• Jorge Comensal

Los libros no llevan prisa


Soy una persona muy solitaria. De mis dieciséis horas de

vigilia diaria, al menos diez transcurren en soledad. No

pretendo, sin embargo, pasarme todo ese tiempo leyendo;

a veces me divierto elaborando teorías literarias…


Giuseppe Tomasi di Lampedusa


Los libros no llevan prisa. A veces les toma siglos llegar a sus lectores. Cruzan lenguas, religiones y continentes. En el camino puede caérseles el nombre del

autor. El anonimato los fortalece. Se imprimen a raudales para satisfacer la demanda artificial de los liceos y facultades. Alguien toma uno y se halla, de pronto, a gusto entre sus letras, más a gusto entre ellas que entre los compañeros del colegio, más a gusto que en las fiestas ruidosas y las comidas familiares. Para huir del tedio de las conversaciones huecas, se incorpora a la tribu de los lectores compulsivos. Un buen día termina prefiriendo la compañía de los libros a la de

las personas. Ya no hay regreso.

Mi primer noviazgo adolescente fracasó, entre otros motivos, porque los viernes por la noche yo prefería quedarme a leer en casa que salir de fiesta o ir al cine. Una noche me hallé tan enfrascado en la lectura de Harry Potter —no me avergüenza confesarlo—, que me mostré indiferente a las amenazas de mi novia, y apenas dos meses después de haber abandonado el club del celibato volví a él por la puerta grande, leyendo una novela insulsa hasta el amanecer. Desde entonces anhelaba encontrar a una compañera que prefiriera la compañía de los libros a la de los humanos —he tenido suerte—.

La misantropía es el peor de los efectos de la manía lectora. Hay que vacunarse contra ella platicando sobre libros, procurando la compañía de lectores adictos. No hay borracho más triste que el solitario, que el empeñado en beber a solas con sus fantasmas.

Peter Kien, el personaje de Canetti, es un misántropo de las letras que me resulta bastante antipático, y por eso no he escrito mucho sobre él. Hay otro que, por el contrario, cuento entre mis mejores amigos: el profesor Rosario La Ciura, personaje de Giuseppe Tomasi en el relato «El profesor y la sirena».

Giuseppe Tomasi fue un Quijote siciliano que en vez de armarse caballero se volvió escritor. Vivió entre 1896 y 1957, y no era hidalgo sino príncipe de Lampedusa, una isla yerma y diminuta al sur del Mediterráneo, conocida últimamente por el arribo cotidiano de miles de migrantes africanos a sus costas. Cada vez que leo noticias sobre la isla de Lampedusa, muchas veces trágicas, me acuerdo de Giuseppe Tomasi y su indigencia nobiliaria, su altivo desprecio hacia un mundo en el que no cabía y contra el que se rebeló a través de una literatura triste y hermosa. Javier Marías lo ha retratado en sus Vidas escritas como un lector «insaciable y obsesivo». Pasó la mayor parte de su ociosa existencia leyendo. Las Lecciones sobre Stendhal y las Conversaciones literarias son testimonios de un fervor literario absoluto. El Gatopardo, su única novela, es un portento de estilo y nostalgia, un seductor alegato contra la fe en el progreso. Mario Vargas Llosa ha escrito sobre ella palabras muy justas en La verdad de las mentiras; ahí nos recuerda que la belleza fingida de las novelas puede empobrecer la vida que vivimos, y enemistarnos con ella. Eso le sucedió sin duda a Lampedusa y al más singular de sus personajes, el senador Rosario La Ciura, un lector maniático ejemplar.

Lampedusa probablemente escribió el relato de «El profesor y la sirena» en 1956, al regresar de un viaje por Augusta, en la costa oriental de Sicilia. Lo ubica significativamente en el otoño de 1938, en vísperas de la guerra. El narrador, Pablo Corbera, es un cínico periodista que entabla en un café de Turín una amistad improbable con Rosario La Ciura, senador retirado, helenista erudito, autor de numerosas obras de referencia sobre los dialectos jónicos, que a los veintisiete años había conseguido la cátedra de literatura griega en la Universidad de Pavía. En sus conversaciones con el joven periodista, La Ciura hace comentarios extraños, llenos de amargura y desdén hacia la humanidad, en particular cuando esa humanidad es cristiana o femenina. Poco a poco descubrimos que no se trata de una misoginia rastrera, sino de un desprecio divino cuyo origen se remonta a la juventud del sabio.

