• Ramón Salaberria

A propósito de Asimov y las capacidades lectoras


En enero de 1980 Asimov publicó un artículo con unos interrogantes al parecer sencillos. 40 años después sigue difundiéndose velozmente en las redes sociales.¿Y si trasladamos la pregunta que hizo Asimov para Estados Unidos a otras geografías y nos preguntamos, por ejemplo, cuántos mexicanos pueden leer, sin excesiva dificultad, unas mil palabras consecutivas, la página de una revista? En una selva de encuestas, censos y evaluaciones se intenta buscar una primera respuesta. Solo primera. El tema es complejo, se agradecen aportaciones de todas las latitudes.


En enero de 1980 Asimov publicaba este artículo en la revista Newsweek. 40 años después sigue difundiéndose velozmente en las redes sociales.


Hace cosa de un mes leí este famoso artículo de Asimov: A Cult of Ignorance / El antiintelectualismo en Estados Unidos (en la traducción de Alexis Condori). Me lo envió, siempre tan curioso, Rafa Mondragón. Me interesó mucho. Llevo 35 años trabajando, de una manera u otra, en un país u otro, en el oficio de bibliotecas públicas y el asunto de las capacidades lectoras de la población siempre me ha interesado (inquietado).


Escribe Asimov

En enero de 1980 la revista Newsweek publica una columna de Isaac Asimov que, cuarenta años después, sigue reproduciéndose a  la velocidad de crecimiento de la verdolaga.  Aquí unos extractos de ese corto (unas mil palabras, una página de la revista) y ácido artículo:


“Es difícil discrepar con esa vieja sentencia que justifica la libertad de prensa: «America’s right to know» (la gente de Estados Unidos tiene derecho a saber). Casi parece una crueldad tener la ingenuidad de preguntar «¿Derecho a saber qué? ¿ciencias? ¿matemáticas? ¿economía? ¿lenguas extranjeras?» (…) En Estados Unidos hay un culto a la ignorancia, y siempre lo ha habido. El antiintelectualismo ha sido esa constante que ha ido permeando nuestra vida política y cultural, amparado por la falsa premisa de que democracia quiere decir que «mi ignorancia vale tanto como tu saber». Habitualmente, los políticos se han esmerado en hablar la lengua de Shakespeare y Milton lo más antigramaticalmente que han podido, tratando así de evitar ofender a sus oyentes dándoles la impresión de haber ido al colegio”. “Ahora los oscurantistas tienen una nueva consigna: «¡No confíes en los expertos!» (…) También está en boga otra palabra con la que se da nombre a todo aquel que admira la aptitud, el conocimiento, la cultura y la capacidad, y que desea que se extiendan. De ese tipo de gente decimos que son «elitistas». “Si nos dan libertad de prensa y nos dan periodistas que quieran investigar, que sean independientes y valientes; no cabe duda de que, cuando haya algo importante que saber, la gente lo sabrá. Claro, ¡siempre y cuando la gente sepa leer! Resulta que el leer es una de esas cosas elitistas a las que me refería; y una mayoría de estadounidenses, desconfiando como desconfían de los expertos y despreciando como desprecian a los intelectuales relamidos, no sabe leer y no lee. Naturalmente, el estadounidense medio sabe trazar su firma de una forma más o menos eficaz y entiende los titulares de las noticias deportivas, pero ¿cuántos estadounidenses no elitistas podrían leer, sin excesiva dificultad, unas mil palabras consecutivas en letra menuda, algunas de las cuales podrían llegar a tener tres sílabas?”. “Creo que cualquier ser humano en posesión de un cerebro físicamente normal es capaz de aprender muchísimo y puede resultar sorprendentemente intelectual. Creo que lo que necesitamos con urgencia es que cultivarse tenga la aprobación y el incentivo de la sociedad. Todos nosotros podemos formar parte de la elite intelectual. Solo entonces una frase como «derecho a saber» y cualquier idea de democracia genuina tendrán algún significado”.



La punta del iceberg

Que Asimov lleve su argumentación a algo tan prosaico como la pregunta “¿cuántos estadounidenses no elitistas podrían leer, sin excesiva dificultad, unas mil palabras consecutivas en letra menuda, algunas de las cuales podrían llegar a tener tres sílabas?” es algo que francamente me atrae como bibliotecario público.


Vivimos en una ilusión generalizada: que la ampliación de la escolaridad básica a casi la totalidad de la población de un país ha acabado con el analfabetismo. No es así.

