• Daniel Goldin

Bailar en la biblioteca

Una biblioteca pública es un espacio en el que (casi) todo cabe y cualquiera puede entrar. Más allá de su intención de presentarse como templos del saber, estos recintos tienen la maravillosa posibilidad de invitar a cualquiera a sumergirse en un caudal de conocimiento (de sí mismo, de otros y del mundo), que no proviene sólo de los acervos que resguardan. Tampoco se restringe a las actividades de lectura y escritura. Las auténticas bibliotecas públicas se definen tanto por sus acervos como por la amplitud de actividades que propician en sus recintos. Algunas son propuestas por la propia institución (por ejemplo, la lectura de libros o revistas, o las actividades culturales o educativas que se programan); otras se realizan sin mediación alguna de los bibliotecarios.

Durante los 5 años y 50 semanas en que fui director de la Biblioteca Vasconcelos pude atestiguar diversas de esas sorprendentes actividades silvestres, solitarias o grupales. Lo que más me llamó la atención fueron las danzas K-pop. Jamás había imaginado que una biblioteca podía ser un recinto en el que se pudieran concitar adolescentes de diversos lugares de la zona metropolitana para bailar. Menos aún que irían a bailar danzas coreanas.

Pero eso acontecía desde muy temprano los siete días de la semana. Chicas y chicos se reunían a bailar en las terrazas que daban al jardín porque ahí, frente a los ventanales, podían verse reflejados y bailar sin que nadie los molestara. En muchos casos, se daban cita por Internet. Algunos venían del oriente o del sur de la ciudad, otros de algún suburbio del Estado de México. En muchos casos nunca antes se habían visto en persona. La biblioteca era su lugar de encuentro. Me encantaba saber que cumplíamos también esa función social tan importante, que jamás aparece en los manuales de bibliotecología: ser un punto de encuentro.

Esas coreografías orientales realizadas en el corazón de la ciudad de México nos permitieron repensar otras para ampliar nuestra principal misión: hacer que cada uno de los visitantes pudiera encontrar lo que buscaba y que saliera con nuevas inquietudes. Por eso me alegré tanto cuando en el año 2013 se acercó a mí Lydia Romero, directora y cofundadora de la compañía de danza contemporánea Cuerpo Mutable, que en estos días cumple 40 años de existencia.

Fue una charla muy breve. Ella me pidió presentar en el interior de la biblioteca la coreografía de su amiga Eva Zapfe, cofundadora de la compañía. Lydia me habló de ella y recordó su presencia luminosa. No me habló de su dolor por su súbita muerte a los 28 años de edad, sino de su deseo de rescatarla de la peor muerte, que es el olvido. Aunque sea por unos minutos, esos paradisíacos instantes que se extienden mientras dura una danza.

Lydia precisó: “No quiero que me prestes el auditorio. Quiero que 200 alumnos de la escuela ejecuten Pendular, fuera de la sala de publicaciones periódicas.” En una biblioteca tan grande como la Vasconcelos, nos podíamos dar el lujo de convertir una sala dedicada a la lectura de diarios y revistas en un escenario. Si alguien se molestaba por el ruido, podía desplazarse.

Accedí con gusto. Era la ocasión de trazar un puente entre los usos silvestres de la biblioteca y las propuestas de los bibliotecarios. Y así, con 200 bailarinas y bailarines que ejecutaron una coreografía pensada para una sola bailarina, se inició nuestra colaboración.

No recibimos queja alguna, por cierto. Tampoco recibimos comentarios negativos por ninguna de las otras seis intervenciones que Lydia propuso a la biblioteca. Algunas fueron pequeñas, realizadas con sus alumnos de la Academia Mexicana de la Danza, como las Arquitecturas instantáneas inspiradas en la poesía de Octavio Paz. Lydia y yo imaginamos que Paz habría disfrutado de esas efímeras encarnaciones de sus versos.

Pero porfiada y tesonera como es, Lydia se había hecho a la idea de convertir toda la magnífica arquitectura de la Biblioteca Vasconcelos en un escenario dancístico. Así que se las arregló para estrenar Héroes en 2017, una obra que se desplegaba a lo largo de más de 250 metros, a lo largo de tres pisos.

