• Ingrid Rossi

El silencio, una propuesta




En términos científicos, silencio quiere decir cero decibeles o la ausencia total de vibraciones, lo cual no existe en la tierra en condiciones normales, ni siquiera en lugares tan remotos e inhóspitos como Death Valley en California, uno de los lugares más silenciosos del mundo. La ausencia absoluta de sonido se ha logrado reproducir en las llamadas cámaras anecoicas con resultados sorprendentes.


Quienes han experimentado el silencio absoluto de estos espacios, lo describen como enloquecedor y todo menos silencioso, dado que el cuerpo humano produce ruidos internos que la cámara no puede absorber y que se magnifican ante la falta de sonidos provenientes del exterior.


Cuando se habla de silencio, en realidad se habla de un nivel de sonido que deja espacio al pensamiento o a la reflexión sin distracciones. A lo que se aspira es al silencio de la naturaleza, a la presencia de sonidos que no hacen pensar en actividad humana ni obligan a reaccionar o interpretar, a un conjunto de ruidos agradables.


Existen estudios que demuestran que un paisaje sonoro tranquilo produce una conexión emocional en el ser humano similar a la que se produce en las iglesias, donde las personas se vuelven sensibles a los sonidos que los rodean, pero de una manera que no les genera estrés. Esto sucede porque el silencio disminuye la carga cognitiva del cerebro, que no tiene que trabajar para suprimir ruidos constantes como el tráfico, y le permite relajarse. Se considera que un lugar donde el ruido es menor a 55 decibeles es un lugar tranquilo. El nivel de ruido de una biblioteca es de alrededor de 42 decibeles.


Es curioso cómo ciertos factores juegan en la percepción que tenemos del sonido. El ser humano percibe un lugar como más tranquilo cuando los ruidos naturales son más altos. Por lo mismo, los espacios urbanos necesitan ser más silenciosos que los espacios verdes para ser percibidos como igual de tranquilos. El diseño también es importante, una fuente de ruido que no se ve, se percibe como más silenciosa.


El crecimiento de la población global, de las ciudades y pueblos, así como de las carreteras que llegan a lugares cada vez más remotos, ha hecho que el silencio se vuelva escaso en todo el mundo. Las principales fuentes de contaminación acústica son los coches, los trenes, los aviones y el ruido que produce la industria. En la mayoría de los países europeos, más de la mitad de las personas que viven en zonas urbanas, están expuestos día y noche a niveles de ruido de más de 55 decibeles, lo cual, según la Organización Mundial de la Salud, tiene un efecto negativo en la salud.


Estudios científicos demuestran que el ruido no solo es desagradable, sino que puede afectar la salud del ser humano al ser un estresor conocido a nivel psicológico y fisiológico. Según el informe sobre contaminación acústica ambiental publicado en marzo del 2020 por la Agencia Europea de Medio Ambiente, al menos uno de cada cinco europeos está expuesto a niveles de ruido que se consideran nocivos para la salud. La exposición prolongada puede causar trastornos del sueño, así como efectos perjudiciales en el sistema cardiovascular, metabólico y cognitivo. Se calcula que en Europa alrededor de 12 500 niños en edad escolar presentan problemas de lectura como consecuencia del ruido producido por los aviones. Muchas personas no se dan cuenta de que la contaminación acústica es un problema grave que afecta la salud de todos los seres humanos, incluida la suya.


La fauna también sufre con la falta de silencio. La sonoridad del paisaje es un componente clave del hábitat y los ruidos producidos por el hombre pueden ocultar sonidos críticos para los animales que les permiten identificar presas, predadores, localizar a miembros del grupo o encontrar pareja.


Una de las consecuencias del confinamiento es la disminución del nivel de ruido en las ciudades y la posibilidad de escuchar sonidos nuevos, como el canto de los pájaros o el ruido de las hojas. Iniciativas como Silent Cities guardan la memoria sonora de la pandemia. A raíz de este fenómeno, se han levantado voces que piden que se dé una mayor importancia a la preservación del silencio en el urbanismo del futuro.

