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A propósito de Asimov y las capacidades lectoras

  • Ramón Salaberria
  • 2 jul 2020
  • 8 Min. de lectura

Actualizado: 15 jul 2020


En enero de 1980 Asimov publicó un artículo con unos interrogantes al parecer sencillos. 40 años después sigue difundiéndose velozmente en las redes sociales.¿Y si trasladamos la pregunta que hizo Asimov para Estados Unidos a otras geografías y nos preguntamos, por ejemplo, cuÔntos mexicanos pueden leer, sin excesiva dificultad, unas mil palabras consecutivas, la pÔgina de una revista? En una selva de encuestas, censos y evaluaciones se intenta buscar una primera respuesta. Solo primera. El tema es complejo, se agradecen aportaciones de todas las latitudes.


En enero de 1980 Asimov publicaba este artƭculo en la revista Newsweek. 40 aƱos despuƩs sigue difundiƩndose velozmente en las redes sociales.


Hace cosa de un mes leí este famoso artículo de Asimov: A Cult of Ignorance / El antiintelectualismo en Estados Unidos (en la traducción de Alexis Condori). Me lo envió, siempre tan curioso, Rafa Mondragón. Me interesó mucho. Llevo 35 años trabajando, de una manera u otra, en un país u otro, en el oficio de bibliotecas públicas y el asunto de las capacidades lectoras de la población siempre me ha interesado (inquietado).


Escribe Asimov

En enero de 1980 la revista Newsweek publica una columna de Isaac Asimov que, cuarenta años después, sigue reproduciéndose a  la velocidad de crecimiento de la verdolaga.  Aquí unos extractos de ese corto (unas mil palabras, una pÔgina de la revista) y Ôcido artículo:


ā€œEs difĆ­cil discrepar con esa vieja sentencia que justifica la libertad de prensa: Ā«America’s right to knowĀ» (la gente de Estados Unidos tiene derecho a saber). Casi parece una crueldad tener la ingenuidad de preguntar «¿Derecho a saber quĆ©? Āæciencias? ĀæmatemĆ”ticas? ĀæeconomĆ­a? Āælenguas extranjeras?Ā» (…) En Estados Unidos hay un culto a la ignorancia, y siempre lo ha habido. El antiintelectualismo ha sido esa constante que ha ido permeando nuestra vida polĆ­tica y cultural, amparado por la falsa premisa de que democracia quiere decir que Ā«mi ignorancia vale tanto como tu saberĀ». Habitualmente, los polĆ­ticos se han esmerado en hablar la lengua de Shakespeare y Milton lo mĆ”s antigramaticalmente que han podido, tratando asĆ­ de evitar ofender a sus oyentes dĆ”ndoles la impresión de haber ido al colegioā€. ā€œAhora los oscurantistas tienen una nueva consigna: «”No confĆ­es en los expertos!Ā» (…) TambiĆ©n estĆ” en boga otra palabra con la que se da nombre a todo aquel que admira la aptitud, el conocimiento, la cultura y la capacidad, y que desea que se extiendan. De ese tipo de gente decimos que son Ā«elitistasĀ». ā€œSi nos dan libertad de prensa y nos dan periodistas que quieran investigar, que sean independientes y valientes; no cabe duda de que, cuando haya algo importante que saber, la gente lo sabrĆ”. Claro, Ā”siempre y cuando la gente sepa leer! Resulta que el leer es una de esas cosas elitistas a las que me referĆ­a; y una mayorĆ­a de estadounidenses, desconfiando como desconfĆ­an de los expertos y despreciando como desprecian a los intelectuales relamidos, no sabe leer y no lee. Naturalmente, el estadounidense medio sabe trazar su firma de una forma mĆ”s o menos eficaz y entiende los titulares de las noticias deportivas, pero ĀæcuĆ”ntos estadounidenses no elitistas podrĆ­an leer, sin excesiva dificultad, unas mil palabras consecutivas en letra menuda, algunas de las cuales podrĆ­an llegar a tener tres sĆ­labas?ā€. ā€œCreo que cualquier ser humano en posesión de un cerebro fĆ­sicamente normal es capaz de aprender muchĆ­simo y puede resultar sorprendentemente intelectual. Creo que lo que necesitamos con urgencia es que cultivarse tenga la aprobación y el incentivo de la sociedad. Todos nosotros podemos formar parte de la elite intelectual. Solo entonces una frase como Ā«derecho a saberĀ» y cualquier idea de democracia genuina tendrĆ”n algĆŗn significadoā€.



La punta del iceberg

Que Asimov lleve su argumentación a algo tan prosaico como la pregunta ā€œĀæcuĆ”ntos estadounidenses no elitistas podrĆ­an leer, sin excesiva dificultad, unas mil palabras consecutivas en letra menuda, algunas de las cuales podrĆ­an llegar a tener tres sĆ­labas?ā€ es algo que francamente me atrae como bibliotecario pĆŗblico.


