• Michèle Petit

Regresar a casa



Lectora en el Jardin des Plantes, París. § PATRIK MARTY

Cuando se enteraron de que empezaría el confinamiento, miles de personas en todo el mundo trataron de regresar a su país o su región natal. Jamás se habían observado movimientos simultáneos de esa amplitud, nadie los había anticipado. En algunos países como la India, fueron el resultado de una pérdida brutal de ingresos: millones de trabajadores pobres trataron de llegar a pie hasta sus poblados y algunos murieron en las carreteras, exhaustos.

Sin embargo, los jóvenes que estudiaban en universidades lejanas, los expatriados, también se apresuraron a retornar al país del que habían salido, en algunos casos hacía años. Miedo a sentirse aislado, ilegítimo, estigmatizado, deseo de reencontrarse con los suyos, con su casa, en un marco donde se conocen los códigos, con una lengua cuyos matices se dominan, un lugar. Sí, pero ¿qué más?

Yo no corrí hacia un avión. Tras muchas vacilaciones, renuncié al lugar que tenía en el último vuelo que partió de Salónica. Me quedé en compañía de gente amorosa, en un país que me resulta muy familiar y donde la situación sanitaria era menos grave que en Francia. Sin embargo, en las semanas posteriores empecé a sentir una curiosa añoranza de mi tierra. No era sólo que extrañara a las pocas amigas y los pocos amigos íntimos que constituyen mi familia, ahora que ya no la tengo. Y nada tenía que ver con el apego a una nación, a una patria. El nacionalismo me horroriza y salí huyendo del país en que nací para correr a otros en cuanto tuve la posibilidad. Había algo más.


La tierra que se busca recuperar cuando se experimenta un gran temor, son los lugares donde nos sentimos protegidos por nuestros padres cuando éramos pequeños, debido a la curiosa capacidad que posee el espacio para impregnarse de lo que se vivió en él, de recoger sus ecos.

Aquí donde me hallaba exiliada, me sentía amada, consentida; la gente se preocupaba por mí, justamente como si sintiera que no estar en el país natal, en estos tiempos, entrañaba un peligro. Pero ¿por qué? Mientras trataba de dilucidar esto, me topé con un texto de Tocarczuk en Le Temps: “El miedo a la enfermedad […] nos ha recordado la existencia del nido del que provenimos, y en el cual nos sentimos seguros. Y por más que seamos los grandes viajeros, en una situación como esta trataremos siempre de regresar a casa”. Al leerlo recordé algo que me contó Daniel Goldin: de visita en Chile para asistir a un coloquio, un terrible sismo lo despertó. Al instante se precipitó en piyama por las escaleras del hotel para salir. En los momentos que siguieron, todos se reunieron afuera, no por afinidades amistosas como acostumbraban hacerlo, sino por nacionalidades. Con tal de recuperar la casa, la tierra perdida.


Ayer pensé que el nido del que habla Tocarczuk, la tierra que se busca recuperar cuando se experimenta un gran temor, son los lugares donde nos sentimos protegidos por nuestros padres cuando éramos pequeños, debido a la curiosa capacidad que posee el espacio para impregnarse de lo que se vivió en él, de recoger sus ecos. Las y los que nos cuidaron pueden haber desaparecido desde hace mucho, pero algo de su presencia protectora sigue siendo perceptible.


Cuando siento la necesidad de reencontrar a mis padres, de caminar junto a ellos de su mano, voy al Jardin des Plantes. Ellos compartían eso: el deslumbramiento ante los árboles, los animales de otros lugares, los trocitos de piedras que algunos sabios habían ido a buscar por todos los rincones del mundo. Una inmensa curiosidad por lo que había allí: tan extraño, tan bello, tan frágil. Camino por los pasillos y vuelvo a ver sus cabezas inclinadas sobre las vitrinas de la galería de mineralogía, oigo sus voces. Y me siento en casa.


Traducción de Diana Luz Sánchez




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