• Sandra Sánchez

Notas de lectura

Sandra Sánchez



El amor no se dirige jamás hacia esta o aquella propiedad del amado

(ser blanco, pequeño, dulce, cojo), pero tampoco prescinde de él

en nombre de la insípida abstracción (el amor universal):

quiere la cosa con todos sus predicados, su ser tal cual es.

Giorgio Agamben



¿Cómo leer ahora?, me pregunté después de una crisis de salud en la que no pude hacerlo más. Tenía los libros enfrente, las letras impresas, los lentes puestos. Recorría los párrafos y no entendía. Las palabras estaban aisladas, las oraciones se desvanecían. Mi puerta de escape cotidiano se había cerrado: perdí el pasaporte y no tenía idea dónde.



Nota: Antiedipo (2021), Sandra Sánchez, Bordado y grafito sobre lienzo de algodón 22.8 * 30.5 cm

Localizar, analizar y dar cuenta de las ideas principales en un texto fue la finalidad de mis lecturas desde preprimaria hasta octavo de carrera. Lograrlo me llenó de orgullo: ridícula performática del saber humanista, asumirse vitalmente más que cualquiera por tener la habilidad (y el privilegio) de hacer resúmenes e hilar ideas. A, entonces B, entonces C. ¡Ay de uno si rompe la causalidad, el argumento o el principio de identidad!: el diagnóstico va del loco al tonto; la suerte, del castigo al menosprecio.


Sin duda, existe un placer derivado de la sistematización del saber, ya sea como efecto de un diálogo con las ideas (cierto entendimiento del mundo) o de la acumulación de signos que aumentan el capital cultural de moda: “¿No has leído a Proust?” (silencio incómodo; jerarquía y verticalidad).


Me detengo. Me rehúso a formular una disyunción exclusiva, "A o B, pero no ambas", porque no tengo soluciones. Quiero, más bien, introducir la inclusión, el vínculo, el conector: y si, además de ser una vía de escape, un productor de juicios de valor y argumentos lógicos, leer fuera otra cosa…



¿Cómo leer ahora?, me pregunté después de una crisis de salud en la que no pude hacerlo más. Tenía los libros enfrente, las letras impresas, los lentes puestos. Recorría los párrafos y no entendía. Las palabras estaban aisladas, las oraciones se desvanecían. Mi puerta de escape del cotidiano se había cerrado: perdí el pasaporte y no tenía idea dónde.



Insistí. Me aferré a lo mío, a lo que había aprendido que me dignificaba: leer. Pasaron las semanas y comencé a deprimirme. Mis amigos dejaron de llamar; desde el cansancio supuse que como ya no sabía pensar, ya no les era útil y ya no me querían. Máquina milagrosa, diría Deleuze, que explica todo a partir de postular un axioma; retícula que introduce el espacio y su valor antes que lxs cuerpxs y sus relaciones.


Empecé a confundir las palabras y también me deshice por momentos del espacio. Nada era demasiado oscuro, pero todo estaba muy desordenado.


Una de las sensaciones que inundó mi cuerpo con una fuerza altamente destructiva fue efecto de pensarme tonta, por siempre. Para bien y para mal, mi narcisismo seguía operando. Hasta ese momento, había construido mi principio de identidad en ser lista, en saber leer desde tercero de kínder: la Biblia; en explicar los versículos a las madres de familia, cuya función se sustituyó con el tiempo por mis admirados profesores, personas que valoraban mi existencia por esa aptitud.

Nota: Seguir con el problema (2021), Sandra Sánchez. Bordado y acrílico sobre lienzo de algodón 22.8 * 30.5 cm

En secundaria y preparatoria me especialicé en hacer resúmenes para mis compañeros, así me ganaba su afecto. En la universidad, me convencí de que el ancho de mi cintura se compensaba con saber contar las historias que leía, con poder pensar. Miraba la Atenea en la entrada de mi escuela y casi le rezaba. Incluso, aprendí a beber café, mucho café, mucho, muchísimo café, para aguantar más, leer más y ser más.


Tuve que perder la facultad de localizar ideas principales para vislumbrar la escenografía que sostiene parte de su prestigio. El mejor lugar para esconder algo siempre es frente a los ojos de todos.

En medio del caos y del enigma de la enfermedad, aprendí nuevamente a leer. Casi estoy segura que por supervivencia, aunque no me acuerdo.


Evocar esos momentos es como visitar el cuarto de los espejos distorsionados en una feria. Aquí, la verdad es una promesa que evito de antemano, y prefiero pensar, más bien, en las potencias de lo falso.