Vivimos en una ilusión generalizada: que la ampliación de la escolaridad bÔsica a casi la totalidad de la población de un país ha acabado con el analfabetismo. No es así.

Mi punto de partida es que vivimos en una ilusión generalizada: que la ampliación de la escolaridad bÔsica a casi la totalidad de la población de un país ha acabado con el analfabetismo. No es así. O, al menos, depende del criterio que utilicemos para determinar si una persona estÔ alfabetizada. En México, por ejemplo, si una persona dice (no demuestra, dice) al encuestador del Censo de Población del INEGI (organismo oficial de estadística) que sabe leer y escribir un mensaje, un recado, esa persona, a partir de su dicho, entra en el capítulo de las personas estadísticamente alfabetizadas. [1]


A los gobiernos les gusta impresionar o, al menos, no causar disgusto, a organismos como la Unesco, etcĆ©tera. Pero lo que llamamos analfabetismo es la punta del iceberg del real analfabetismo. AquĆ­, en MĆ©xico… y en la mayor parte de los paĆ­ses occidentales (no conozco la situación en Asia, por ejemplo). Veamos unos rĆ”pidos ejemplos entre algunos de los paĆ­ses mĆ”s desarrollados económicamente:Ā 

el llamado informe Moser (A Fresh Start: Improving Literacy and Numeracy) de 1999 mostraba la situación de la educación de las personas adultas en Reino Unido y las consecuencias económicas y sociales del analfabetismo: a uno de cada cinco adultos se les consideraba analfabetos. Tendrían menos habilidades lectoras de las que se espera de un niño de 11 años y, por ejemplo, en el índice de PÔginas Amarillas no podrían localizar la referencia de la pÔgina de los plomeros.


En Francia, el primer ministro Jean-Marc Ayrault declaró el illetrisme (vocablo muy francĆ©s para designar el analfabetismo funcional) como ā€œGrande cause nationale 2013ā€. Se considera que el iletrismo alcanza el 7% de la población francesa entre 18 y 65 aƱos: ā€œaunque fueron escolarizadas esas personas no dominan suficientemente la lectura y la escritura para ser autónomos en situaciones simples de la vida cotidianaā€.

​

En Estados Unidos, datos recientes señalan que el 21% de las personas entre los 16 y 65 años, 43 millones de estadounidenses, tienen dificultad para leer y escribir: 26,5 millones de estadounidenses se encuentran en el nivel 1 (pueden leer y escribir de la forma mÔs bÔsica pero no pueden leer un periódico y tendrían problemas para rellenar un formulario), 8,4 millones se encuentran bajo el nivel 1 y estÔn considerados como analfabetos funcionales y, finalmente, 8,2 millones de personas, al no poder participar en la encuesta por problemas de lenguaje o alguna discapacidad física o psíquica, se incluyeron como individuos con nivel de alfabetización bajo.


El iceberg del Titanic

En MĆ©xico 4.7 millones de personas (de 15 y mĆ”s aƱos) declaraban en 2015 no poder leer y escribir un recado, un mensaje. Esa misma encuesta seƱalaba que 5 millones de mexicanos de esa franja de edad figuraban en la casilla ā€œsin instrucciónā€, 9 millones con ā€œprimaria incompletaā€, 13 millones con ā€œprimaria completaā€ y algo mĆ”s de 3.5 millones con ā€œsecundaria incompletaā€. Casi 31 millones, un poco mĆ”s de un tercio de la población mexicana de esa franja de edad, en alguna de esas casillas. ​ VeĆ”moslo de otra manera, la de la botella medio llena: 82.5 millones de mexicanos de 15 y mĆ”s aƱos declararon en 2015 saber leer y escribir un recado y 56 millones han estudiado, al menos, secundaria (completita).


40 millones de mexicanos de 16 a 65 aƱos tienen dificultades para leer cualquier cosa que vaya mƔs allƔ de un eslogan publicitario o de los titulares de las noticias deportivas.

Demos un paso mĆ”s, algo se nos escapa. MĆ”s allĆ” de lo que cada uno contesta al encuestador del instituto nacional de estadĆ­stica o el diploma escolar que posee, mĆ”s allĆ” de la flamante firma que pueda echar o de la lectura que pueda hacer de los titulares de las noticias deportivas, ā€œĀæcuĆ”ntos mexicanos podrĆ­an leer, sin excesiva dificultad, unas mil palabras consecutivas en letra menuda, algunas de las cuales podrĆ­an llegar a tener tres sĆ­labas?ā€. Para hacernos una idea aproximada podemos recurrir a los datos del Programa para la Evaluación Internacional de las Competencias de los Adultos (PIAAC), a cargo de la OCDE (la evaluación en MĆ©xico se realizó a 6.306 personas de 16 a 65 aƱos, entre junio 2017 y enero 2018). En MĆ©xico la proporción de adultos ubicados en los tres niveles mĆ”s altos (niveles 3, 4 y 5) de Competencia Lectora es del 12%. Alrededor del 0.8% de los adultos alcanza los dos niveles mĆ”s altos de Competencia Lectora (nivel 4 o 5). La mitad (50,6%) de los adultos alcanza sólo el nivel 1 o inferior en Competencia Lectora (en el nivel 1 pueden leer textos breves sobre temas familiares y localizar una parte de información especĆ­fica a la pregunta o instrucción).Ā 

