido, ha cobrado vidas, porque la gente no tiene para comer y tiene que salir afuera a trabajar, y es donde se esparció más el virus: la gente tiene que ir a los establecimientos de food pack, donde regalan comida y es ahí donde se infectan”.


Comparte una preocupación con su mujer, también activista latina:


“Es difícil sentarte a la mesa, sabiendo que otras personas no tienen para comer. Y es ahí donde empezamos a actuar. A buscar fondos, a convertir un restaurante en un mercadito solidario donde regalamos una despensa mexicana, una despensa cultural a nuestras familias”. “En muchas ocasiones, pensamos, no es el virus el que los va a matar, es el hambre, por no tener que comer. Familias desesperadas salen a las calles desde las 5 de la mañana en búsqueda de comer, yendo a muchos lugares para conseguir un platillo de comida, una despensa para darles de comer a sus hijos”.

Y ahí no finaliza el pesar.

Cruzar la frontera como indocumentado, puede costar de 6 000 a 12 000 dólares.

Repatriar un cuerpo, de 5 000 a 10 000.

Para una cultura como la mexicana, que de un funeral hace una fiesta (o casi), el rito o ceremonia se acompaña de la velación, que es una despedida colectiva inevitable: el adiós al cuerpo que se fue cuando en su patria no encontraba el alivio de un sustento. Y nos cuenta Angelo:


“Muchos mexicanos no tuvieron la oportunidad de tener un servicio funeral. Muchos de ellos han quedado olvidados en las fosas comunes por la ineptitud de su gobierno mexicano. Como me decía una persona “hoy ya no le lloró a mi muerto, hoy le lloro a las muchas barreras que el gobierno mexicano me impone para poder darle una santa sepultura a mi muerto". Nuestra comunidad inmigrante indocumentada ha sido la más afectada, miles y miles de mexicanos aún sufren. Y seguirán sufriendo por los próximos años la pérdida, pero también el hambre. Somos migrantes, héroes reconocidos por su gobierno en algún momento, hoy somos olvidados, somos cenizas esparcidas por el espacio y la tierra. 

Esta crisis que estamos viviendo no es una bendición es una calamidad”.

Muchas gracias Angelo por tus palabras. Ellas nos ayudan a entender que, aun cuando nos podemos sentir  impotentes para darle dirección no sólo al mundo sino a nuestras propias vidas, siempre tenemos un margen de acción. Que cuidar al otro nos enriquece. 


Desde Jardín Lac nos planteamos que, quizás, en este aislamiento podemos construir entre todos un espacio público que reconozca el valor de lo diverso y alimentarnos de él: un espacio para animar la conversación entre los diferentes y, también, la conversación de uno con uno mismo.


Escucha y comparte, envíanos tu testimonio (escrito o sonoro) a palabrasparaunjardin@gmail.com


El espacio público es construcción de todos, no viene dado.



  • Audio de fondo: El silencio, de Vetiver Bong, del álbum Inmersiva.


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