• Jacobo Dayán

Son tiempos de silencio



Todo es ruido. Los avances en la comunicación global y las redes sociales han creado una necesidad por la inmediatez. No importa lo que se diga, importa cómo se dice y el impacto medido en likes y retuits. Parece que lo relevante es alcanzar el grado de trending topic sin importar la veracidad o importancia de lo dicho. Adicionalmente, estamos presenciando el aumento de gobiernos populistas que privilegian un discurso alejado de la razón y apegado a sentimientos que encuentran eco en sociedades que buscan soluciones rápidas y fáciles. Dejó de ser relevante la reflexión pausada. Los dirigentes políticos mienten sin pudor. La lengua pierde terreno y la palabra está siendo vaciada de contenido.


Parece irrefrenable la vorágine de información y de palabras huecas. No hay tiempo de reflexión, de pausa, de asimilación del horror que se vive en buena parte del planeta, en algunos sitios alcanzando niveles insospechados. La deshumanización materializada en crímenes atroces, fosas clandestinas, cuerpos desmembrados, refugiados rechazados, trata de personas y un larguísimo etcétera solo atraen la atención por momentos y lo hacen sin la profundidad y seriedad requerida. Todo es ruido y espectáculo. 


Son tiempos de silencio, de escuchar y reflexionar.

Todo es ruido y espectáculo. Son tiempos de silencio, de escuchar y reflexionar.

George Steiner en su ensayo El abandono de la palabra afirmaba que “Hay modalidades de la realidad intelectual y sensorial que no se fundamentan en el lenguaje, sino en otras fuerzas comunicativas, como la imagen o la nota musical. Y hay acciones del espíritu enraizadas en el silencio”.


En la música el silencio adquiere significado solo por lo que le antecede o lo que viene después. Se trata de una pausa, no un vacío, no es reposo es suspiro, momento de transformación, de reflexión e incluso de liberación. Si el silencio es la ausenciade sonido entonces musicalmente puede ser definido como una nota que no se ejecuta, un tiempo que se deja pasar sin intervención, sin alteración, un tiempo que se deja ser, un lapso sin melodía y sin armonía, pero no un tiempo sin intención. 


La música nace e irrumpe a partir de un silencio lleno de expectación y finaliza con otro cargado de liberación. Anton Bruckner, uno de los más importantes compositores del periodo romántico, llevó su conocimiento del órgano, que se utiliza en piezas sacras en espacios con una gran acústica, a sus obras sinfónicas que tienen pausas profundamente emotivas después de momentos explosivos que permiten que el sonido perdure y reverbere en silencios que extienden la tensión y la liberan paulatinamente haciendo que las notas mueran poco a poco en el silencio, que antes de desaparecer las recordemos, las sintamos, las incorporemos.


Aunque parezca contradictorio, el silencio es una herramienta expresiva en la música. Liberar o acumular tensión, alivia al escucha o lo compromete.


Para el compositor norteamericano John Cage, el silencio es un alto en el continuo con una gran intención que interrumpe e irrumpe, es ausencia, es el vacío, es la nada y lo es todo. Es olvidar lo anterior y un momento para hacer memoria, para reiniciar, un momento que prolonga la desaparición del sonido.



En 1952, Cage estrenó una de las obras más polémicas de la historia de la música: 4’33”. Una pieza llamada 4 minutos 33 segundos. Se trata de una partitura que puede ser interpretada por cualquier instrumento o ensamble, la única indicación es que el o los intérpretes deben guardar silencio, no emitir ningún sonido por 4 minutos y 33 segundos. No se trata de una broma, es una pieza musical en 3 movimientos de silencio o más bien de aprender a escuchar lo que nos rodea. El compositor consideraba a ésta su obra más importante, “concentrarse en el silencio es buscar lo que pasa desapercibido, detener la intención del escucha”. Exactamente eso es lo que se requiere en un mundo donde lo que predomina es el ruido, la no escucha, la poca reflexión.


No es casual que esta obra se haya concebido apenas unos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial y toda su barbarie. Después de tanto horror se requería una pausa, silencio.


Si para Theodor Adorno escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie, Paul Celan da la vuelta a ello en su poema Todesfuge (Fuga de la muerte) y crea una correlación entre música y horror donde un alemán de ojos azules instruye a cavar sus propias tumbas a los internos de un campo de exterminio. Mientras habla, se convierte en un director de orquesta que pide a los violines “pasar el arco más sombríamente”, se pretende borrar a los cadáveres de la historia “cavando una tumba en el aire”.


Años en que la humanidad debía aprender a escuchar y el mundo debía callar. El silencio permitía reflexionar ante el horror, después de tanta agitación se requería calma, recordar a las víctimas, pedirles perdón, buscar redención, callar ante el fracaso, hacer una pausa y reflexionar. 


No se trata de un capricho artístico ni de una arrogancia intelectual.  Según Cage: “La gente cree que es silencio porque no sabe escuchar”. En el silencio hay que escuchar. Lo profundo de 4’33” hace que sea una de las piezas más controvertidas de la historia, considerada provocación por unos, renacimiento Dadá por otros e incluso insulto y burla. Más de cuatro años concibiendo esta pieza a partir del sincretismo entre filosofías orientales y tradiciones occidentales llevaron a Cage a enmarcar con silencio la realidad para llevar al escucha a percibir todos los sonidos del silencio, un nuevo acercamiento a la música y a sus fronteras con la vida. 


