• Ana Rita Valero de García Lascurain

Vizcaínas: su lucha centenaria en pro de la mujer



La Plaza Mayor de la ciudad de México en 1767, año de la inauguración del Colegio de Vizcaínas § MUSEO DEL CARACOL


Corría el año de 1767, hace poco más de dos siglos y medio, cuando al amanecer

del 9 de septiembre, una compañía de granaderos de las milicias de blancos de la ciudad, se colocó en la calle de Portal de Tejada con la intensión de acordonar el área, porque esa mañana se iba a celebrar la bendición del Colegio de San Ignacio de Loyola. Se trataba de inaugurar un proyecto de avanzada que

pretendía atender un problema social que no había sido satisfactoriamente logrado por el gobierno del virreinato más activo del imperio español.


Desde entonces hasta el día de hoy, el colegio ha trabajado ininterrumpidamente, siendo la única institución educativa y asistencial que ha sobrevivido desde su fundación; Vizcaínas se puede preciar así, de que a pesar de los intensos avatares de la Historia de México, nunca ha cerrado sus puertas.


En esas circunstancias, Vizcaínas tiene el orgullo de ser el único colegio que a lo

largo de su centenario transcurrir, se ha entregado con un idealismo incuestionable y de manera completamente autónoma, a trabajar por México. En ese sentido Vizcaínas representa el mejor esfuerzo de la sociedad civil en pro de la mujer, dándole amparo, educación y protección.


Vizcaínas representa el mejor esfuerzo de la sociedad civil en pro de la mujer, dándole amparo, educación y protección.

El colegio fue fundado por un pequeño grupo de inmigrantes vascos quienes

identificados con su nueva patria y con un indiscutible espíritu de responsabilidad social, tomaron la decisión de construir una casa en la que se pudiera educar a niñas huérfanas y acompañar a viudas desamparadas.



La mujer en la colonia


Cabe recordar que durante el virreinato, aquella mujer que por alguna razón, se

desvinculaba de la estructura masculina, ya fuera por viudez, orfandad o

abandono, caía en un total desamparo, una suerte de invisibilidad muy trágica; el Derecho español de entonces, no le reconocía una plena capacidad civil ni una soberanía de sus actos; las solteras estaban sujetas a la autoridad del padre o del mayor de sus hermanos o del pariente más cercano; solamente mediante el

matrimonio se liberaba de esta sujeción, pero entonces caía dentro del poder de

su marido, a quien debía obediencia y pleitesía. (1)


Durante el virreinato, aquella mujer que por alguna razón, se desvinculaba de la estructura masculina, ya fuera por viudez, orfandad o abandono, caía en un total desamparo, una suerte de invisibilidad muy trágica.

De acuerdo a las Leyes de Indias la mujer no podía tratar ni contratar en los

territorios coloniales ni intervenir en negocios suyos ni ajenos, ni firmar un contrato de arrendamiento.


Su sujeción llegaba incluso al terreno protocolario, por ejemplo las mujeres de los presidentes y oidores no podían sentarse con ellos en las catedrales, ellas

ocupaban lugares “de afuera”, mientras que a la mujer indígena se le prohibía

que pasados sus 10 años asistiera a la escuela. Por si fuera poco en el campo

del Derecho penal operaba el mismo régimen de desigualdad –rigorismo para la mujer y laxitud para el hombre-; aquella mujer que cometiese adulterio sería

entregada juntamente con su amante al marido ofendido, quien tenía el derecho

de darles muerte a ambos.



Vizcaínas, el amparo a la mujer en el siglo XVIII


A la luz de estas desigualdades, se construyó Vizcaínas.


Desde su concepción, el Colegio estuvo dirigido a la mujer, a darle amparo y

protección, pero un amparo concebido en su más amplia acepción, ya que se

diseñó con el firme propósito de atender los distintos matices del sufrimiento

femenino; es decir, se incluían los dos extremos más vulnerables en la vida de la

mujer, el del comienzo cuando era indispensable darle salvaguardia, formación y educación con la idea de hacerla una mujer “de bien” lo que le ayudaría a casarse o tomar estado en alguno de los conventos de la ciudad.


A las viudas se les acogía con el fin de apoyarlas y darles una vida digna en la

etapa final de su vida, cuando la urgencia era proporcionarles amparo, asistencia

y un afectuoso acompañamiento; de suerte que la acción social del Colegio

estaba respondiendo a los puntos más frágiles de la población femenina, los

momentos más sufridos.





Las niñas estaban organizadas dentro de una estructura muy interesante; no

vivían en comunidad, como en los otros colegios, sino en grupos pequeños de

nueve niñas que estaban bajo el cuidado de una nana o “primera de vivienda”

quien tenía la responsabilidad de cuidar a sus niñas, aprovisionarlas, organizar su alimentación, lo que por cierto incluía el muy apreciado chocolate; es decir, la nana las criaba “como una buena madre”, formando así pequeñas familias.


Las niñas no vivían en comunidad, como en los otros colegios, sino en grupos pequeños de nueve niñas que estaban bajo el cuidado de una nana o “primera de vivienda” quien tenía la responsabilidad de cuidar a sus niñas, aprovisionarlas, organizar su alimentación, formando así pequeñas familias, con su propia vivienda.

