• Ana Griott

Elogio del detenerse


...porque el héroe sabe el valor de lo pequeño, de lo caduco, de lo frágil...

Han sonado las alarmas en el mundo. No son las sirenas con sus cantos lo que escuchamos sino las sirenas de las ambulancias que transportan a los que necesitan ayuda para respirar. Las sirenas instan a la prisa: le cuentan con su canto al marino perdido cómo huele el pelo de la esposa que lo aguarda en el puerto, cómo sabe el guiso que borbotea en el fuego esperando a que el marino se siente a la mesa, o cuán suaves son las sábanas tendidas en la cama matrimonial, y el marino se apresura y la prisa lo ahoga. Es la prisa, no la sirena, la que causa la desgracia. Las sirenas contemporáneas también reclaman, con su voz estridente, que los vehículos se apresuren para que el camino al hospital sea más rápido o que los operarios se apresuren al trabajo. Pero hoy el mundo se ha detenido y las sirenas han enmudecido, no tienen que abrir el paso a las ambulancias con los enfermos porque las calles están vacías. En este mundo alarmado la gente se ha confinado, permanece dentro de las fronteras de su casa. La calle se ha convertido en un lugar donde contagiarse; el otro, en un portador virulento.


Y frente a este estado alarmado, las únicas armas que se revelan eficaces son las palabras. El relato surgió hace más de un millón de años por la necesidad de nombrar el horror. El ser que estaba aprendiendo a ser humano se sentaba frente al fuego y relataba el encuentro con el depredador, alertaba de su presencia, de las armas de que disponían para hacerle frente. Hoy, confinados por este depredador invisible frente al fuego de nuestros hogares, regresamos a esa costumbre de detenernos a relatar, a fabular, como una manera de nombrar este horror, para poder convivir con él y sentir que tenemos un arma infalible: la palabra que cuenta, el relato.


Frente a este estado alarmado, las únicas armas que se revelan eficaces son las palabras.

¿Y qué cuentan estos relatos que se han transmitido durante miles de milenios porque nos permitían sobrevivir? Pues estos cuentos tradicionales nos hablan de la fuerza de lo pequeño, del valor de restar, de perder, de recoger lo inútil, de despojarse, de detenerse. Y así nos enseñan que el tesoro se encuentra cuando te pierdes en el bosque y que no hay forma de encontrar el camino si no te detienes. Y sobre todo nos enseñan que el tesoro no es el objeto mágico que te entrega el donante, con el que te encuentras en el camino, que el tesoro, el verdadero tesoro, es el camino. Perdidos, detenidos, escuchamos estos cuentos y sabemos que ellos son la tabla que nos salvará del naufragio. Perdidos, detenidos, sabemos que este naufragio es ahora nuestro camino y que permanecer agarrados a la tabla de la palabra que cuenta, del relato, confiando en que el oleaje nos acerque a la playa es la única manera de sobrevivir. Perdidos, detenidos, hemos aprendido que el otro es el que te echa un cable, o una tabla, aunque la televisión solo se haga eco del número de los contagiados. Los que ayudan son más que los contagiados: los que dinamizan ollas comunitarias o recogen comida en las puertas de los hipermercados para que la gente coma, los que llevan medicinas a las casas de los enfermos, los que pasean a los perros de los que no pueden salir ni siquiera a eso, los que acompañan a los ancianos en los pequeños pisos donde poco cabe pero donde ahora se ha instalado la desesperanza, la incertidumbre, el horror, todos estos donantes anónimos son legión.


Pero este encuentro con el que te lanza la tabla, en los cuentos tradicionales, es solo posible cuando el héroe se detiene, cuando pierde el tiempo, cuando olvida, por un momento, qué lo ha puesto en camino. El héroe se ha puesto en camino, no lo olvidemos nosotros, porque algo ha alterado su equilibrio callado, y se ha echado al mundo a resolver su conflicto y recuperar la armonía, el silencio, para que las sirenas dejen de sonar, pero, para conseguir su meta, habrá de detenerse.


El relato surgió hace más de un millón de años por la necesidad de nombrar el horror.

Ceniciento, el héroe de muchos cuentos noruegos, es el pequeño, el despreciado por sus hermanos mayores, más fuertes y agraciados, el que está lleno de ceniza porque su única ambición es cuidar el fuego, cuidar del hogar, cuidar de los otros. Se pone en camino porque su padre lo echa de casa para que vaya a buscar a sus hermanos, que han salido para casarse con la princesa y no regresan. No logran su objetivo porque están centrados en la consecución del logro, en cumplir su objetivo. Olvidan el proceso, el camino, se apresuran y no se detienen. Ceniciento es el único que consigue vencer al troll y convertirse en rey, en soberano de su vida, porque es el único que se detiene a cuidar a los que se encuentra, porque es el único que se olvida de sí y prima el encuentro y la ayuda del otro a su propio interés.

Pero ¿por qué se detiene el héroe? El que se ha puesto en camino se detiene para decidir qué camino tomar en la encrucijada, en el cruce de caminos. El héroe se detiene para elegir. El que ha dejado su refugio se detiene en el camino para compartir lo que lleva con quien se encuentra, y este le revelará el secreto. La revelación del secreto es el premio por despojarse de lo que uno lleva para entregárselo al otro: a un niño que llora porque tiene hambre, a una anciana que no puede respirar. El que ha dejado su refugio se detiene para besar a una joven muerta, porque el héroe sabe el valor de lo pequeño, de lo caduco, de lo frágil, de los gestos inútiles, y es capaz de ver grandeza en lo nimio, y es capaz de ver belleza en lo yerto. Lo débil, lo yerto, lo inútil tocan el corazón del héroe y el héroe olvida su tarea, olvida su meta, y se detiene. El nómada, el errante, se detiene para recoger objetos en apariencia inútiles, pero que descubrimos tan valiosos como el viaje que ha propiciado su encuentro. Pero, sobre todo, el que se ha puesto en camino, el que busca, el que ha dejado su refugio, el nómada, el errante, el héroe, se detiene para encontrarse con el otro, ese que te ayuda a  seguir, a regresar al silencio. Porque sin pararse no hay forma de distinguir el camino ni lo que el camino ofrece. Porque sin detenerse no hay forma de encontrarse.


¿Por qué se detiene el héroe? El que se ha puesto en camino se detiene para decidir qué camino tomar en la encrucijada, en el cruce de caminos. El héroe se detiene para elegir.

Y frente a este estado alarmado, las únicas armas que se revelan eficaces son las palabras. El relato surgió hace más de un millón de años por la necesidad de nombrar el horror. El ser que estaba aprendiendo a ser humano se sentaba frente al fuego y relataba el encuentro con el depredador, alertaba de su presencia, de las armas de que disponían para hacerle frente. Hoy, confinados por este depredador invisible frente al fuego de nuestros hogares, regresamos a esa costumbre de detenernos a relatar, a fabular, como una manera de nombrar este horror, para poder convivir con él y sentir que tenemos un arma infalible: la palabra que cuenta, el relato.



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