El silencio de Cage es reflejo del silencio de los sobrevivientes del Holocausto que decidieron callar ante un mundo que no deseaba escucharlos, sociedades que buscaban un renacer y dejar atrás el dolor, más bien olvidarlo. Algo similar ocurre hoy. Décadas de silencio se montaron sobre lo incomprensible y solo algunos trabajos fueron rompiendo el olvido: Alain Resnais, Hannah Arendt, Karl Jaspers, Theodor Adorno y Claude Lanzmann, entre otros. Lo hicieron dando voz a las víctimas, a los perpetradores, arrojando luz sobre los hechos. El silencio de décadas se entiende a partir de la brutalidad que lo produce y de la necesidad de gritar tiempo después.



Una línea es lo que somos y la otra es la que nos abraza. (Arvo Pärt)


Pasaron décadas, las nuevas realidades exigían otro tipo de silencio. Esto llevó al compositor estonio Arvo Pärt a buscar un nuevo sistema musical, uno que diera "pequeños pasos hacia la tolerancia en el mundo". A mediados de los 70 (Für Alina, Spiegel im Spiegel), Pärt lleva la música a una nueva metáfora llamada tintinnabuli (campana) que consiste en dos líneas sonoras con mucho espacio, silencios de reflexión y compasión, momentos en que cada nota tarda en extinguirse pidiendo ser escuchada. Según Pärt, "todo el secreto del tintinnabuli está en dos líneas sonoras. Una línea es lo que somos y la otra es la que nos abraza... la línea melódica es nuestra realidad y la otra línea busca perdonarnos". Esta música suele ser lenta y meditativa, minimalista. Podría decirse que es el silencio que se dibuja con compasión, con la búsqueda de la redención y el perdón. 


La necesidad de un tiempo de silencio para la memoria, para la asimilación del dolor y como única respuesta posible a la deshumanización nos ha llevado a otro tipo de silencio, aquel de la complicidad. El mundo calló y su silencio fue cómplice de las masacres de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI. 


La necesidad de un tiempo de silencio para la memoria, para la asimilación del dolor y como única respuesta posible a la deshumanización nos ha llevado a otro tipo de silencio, aquel de la complicidad.

Cómo no guardar silencio, cómo no sentarse a escuchar una de las grabaciones de 4’33”. Sí, hay varias grabaciones, en audio y video, del silencio de Cage. La realidad es abrumadora, en las siguientes cuatro décadas después de la Segunda Guerra Mundial hubo 150 guerras enfrentando a más de 60 países y solo 26 días de paz mundial, esto no incluye las innumerables guerras internas y represiones de los Estados. En todo nuestro “progreso”, desde el siglo XX han encontrado una muerte violenta decenas y decenas de millones de personas. El nuestro es un tiempo de callar y escuchar, reflexionar como lo propuso Walter Benjamin “sobre los cadáveres de la historia” y sobre el silencio de su ausencia.


La situación en diversos países hoy en día no es distinta, pasamos del olvido de los crímenes del pasado que no encontraron verdad ni justicia ni reparación y mucho menos memoria, a la desolación que produce un territorio lleno de fosas comunes sin nombre, de asesinatos brutales, de desaparecidos olvidados por el Estado, la sociedad y los medios de comunicación. Las víctimas movilizadas que levantan la voz son rápidamente silenciadas y engullidas por sociedades indiferentes y gobiernos criminales o que enarbolan una supuesta superioridad moral.


Mientras las víctimas gritan, el silencio se ha apoderado de diversas sociedades, en varias regiones es imposible hablar de lo que ocurre, donde se habla hay represión, donde surge la resistencia es aplastada por Estados que han decidido que el horror no es su agenda o por grupos empresariales, medios de comunicación e individuos profundamente atemorizados.  


Todo como si fuera un juego de silencios. Nada que decir ante la ausencia de los muertos y los desaparecidos, callan unos en reflejo del silencio de otros, silencio de las autoridades ante los reclamos, silencio de los medios generando ruido por todas partes, silencio del indiferente, silencio en la complicidad empresarial y financiera, silencio que destruye cualquier voz que se levanta, silencio que desmotiva cualquier intento por cambiar las cosas, silencio por temor, silencio por dolor, silencio por angustia, silencio por impotencia y silencio con tanto ruido.

Regresando a la música, para el director y compositor Leonard Bernstein, el siglo XX fue el siglo de la muerte y Gustav Mahler su profeta. Todas las grandes obras del siglo pasado tuvieron como fuente de inspiración la muerte o la angustia por la muerte, una muerte absoluta. Esta muerte “total” quedó plasmada en la última sinfonía, la novena, de Mahler quien decía que “la Sinfonía debía ser como el mundo: debe contenerlo todo”, la sinfonía de la existencia es el silencio, es el 4’33”.


Redefinir nuestro silencio a partir de los sonidos que vendrán por delante. El Doktor Faustus de Thomas Mann, obra con gran carga musical que relata metafóricamente los horrores del nazismo, pretende abrigar cierta esperanza: “Se retira un grupo instrumental tras otro y lo que resta cuando la obra se encamina a su conclusión es el Sol agudo de un violonchelo, la última palabra, el último sonido flotante, que desaparece lentamente en un calderón en pianísimo. Luego nada más; silencio y noche. Pero el sonido vibrando aún, colgado del silencio, que ya no está, que solo sigue oyendo el alma, y que era el colofón de la tristeza, ha dejado de ser, su sentido cambia, permanece como una luz en medio de la noche”.


La pandemia nos ha llevado, a quienes podemos hacerlo, a detener o disminuir nuestras actividades. Nos ha pausado, ha pausado al mundo. Eso no ha eliminado el ruido, de hecho, lo ha incrementado. Tampoco ha pausado al horror y la creciente deshumanización. ¿Seremos capaces de hacer una pausa, de escuchar, de reflexionar, de cambiar, o simplemente estamos en espera de reiniciar lo mismo?



  • Una versión de este texto fue publicada en Voz de la tribu de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos en mayo de 2015




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