Mi punto de partida es que vivimos en una ilusión generalizada: que la ampliación de la escolaridad básica a casi la totalidad de la población de un país ha acabado con el analfabetismo. No es así. O, al menos, depende del criterio que utilicemos para determinar si una persona está alfabetizada. En México, por ejemplo, si una persona dice (no demuestra, dice) al encuestador del Censo de Población del INEGI (organismo oficial de estadística) que sabe leer y escribir un mensaje, un recado, esa persona, a partir de su dicho, entra en el capítulo de las personas estadísticamente alfabetizadas. [1]


A los gobiernos les gusta impresionar o, al menos, no causar disgusto, a organismos como la Unesco, etcétera. Pero lo que llamamos analfabetismo es la punta del iceberg del real analfabetismo. Aquí, en México… y en la mayor parte de los países occidentales (no conozco la situación en Asia, por ejemplo). Veamos unos rápidos ejemplos entre algunos de los países más desarrollados económicamente: 

el llamado informe Moser (A Fresh Start: Improving Literacy and Numeracy) de 1999 mostraba la situación de la educación de las personas adultas en Reino Unido y las consecuencias económicas y sociales del analfabetismo: a uno de cada cinco adultos se les consideraba analfabetos. Tendrían menos habilidades lectoras de las que se espera de un niño de 11 años y, por ejemplo, en el índice de Páginas Amarillas no podrían localizar la referencia de la página de los plomeros.


En Francia, el primer ministro Jean-Marc Ayrault declaró el illetrisme (vocablo muy francés para designar el analfabetismo funcional) como “Grande cause nationale 2013”. Se considera que el iletrismo alcanza el 7% de la población francesa entre 18 y 65 años: “aunque fueron escolarizadas esas personas no dominan suficientemente la lectura y la escritura para ser autónomos en situaciones simples de la vida cotidiana”.

En Estados Unidos, datos recientes señalan que el 21% de las personas entre los 16 y 65 años, 43 millones de estadounidenses, tienen dificultad para leer y escribir: 26,5 millones de estadounidenses se encuentran en el nivel 1 (pueden leer y escribir de la forma más básica pero no pueden leer un periódico y tendrían problemas para rellenar un formulario), 8,4 millones se encuentran bajo el nivel 1 y están considerados como analfabetos funcionales y, finalmente, 8,2 millones de personas, al no poder participar en la encuesta por problemas de lenguaje o alguna discapacidad física o psíquica, se incluyeron como individuos con nivel de alfabetización bajo.


El iceberg del Titanic

En México 4.7 millones de personas (de 15 y más años) declaraban en 2015 no poder leer y escribir un recado, un mensaje. Esa misma encuesta señalaba que 5 millones de mexicanos de esa franja de edad figuraban en la casilla “sin instrucción”, 9 millones con “primaria incompleta”, 13 millones con “primaria completa” y algo más de 3.5 millones con “secundaria incompleta”. Casi 31 millones, un poco más de un tercio de la población mexicana de esa franja de edad, en alguna de esas casillas. ​ Veámoslo de otra manera, la de la botella medio llena: 82.5 millones de mexicanos de 15 y más años declararon en 2015 saber leer y escribir un recado y 56 millones han estudiado, al menos, secundaria (completita).


40 millones de mexicanos de 16 a 65 años tienen dificultades para leer cualquier cosa que vaya más allá de un eslogan publicitario o de los titulares de las noticias deportivas.

Demos un paso más, algo se nos escapa. Más allá de lo que cada uno contesta al encuestador del instituto nacional de estadística o el diploma escolar que posee, más allá de la flamante firma que pueda echar o de la lectura que pueda hacer de los titulares de las noticias deportivas, “¿cuántos mexicanos podrían leer, sin excesiva dificultad, unas mil palabras consecutivas en letra menuda, algunas de las cuales podrían llegar a tener tres sílabas?”. Para hacernos una idea aproximada podemos recurrir a los datos del Programa para la Evaluación Internacional de las Competencias de los Adultos (PIAAC), a cargo de la OCDE (la evaluación en México se realizó a 6.306 personas de 16 a 65 años, entre junio 2017 y enero 2018). En México la proporción de adultos ubicados en los tres niveles más altos (niveles 3, 4 y 5) de Competencia Lectora es del 12%. Alrededor del 0.8% de los adultos alcanza los dos niveles más altos de Competencia Lectora (nivel 4 o 5). La mitad (50,6%) de los adultos alcanza sólo el nivel 1 o inferior en Competencia Lectora (en el nivel 1 pueden leer textos breves sobre temas familiares y localizar una parte de información específica a la pregunta o instrucción). 