La cotidianidad de mi cuerpo y mi departamento, del cual no salí en meses, se convirtió en un gran libro. No sé si en uno bueno, pero no tuve opción de elegir, de haber podido hacerlo, sin duda hubiera optado por algo más sensual o picaresco. Incluso aburrido.


Mi primera lectura en esa nueva vida fue la de mis síntomas. Una serie de señales me indicaban que la cosa estaba a punto de estallar: la luz que quemaba, un sabor en la lengua, el olvido del nombre de quien estuvo cuidándome todo ese tiempo. Leía los signos, los interpretaba y me preparaba. La lectura no hace al mundo un mejor lugar, pero sí nos permite reaccionar con una velocidad distinta en el día a día.


Luego, seguí con los gestos: mi pareja leía en mi rostro (que es todo el cuerpo) y yo en el suyo tanto el afecto como lo abstracto. Lo necesario, lo inmediato e, incluso, lo infame.

Escampó y pude volver a los libros, a valerme por mí misma. Y ya estando ahí me pregunté sobre esa manía de ideas principales, resúmenes y transmisión de conocimientos mediante el prestigio y el miedo. Pienso en la desmesura de esa manera de leer, en el orgullo y la arrogancia que conlleva.


No niego la utilidad del método, el crédito que produce y los avances tanto materiales como visibles que conlleva. Lo que cuestiono es su pretenciosa universalidad. Saber leer no solo es delirar historias e informaciones por medio de caracteres. Unx comienza a hacerlo con la primera respiración fuera del vientre materno, con la apophenia en las nubes, y continúa hasta ver la luz antes de transitar el famoso túnel.


Short Story 1 (2020), Sandra Sánchez. Bordado de lana y lino sobre fabriano negro 24 * 32 cm

Sigo subrayando los libros. A veces, resalto aún las ideas principales (no las del texto, sino las que resuenan en mí; aunque, para ser honesta, a veces coinciden con las del texto, pero el camino es distinto). Otras, algo que llama mi atención sin saber bien a bien por qué, como en un sueño.


Últimamente me ha dado por bordar, una actividad cercana a la escritura, como lo es dibujar. En vez de anotar sólo las frases en un cuaderno, dibujo lo que me hacen sentir y luego enhebro todo. No sé bien cómo empezó, ningún plan específico me llevó a ello, sin embargo, me gusta pensar que unx puede rebelarse al paradigma de lectura imperante probando otras formas de anotar y producir archivos, tanto los históricos como los personales.


Intercambiar el marcatextos fluorescente por un carboncillo opaco, los esquemas por bordados lentos, las aspiraciones por experiencias. Volver a leer en voz alta y entre varios por el puro gusto. Dejar la prisa a un lado. Experimentar, aunque el resultado sea fallido y, aparentemente, no lleve a ningún lugar.


Aprender a leer es un proceso vital que no se reduce a localizar las ideas principales en un texto y, mucho menos, a la obtención de un certificado de grado. Por ejemplo, hay signos que leemos sin que estén ahí, como en la paranoia; otros que siempre nos serán inaccesibles (¿qué piensa el otro de mí cuando hace esa mueca?); frente a algunos más reaccionamos intuitivamente: leemos el miedo, el amor, la empatía y el peligro.


No hay un manual o enseñanza que pueda abarcar la totalidad de las experiencias de lectura. En esa multiplicidad —llena de diferencias— es ingenuo pensar que leer un alfabeto es más o menos importante que leer el clima, los síntomas corporales, los presagios o la economía. Aunque culturalmente otorgamos más valor a ciertas actividades que a otras, no podemos acceder a todo. Afortunadamente, hay quienes aún están dispuestos a traducir sus saberes y a compartir las lecturas de sus quehaceres y sus mundos. La lluvia no se predice, se lee en la humedad y en los cielos.


Sandra Sánchez escribe sobre arte contemporáneo. Su investigación actual se centra en los modos de escritura colaborativa dentro del arte contemporáneo y en las propuestas de recepción del arte más allá de la relación estética productor-obra-espectador. En 2015 fundó Zona de Desgaste, un espacio dedicado a la mediación, escritura y reflexión crítica de temas relacionados con arte contemporáneo, estudios visuales y estética. Actualmente es directora de Aeromoto Biblioteca y editora de OndaMx. Es profesora de asignatura en el Colegio de Arte y Cultura de la Universidad del Claustro de Sor Juana.




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