Cada una de estas “familias” tenía su propia vivienda, que constaba de un gran

salón, en el que las niñas dormían, comían, trabajaban en las “labores mujeriles”

y en sus estudios, de tal suerte que cobijadas por su vivienda disfrutaban de un

hogar, contrario al frío anonimato de las otras instituciones de asistencia.


La rutina del Colegio estaba minuciosamente reglamentada, precisamente para

dar a las colegialas una mejor calidad de vida; a las seis de la mañana bajaban a

la capilla a oír misa, luego subían a desayunar su chocolate en su vivienda, ya

que no había un comedor ni una cocina general; bajo la supervisión de la nana,

se preparaban ellas mismas sus propios alimentos, ya que las criadas estaban

prohibidas, lo que no pasaba en los otros colegios donde tenían no solo criadas,

sino incluso esclavos para su servicio.


De nueve a doce se dedicaban a la aritmética y la escritura, pero sobre todo a la

costura, bordando, haciendo labores de chaquira, manufactura de encajes,

galones, blondas en hilo de oro y plata; cabe recordar que en la ciudad de

México, la demanda de los galones de Vizcaínas para los ornamentos

eclesiásticos se disparó, como también la de blondas para adornar las casacas de

los señores y los vestidos de las damas; su buena calidad y bajo precio hizo que

las labores de aguja de Vizcaínas se preferían aún sobre las importadas de

Europa.


A las doce comían, después tomaban una siesta y de tres a cinco se reanudaban

las labores; luego descansaban hasta la hora de la oración, cuando rezaban el

rosario, cenaban, y a las nueve se tocaba a dormir.


La base de su educación religiosa era el Catecismo de Ripalda que se tenían que

aprender de memoria; estudiaban también el Belarmino y el Fleury,

complementado con historia sagrada, vidas de santos, relatos de apariciones y

milagros; era obligatorio comulgar una vez al mes y por supuesto asistir a los

ejercicios de San Ignacio; es más, dentro del proyecto arquitectónico del colegio

se diseñó un conjunto de capillas especialmente construidas para los ejercicios.


Así fue a grandes rasgos, la vida en Vizcaínas a lo largo del siglo XVIII, ordenada,

acotada y muy disciplinada.



Vizcaínas: 250 años de un colegio a prueba del tiempo


Como es de todos conocido, el siglo XIX fue extremadamente intenso para

México; se inicia con el levantamiento de Hidalgo que provocó una severa crisis,

empezando por el desmantelamiento de la floreciente industria minera, que llevó a una decadencia económica, con el colapso de la nación, lo que afectó a

Vizcaínas.


Por si fuera poco, dos décadas después, a raíz de la invasión norteamericana, un

representante del General Scott comandante general de las tropas invasoras, se

presentó en el colegio ordenando –tajantemente- desocupar el edificio para

habilitarlo como cuartel; así la casa de San Ignacio, concebida a la luz de la más

exquisita humanidad, impregnada de altruismo y magnanimidad, donde los valores que se exaltaban giraban en torno a la buena crianza, la formación y la cultura, se convierte de un día al otro en un centro castrense, opresor y abusivo.


Catorce años después, con la instalación formal de las Leyes de Reforma, se

suprimen por orden constitucional, todas las cofradías que a lo largo de 300 años habían operado eficientemente, entre ellas la de Aránzazu, que había mantenido a Vizcaínas desde su fundación, con lo que súbitamente, la fuente de ingresos del colegio se canceló y éste entró en crisis.



Clase de gimnasia del Colegio Vizcaínas en 1896, película de Gabriel Veyre, operador del cinematógrafo de los hermanos Lumière.



La inestabilidad provocada por los diez años de la guerra de independencia, más

la Reforma y los otros factores que fueron influyendo en los años posteriores,

desplomaron severamente los ingresos del colegio, tan es así que para sacarlo a

flote, se vieron obligados a tomar medidas muy drásticas, puesto que no tenían

como alimentar a las niñas.


Empiezan por rematar la famosa lámpara mayor de la capilla; se habla de que era una exquisita obra de arte, de plata maciza, muy pesada, que desgraciadamente fue fundida por el comprador.


Sin embargo como tampoco con la venta de la plata logran solucionar el problema, la Mesa directiva del colegio, se ve forzada a hacer recortes de personal; suprimen a uno de los capellanes, al profesor de música, a 14 maestras y al aguador, mientras que a los que se quedan en el colegio, les bajan el sueldo.


Y como tampoco les logró alcanzar para el sostenimiento de las colegialas,

suprimen cien lugares de gracia, que beneficiaban a cien niñas lo que demuestra

que fueron años muy difíciles para México y por ende para Vizcaínas; fue un

período en el que la sociedad sufrió en carne propia la crisis económica, como

aquellas cien niñas que ya no se pudieron educar.


El siglo XX tuvo sus propios retos; a raíz de la Revolución la ciudad sufrió un

severo desabasto que desplomó nuevamente la alimentación de las niñas y

consecuentemente su salud.


Hoy, a dos siglos y medio de la llegada de las primeras 70 colegialas, Vizcaínas

sigue trabajando por México, siempre a la luz de un idealismo incuestionable y de manera completamente autónoma.



(1) J. M. Ots Capdequi, El Estado español en las Indias, México, Fondo de Cultura Económica, México, Sexta reimpresión, 1982, pp. 95-96.






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