Dicho de una manera mƔs explƭcita, e incluso ruda, 40 millones de mexicanos de 16 a 65 aƱos tienen dificultades para leer cualquier cosa que vaya mƔs allƔ de un eslogan publicitario o de los titulares de las noticias deportivas, que decƭa Asimov. Se les dificulta leer textos en una pantalla, enfrentan problemas para completar formas simples, comprender vocabulario bƔsico, determinar el significado de oraciones y leer textos continuos con cierto grado de fluidez o interpretar los signos de un mapa.


ĀæY la biblioteca pĆŗblica en todo esto?

Como bibliotecarios pĆŗblicos quizĆ”s nos creamos eso de que ā€œlos servicios de la biblioteca pĆŗblica se prestan sobre la base de igualdad de acceso para todas las personas, sin tener en cuenta su edad, raza, sexo, religión, nacionalidad, idioma o condición socialā€. Pero mĆ”s allĆ” de creerlo hay que trabajar para conseguirlo.Ā  ​ No es suficiente con abrir las puertas de la biblioteca. Una biblioteca pĆŗblica puede estar disponible para la población de una comunidad pero eso no significa que forzosamente sea accesible. Para conseguirlo lo primero que ha de realizar el personal de la biblioteca es leer a su propia comunidad, sus caracterĆ­sticas sociodemogrĆ”ficas, su grado de escolarización, las lenguas en las que viven y se expresan, sus hĆ”bitos de trabajo… Adaptar la biblioteca a la comunidad en la que se ubica: la selección de los documentos, la manera en la que Ć©stos se presentan, la recepción a los ciudadanos y ciudadanas que por primera vez pisan una biblioteca, una seƱalización de los espacios y acervos que potencie la autonomĆ­a de los usuarios, el reconocimiento de los saberes de esas personas con tan graves dificultades de lectura, el papel de la oralidad en la biblioteca, etcĆ©tera. ​


Mensaje de Asimov a las niñas y niños de la ciudad de Troy, Michigan, con motivo de la apertura de la biblioteca pública.

Bibliotecas que, por cierto, son financiadas por todos, por los de alto capital escolar y por los de bajo capital escolar, por los que saben leer de corrido y los que se tropiezan en la primera frase. Y que ahora son subfrecuentadas por los grandes sectores sociales menos escolarizados. Sabemos que los procesos tĆ©cnicos de una biblioteca y su organización material, aun siendo importantes, no son los Ćŗnicos requerimientos para prestar un buen servicio bibliotecario. Es necesaria una mediación, y mediación la amparo, y la amparamos los que hacemos esta revista, con una antigua palabra, hospitalidad. ​ Regreso a Asimov, ese hombre que sabĆ­a todo menos montar en bici y nadar, para volver a leer su canto a la biblioteca pĆŗblica: ​ ā€œRecibĆ­ las bases de mi educación en la escuela, pero esto no fue suficiente. Mi educación real, la superestructura, los detalles, la verdadera arquitectura, la obtuve en las bibliotecas pĆŗblicas. Para un niƱo pobre cuya familia no se podĆ­a permitir comprar libros, la biblioteca era una puerta abierta hacia las maravillas y el Ć©xito y nunca podrĆ© estar lo bastante agradecido por haber tenido el buen juicio de atravesar esa puerta y sacar el mejor partido de ello. (…) En la actualidad, cuando leo constantemente que los fondos para bibliotecas se recortan cada vez mĆ”s, lo Ćŗnico que se me ocurre es que la puerta se estĆ” cerrando y la sociedad estadounidense ha encontrado otro modo mĆ”s de destruirse a sĆ­ mismaā€.[2]

[1] El Manual del entrevistador del cuestionario bÔsico. XII Censo de Población y Vivienda 2010

(las mismas indicaciones se dan en el Manual del entrevistador del cuestionario ampliado) instruye:

ā€œConsidera que una persona sĆ­ sabe leer y escribir cuando por lo menos puede leer y escribir un recado en alguna lengua o idioma, cualquiera que Ć©sta sea.

También registra el código 1 cuando por causa de un accidente, enfermedad o edad avanzada no puede leer y escribir pero sí sabe o supo hacerlo. 

Una persona no sabe leer y escribir si Ćŗnicamente puede escribir su nombre, algunas palabras, nĆŗmeros y leer anuncios.

Repite la pregunta ante respuestas como: ā€œno muchoā€, ā€œmĆ”s o menosā€ o ā€œescribo con letra feaā€, para verificar si realmente sabe leer y escribirā€.

​

[2]Ā Isaac Asimov: Memorias. Barcelona: Ediciones B, 1998, p.48.






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