Entre otras cosas, la necesidad de silencio del ser humano se demuestra en la mayor demanda de audífonos para cancelar ruido, así como en la popularidad de la meditación, el yoga o los retiros de silencio. De acuerdo con el neurólogo belga Steven Laureys, existen cientos de estudios que demuestran el efecto positivo de la meditación en el cerebro. Tener momentos de pausa es fundamental para desacelerar la cabeza, el flujo constante de pensamientos. Laureys explica que se ha demostrado que existe una mayor actividad cerebral en las personas que meditan, además de que el cerebro parece más joven y se produce una mayor comunicación entre sus dos partes. Por lo mismo, considera que, así como la educación física es parte fundamental del currículum de muchas escuelas, la atención al cerebro, al equilibrio emocional, también debería de serlo.


Una creciente coalición de organizaciones, científicos y activistas trabaja para proteger y restaurar los lugares silenciosos que aún quedan en el mundo. Quiet Parks International (QPI), una organización sin fines de lucro que define su objetivo como la preservación del silencio en beneficio de la vida, se dedica a hacer análisis sonoros, certificar parques naturales (como el Parque Nacional de Doñana en España) y liderar proyectos de educación e investigación en torno a la protección del silencio en la naturaleza. Para financiar sus actividades, QPI organiza paseos con un número limitado de personas en las zonas protegidas. Desde el inicio de la pandemia, también se ha dedicado a ofrecer paseos virtuales por zonas con paisajes sonoros privilegiados, ya que considera que la exposición al silencio de la naturaleza puede disminuir los niveles de cortisol en el cuerpo y reducir así la ansiedad y la tensión generados por el confinamiento prolongado.


En Bélgica, uno de los países donde el nivel de ruido es de los más altos debido a la densidad de su población, se ha otorgado la etiqueta de “zona tranquila” a varios espacios naturales como Waerbeke o Dender-Mark, donde, después de un riguroso análisis sonoro, se aplican ciertas reglas que permiten mantener el silencio. También existen iniciativas para crear zonas tranquilas en lugares con gran afluencia de personas, aunque por el momento es solo en las ciudades, como Bruselas o Amberes, donde se plantea la creación de espacios de silencio.


A partir del inicio de la pandemia, se creó un movimiento en Bélgica a través de Facebook con el fin de disminuir el ruido en la nueva normalidad. Este grupo pretende hacer algo permanente del silencio creado por las circunstancias. Su fundadora, Virginie Platteau, periodista cultural que se identifica a sí misma como buscadora de silencio, desea crear espacios que permitan al individuo, en una búsqueda de balance, volcarse hacia sí mismo y procesar la multitud de estímulos recibidos durante el día. Para ella y sus seguidores, crear y proteger espacios de silencio es algo fundamental que incluso debería considerarse como un derecho de los ciudadanos. Su movimiento busca que el silencio se reconozca como un commons, un bien comunal, de todos y de nadie, cuyo aprovechamiento pertenece a la comunidad.


El silencio juega un papel vital en el arte y en la educación. Platteau señala que en la práctica artística siempre hay momentos de silencio, de recogimiento, que permiten que surja la obra.

“La creación, no siempre de manera consciente, surge del silencio. No se puede crear rodeado de impulsos, estos pueden inspirar, pero después, se necesita silencio.”[1]

Hay artistas que se ocupan del silencio explícitamente como Hans Op de Beeck, que busca representar el silencio en sus montajes de video, o Nick Steur, que apila piedras en concentración silenciosa para encontrar el balance. En la poesía también existen formas para dejar entrar el silencio, como el uso de los espacios en blanco. En la música, John Cage impuso el silencio a su audiencia a través de una pieza innovadora, 4’33’’, que muestra la paradoja entre el silencio y la creación que rompe ese silencio. Curiosamente, el neurólogo Steven Laureys afirma que, al escuchar música, es durante los silencios que la actividad cerebral llega a su máximo nivel. Otro ejemplo de silencio en el arte es la obra A Minute of Silence de Marina Abramovic, en la cual cada uno de los espectadores, al llegar su turno, se sienta frente a la artista durante un minuto en completo silencio.