Cuando tenía veinticuatro años, La Ciura ya era doctor en filología clásica y se disponía a concursar por la cátedra en la Universidad de Pavía. Tuvo que prepararse durante dos años de estudio maniaco. Un día, un amigo lo encontró «mientras vagaba trastornado por las calles musitando versos griegos». Le advirtió que si seguía así iba a volverse loco, y le ofreció una casa en la costa de Augusta para que fuera a despejarse durante el verano. Así que el joven doctor La Ciura se fue con sus libros a seguir estudiando en la playa, aislado por completo de la sociedad. El campesino que de vez en cuando le llevaba víveres lo creía «al borde de una peligrosa locura». Todas las mañanas, Rosario abordaba un bote de remos y se iba a declamar poemas clásicos a la sombra de un peñasco, mecido por las olas. Fue ahí donde conoció a Liguea, hija de Calíope, una sirena. Dejo su descripción física a Lampedusa, capaz de emocionar al más frío de los cuerpos. Cito nada más lo que dice sobre su voz:


Era algo gutural, velada, resonante a causa de innumerables sonidos armónicos; en ella se advertían, como fondo de las palabras, las resacas perezosas de los mares estivales, el susurro de las últimas espumas en la playa, el paso de los vientos sobre las olas lunares. El canto de las sirenas, Corbera, no existe; la música a la que no se puede escapar es solamente la de su voz.

¿Qué atrajo a Liguea hacia el joven Rosario? Acaso fue justo la música del griego antiguo que él recitaba, acaso la mención de navegantes que ella había conocido siglos atrás, acaso la locura literaria del helenista, transportado por los libros a un mundo de dioses silvestres junto a los que palidecía cualquier belleza humana —incluso la de Claudia Cardinale, la Angélica de Il Gattopardo filmado por Visconti—.

A fines del verano, Liguea dejó a Rosario. Él no pudo, ni quiso, olvidarla. Desde entonces vivió amargado por el contraste entre la dicha de aquel encuentro auspiciado por los excesos de la lectura, y la mediocridad de su vida, llena de ceremonias, publicaciones académicas y doctorados honoris causa. El

final de «El profesor y la sirena» evoca el misterioso caso del físico Ettore Majorana, que no describo para no arruinarle al lector de Lampedusa la dicha de sorprenderse. Baste decir que el relato concluye con un apunte veloz sobre los estragos de la guerra y sobre el destino de los libros del profesor La Ciura: pudrirse en el sótano de la universidad. No puedo concebir final más amargo. Incluso la hoguera es más noble para los libros que la putrefacción. Comparado con este relato, Auto de fe de Canetti tiene un final feliz.

«El profesor y la sirena» es el texto más largo de los Racconti de Lampedusa, editados en 1961, cuatro años después de su muerte. El gatopardo se había publicado en 1958, también de forma póstuma, pues Einaudi y Mondadori habían rechazado la novela en vida del autor. Vargas Llosa atribuye este dislate

editorial a las corrientes ideológicas que dominaban la cultura de entonces. Como muchos otros lectores compulsivos, Lampedusa no cabe en el mundo, llegó tarde a la historia —a otros, como sor Juana, se les hizo temprano—. A pesar de su melancolía, los libros del siciliano nos conducen al mejor de los mundos posibles, donde la belleza redime del absurdo la vida cotidiana. De eso se trata para mí el Quijote y también la historia de este príncipe sombrío que en dos años logró escribir una obra deslumbrante, cuya luz emana de los libros, solamente, porque la vida de Lampedusa fue tan árida y solitaria como su isla.


Giuseppe Tomasi di Lampedusa



Ensayo tomado de Yonquis de las letras, La Huerta Grande, Madrid, 2017. Con permiso de la editorial.


 

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