Las funciones empezaban justo en el momento en que el horario de los servicios bibliotecarios terminaba. Se apagaban las luces y en la escalinata del extremo sur de la biblioteca los bailarines comenzaban a danzar detrás de los cristales. La obra culminaba en el extremo norte con la escenificación de un combate mítico bajo una lluvia de páginas de libros dañados.

Abajo compartimos un video de esa obra. Cada persona del público vio una obra diferente. Cada uno se fue con una idea propia. No había un escenario único, Un sólo lugar donde fijar la vista. La coreografía te envolvía, quizá invitando a ser cómplice de la arcana batalla que Lydia quiso evocar. Estoy seguro que muy pocas personas habían asistido antes a un espectáculo similar, de la misma manera que pocos coreógrafos se habían aventurado a explorar las posibilidades de un escenario tan ajeno a la danza. Pues pocos tienen esa mirada. Donde pone el ojo, Lydia imagina una danza.



En enero de 2019 Lydia estrenó Atavíos. En sus muchas visitas a la biblioteca Lydia había quedado hechizada por las sombras de la pisadas de los usuarios en los cristales translúcidos de los pasillos. Con esas imágenes en la cabeza se le ocurrió montar una coreografía en la que el público sólo podía intuir la presencia de los bailarines detrás de los cristales. Sombras que sugieren. Como los espectadores debían acostarse en el suelo para mirarla, la invitación a cruzar las fronteras de la vigilia se acentuaba. De alguna manera, con Atavíos se cerraba el círculo. La biblioteca había dejado en evidencia que no sólo era un silencioso templo del saber; trastocada se erigía invitando a pensar y sentir con todo el cuerpo. Se había convertido en un recinto integrador, en el escenario de sinapsis insospechadas. Pisos convertidos en butacas que son también camas. Pasillos que son pantallas.



Cuando fundaron su compañía en 1982, Eva Zapfe, Herminia Grootenboer y Lydia Romero, las tres jóvenes bailarinas y coreógrafas, tenían en mente la investigación del cuerpo en movimiento, sin mantenerse en una sola postura y una sola mirada. Deseaban experimentar a través de talleres y seminarios, crear coreografías y enseñar. Atraer a jóvenes y vincular su propio quehacer con lo que acontecía en otras latitudes.

Tenía en mente el concepto de la impermanencia, que tan bien resumió Heráclito con su celebre sentencia: “Nadie se baña dos veces en el mismo río.” Quisieron trabajar sobre él pensando con el cuerpo en movimiento. Hoy, desde una perspectiva menos antropocéntrica, podríamos ampliar los alcances de la sentencia heracliteana. Tampoco el río es el mismo río, y más aun, los ríos no son eternos: pueden aparecer o desaparecer. Estamos ante desafíos radicales si queremos proseguir con la dicha de la danza.

En estos tiempos aciagos en donde la muerte ronda y se hace presente en este país y en muchos otros de maneras tan diversas, quisiera resaltar una suerte de pedagogía implícita en la trayectoria de Lydia y su compañía. La primera cualidad es la fidelidad a los orígenes, que no supone anclarse en ellos. Abrevar y hacer abrevar: eso fue lo que hizo Lydia al proponerle a 200 jóvenes in-corporar una coreografía clave de la danza contemporánea en México y hacerla suya.

La segunda es la creatividad para encontrar recursos y oportunidades para ejercerlos. Ahí donde todos veían un elefante blanco, Lydia vio un magnífico escenario. Y no quiso repetir la desgastada cantilena de que no disponen de presupuesto ni apoyos… Propuso alianzas. Inventó posibilidades.

Pero quizás la más importante cualidad es el entusiasmo tozudo y persistente. Lydia es de esas personas que aman lo que hacen. Y como le gusta hacer lo que hace, consigue que otros se animen y se contagien de su alegría. Lydia es una artista a la que nada ni nadie para. Un ejemplo y una cómplice.


Fotografías: Cuerpo Mutable


 

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