Platteau, profesora durante años en un colegio en el centro de Bruselas que se encuentra al lado de las vías del tren, afirma que los niños aprenden peor cuando hay ruido a su alrededor dado que se genera un estrés auditivo que hace más difícil la concentración. Años antes, Montessori ya había subrayado la importancia del silencio en la educación infantil y había recomendado en sus libros que se llevaran a cabo ejercicios de silencio tanto dentro como fuera de las aulas. La educadora estaba convencida de que el silencio permite a los estudiantes escuchar su voz interior, lo que a su vez les permite identificar sus necesidades de aprendizaje y mantener la confianza en sí mismos.


En Bélgica, como parte de un proyecto piloto organizado por Platteau en una escuela en Mechelen, se aprobó la creación de un espacio de silencio, donde la única regla es que los niños que lo ocupan no hablen con nadie ni utilicen un aparato electrónico. Desde que se implementó el proyecto, se ha podido constatar que, a pesar de que los niños en un principio no saben qué hacer y se angustian, poco a poco se relajan y se sienten mejor.


El 27 de octubre del 2020 se celebró el día del silencio en Flandes y Holanda. En el contexto de las diferentes actividades alrededor del tema, se llevó a cabo una encuesta sobre el papel que juega el silencio en la vida cotidiana. Según los resultados, la razón principal por la que se busca silencio es el descanso. Un cuarto de los entrevistados reconoce buscar un momento de silencio al menos una vez al día. Otra de las conclusiones, es que el silencio gusta más a las mujeres que a los hombres, a los introvertidos que a los extrovertidos y a los viejos que a los jóvenes. Sin embargo, el 53% de los adultos jóvenes, entre 18 y 25 años, afirma necesitar momentos para desconectar del flujo constante de información. De la encuesta se desprende que la mayoría de las personas se siente más relajada después de un momento de silencio, se encuentra de mejor humor, puede tomar mayor distancia frente a los problemas y tienen más energía. Asimismo, la gran parte de los entrevistados desea que el gobierno haga más esfuerzos por crear espacios de silencio tanto en la naturaleza, como en la ciudad y dentro del transporte público.


La importancia del silencio para el ser humano y para los animales es evidente. Sin embargo, es solo desde hace algunos años que se comprende mejor la necesidad de preservar los espacios de silencio que quedan en la Tierra, de crear zonas tranquilas para relajar la mente y de regular la contaminación auditiva. La pandemia, por su parte, nos ha hecho revalorar la importancia del silencio como antídoto contra la angustia, a la vez que nos ha permitido, al disminuir el ruido del tráfico, re-escuchar los sonidos de la naturaleza que se encontraban ahogados por la cacofonía de ruidos en las ciudades. El silencio es la base de la vida, la antesala del pensamiento y de la creación. Solo protegiéndolo podremos preservar nuestra salud y nuestro equilibrio mental para seguir adelante como especie.


Nick Steur apila piedras en concentración silenciosa para encontrar el balance.

[1] Diálogo entre Pat Donnez y Virginie Platteau en el podcast Berg en Dal de la cadena de radio Klara, 1 de noviembre, 2020.


Algunas fuentes interesantes en las que se inspira este texto son: los artículos que se encuentran en la página de Facebook que lleva el nombre de Waerbeke, así como su sitio de internet. También el sitio internet de QPI; el libro de Steven Laureys, La méditation cést bon pour le cerveau, Broché, 2019; la Directiva 2002/49/CE y el Informe sobre Contaminación Ambiental, Agencia Europea de Medio Ambiente, EEA Report No. 22/2019, marzo 2020.







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