Dicho de una manera más explícita, e incluso ruda, 40 millones de mexicanos de 16 a 65 años tienen dificultades para leer cualquier cosa que vaya más allá de un eslogan publicitario o de los titulares de las noticias deportivas, que decía Asimov. Se les dificulta leer textos en una pantalla, enfrentan problemas para completar formas simples, comprender vocabulario básico, determinar el significado de oraciones y leer textos continuos con cierto grado de fluidez o interpretar los signos de un mapa.


¿Y la biblioteca pública en todo esto?

Como bibliotecarios públicos quizás nos creamos eso de que “los servicios de la biblioteca pública se prestan sobre la base de igualdad de acceso para todas las personas, sin tener en cuenta su edad, raza, sexo, religión, nacionalidad, idioma o condición social”. Pero más allá de creerlo hay que trabajar para conseguirlo.  ​ No es suficiente con abrir las puertas de la biblioteca. Una biblioteca pública puede estar disponible para la población de una comunidad pero eso no significa que forzosamente sea accesible. Para conseguirlo lo primero que ha de realizar el personal de la biblioteca es leer a su propia comunidad, sus características sociodemográficas, su grado de escolarización, las lenguas en las que viven y se expresan, sus hábitos de trabajo… Adaptar la biblioteca a la comunidad en la que se ubica: la selección de los documentos, la manera en la que éstos se presentan, la recepción a los ciudadanos y ciudadanas que por primera vez pisan una biblioteca, una señalización de los espacios y acervos que potencie la autonomía de los usuarios, el reconocimiento de los saberes de esas personas con tan graves dificultades de lectura, el papel de la oralidad en la biblioteca, etcétera. ​


Mensaje de Asimov a las niñas y niños de la ciudad de Troy, Michigan, con motivo de la apertura de la biblioteca pública.

Bibliotecas que, por cierto, son financiadas por todos, por los de alto capital escolar y por los de bajo capital escolar, por los que saben leer de corrido y los que se tropiezan en la primera frase. Y que ahora son subfrecuentadas por los grandes sectores sociales menos escolarizados. Sabemos que los procesos técnicos de una biblioteca y su organización material, aun siendo importantes, no son los únicos requerimientos para prestar un buen servicio bibliotecario. Es necesaria una mediación, y mediación la amparo, y la amparamos los que hacemos esta revista, con una antigua palabra, hospitalidad. ​ Regreso a Asimov, ese hombre que sabía todo menos montar en bici y nadar, para volver a leer su canto a la biblioteca pública: ​ “Recibí las bases de mi educación en la escuela, pero esto no fue suficiente. Mi educación real, la superestructura, los detalles, la verdadera arquitectura, la obtuve en las bibliotecas públicas. Para un niño pobre cuya familia no se podía permitir comprar libros, la biblioteca era una puerta abierta hacia las maravillas y el éxito y nunca podré estar lo bastante agradecido por haber tenido el buen juicio de atravesar esa puerta y sacar el mejor partido de ello. (…) En la actualidad, cuando leo constantemente que los fondos para bibliotecas se recortan cada vez más, lo único que se me ocurre es que la puerta se está cerrando y la sociedad estadounidense ha encontrado otro modo más de destruirse a sí misma”.[2]

[1] El Manual del entrevistador del cuestionario básico. XII Censo de Población y Vivienda 2010

(las mismas indicaciones se dan en el Manual del entrevistador del cuestionario ampliado) instruye:

“Considera que una persona sí sabe leer y escribir cuando por lo menos puede leer y escribir un recado en alguna lengua o idioma, cualquiera que ésta sea.

También registra el código 1 cuando por causa de un accidente, enfermedad o edad avanzada no puede leer y escribir pero sí sabe o supo hacerlo. 

Una persona no sabe leer y escribir si únicamente puede escribir su nombre, algunas palabras, números y leer anuncios.

Repite la pregunta ante respuestas como: “no mucho”, “más o menos” o “escribo con letra fea”, para verificar si realmente sabe leer y escribir”.

[2] Isaac Asimov: Memorias. Barcelona: Ediciones B, 1998, p.48.




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