• Fabio Morábito

Creación


Jardín Lac es un laboratorio para construir con otros un espacio para todos. Diez conceptos nos orientan. Uno de ellos es el de creación. Queremos conjugar esos conceptos, que no permanezcan estáticos, pétreos, y hoy invitamos al poeta Fabio Morábito.




He relatado en otras partes la anécdota de aquel hombre a quien su mujer le pidió que escribiera un justificante para su hijo, que había faltado a la escuela. Mientras ella se apura en los preparativos para salir con el niño rumbo al colegio, el hombre lucha en la mesa del comedor con el justificante: quita una coma, vuelve a ponerla, tacha la frase y escribe una nueva, hasta que su mujer, que está esperando en la puerta, pierde la paciencia, le arranca la hoja de las manos y sin ni siquiera sentarse garabatea unas palabras, pone su firma y sale corriendo. Era sólo un justificante escolar de dos o tres líneas, pero para el marido, que era un conocido escritor, no había textos intrascendentes y hasta un justificante escolar planteaba problemas de eficacia y de estilo. En una entrevista, recordando ese suceso, el escritor dijo que había querido escribir el justificante perfecto.


De esta anécdota me llaman la atención dos cosas. La primera es la falta de tiempo. Mientras el hombre redacta el justificante, su esposa lo apura, porque tiene que llevar al colegio a su hijo y teme no llegar a tiempo. La prisa provoca en el hombre el imperativo de elegir sólo las palabras necesarias, es decir, las palabras exactas. Como sabemos los que escribimos, es lo más difícil que hay. Así, de repente, la presión del tiempo ha provocado el mismo afán de perfección que el escritor tiene cuando escribe sus novelas. Cuando las escribe, su esposa no está parada en la puerta de su estudio, apresurándolo para que termine un capítulo; sin embargo, existe en toda obra artística un apuro interior, una premura por concluir, y lo que llamamos inspiración es esa velocidad intrínseca que nos produce el sentimiento de que la obra se hizo de un solo aliento, como un tren que no se detiene en ninguna estación intermedia hasta llegar a su destino. Por lo tanto, una obra de arte nos enfrenta siempre a la escasez de tiempo que caracteriza nuestra vida y el artista es el que la percibe más agudamente que ninguno. El hombre es el animal al que le falta siempre tiempo, haga lo que haga, aun cuando no hace nada. Pero el hombre siempre hace algo: gasta tiempo, cosa que no hace ningún otro animal.

El hombre es el animal al que le falta siempre tiempo, haga lo que haga, aun cuando no hace nada. Pero el hombre siempre hace algo: gasta tiempo, cosa que no hace ningún otro animal.

La otra cosa que llama la atención de la anécdota es el afán de la forma, que es resultado de la falta de tiempo. Existen formas porque hay poco tiempo. El escritor del que estamos hablando ha intuido la forma perfecta del justificante escolar y en los escasos minutos que tiene antes de que su mujer le arranque el papel de la mano, se vuelca en cuerpo y alma para capturarla. Podemos decir que acaba de descubrir que existe una forma perfecta e imperecedera de justificante escolar, que obligará a todos los padres de familia de este planeta a adoptarla y abandonar todas las que hayan practicado anteriormente, por falsas, inanes y ridículas. ¿Cómo no luchar para dar con ella en el par de minutos que le quedan antes de que la esposa le quite la hoja de la mano? La esposa representa en esta escena a la muerte, que es una presencia que el escritor conoce muy bien cuando escribe sus novelas y sus cuentos, porque es la que imprime en todo lo que escribe esa extrema decantación de los propios medios expresivos que llamamos estilo. El estilo es proteger la propia escritura de la muerte a través del recurso sutil de simular que ya está muerta. Así, el escritor que redacta a toda prisa el justificante para su hijo aspira a una escritura que ya no respire y se imponga como un trozo duro, en el fondo incomunicable, que debe tomarse como un acto de fe, como si estuviera escrito en un idioma desconocido. En eso reside el ideal de todo estilo. Ser un idioma dentro del idioma. Y esto vale para todo escrito, hasta para aquellos cuyo valor comunicativo parece aplastar cualquier intención expresiva, como son las líneas con las que un suicida se despide de este mundo, en el consabido mensaje en el que declara que no se culpe a nadie de su muerte. Ahí lo tenemos, con la soga colgando del techo, listo para meter su cuello en el lazo, mientras garabatea en un papel las fatídicas palabras de despedida, sin darle mayor importancia a la expresión. Pero de pronto, ¡ay!, decide agregar unas líneas para sus seres queridos, y como es un escritor, empieza a corregir. Un adjetivo le parece un poco altisonante y lo borra, remplazándolo por uno más sobrio; un adverbio forma una cacofonía desagradable con una palabra que viene en la línea anterior, sin contar que alarga demasiado la frase, así que decide tachar la frase y comenzar una nueva. En resumen, una hora después lo encontramos todavía sentado en el banquito que debía servirle para alcanzar la soga, tachando, agregando, reescribiendo. Ya no tiene ninguna gana de suicidarse, porque está buscando la carta de despedida perfecta, aquella que obligará a todos los suicidas de este mundo a adoptar esa forma que él está por descubrir y abandonar todas las que se han practicado anteriormente, por falsas, inanes y ridículas.




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