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¿Por qué necesitamos jardines? Una entrevista a Oliver Sacks

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Este encuentro había sido largamente anhelado. Desde el nacimiento de nuestro Jardín, pensábamos que Oliver Sacks era un interlocutor fundamental.


Alguien nos había comentado que desde hace algunos años, Sacks había optado por mantenerse lejos de los reflectores y que estaba inmerso en nuevas investigaciones: ¿cómo imaginarlo de otra forma? Nos advirtieron que por eso no concedía entrevistas. Aun así, lanzamos la invitación. ¿Por qué no?, nos dijimos. Nada perdemos. Nos instalamos en nuestro jardín y esperamos. Algunos pensamos que vendría nadando, o en su moto, a toda velocidad desde Nueva York. Pero en realidad llegó caminando, tranquilo y sonriente. Eso fue lo primero que notamos: su sonrisa.


Se sentó en una banca, apenas agitado. Fue él quien inició el diálogo. “Me alegra encontrarlos”, dijo, “no podía rechazar la invitación a un jardín, es algo que necesito”.



¿Qué tienen de especial los jardines?

Como escritor, los jardines me resultan esenciales en el proceso creativo; como médico, llevo a mis pacientes a los jardines siempre que es posible. Todos nosotros hemos deambulado por un exuberante jardín o por un desierto intemporal, hemos caminado junto a un río o un océano, hemos escalado una montaña y nos hemos encontrado a la vez serenos y vigorizados, con la mente fresca, tonificados en cuerpo y espíritu. La importancia de esos estados fisiológicos sobre la salud individual y comunitaria es fundamental y de gran alcance. En mis cuarenta años de práctica médica, solo he encontrado dos tipos de terapia “no farmacéutica” realmente importante para los pacientes que padecen enfermedades neurológicas crónicas: la música y los jardines.


¿Existe una potencia transformadora en el contacto con la naturaleza y los jardines? Si es así, ¿cómo sucede esto?

No sabría decir exactamente la manera en que la naturaleza ejerce su efecto calmante y organizador en nuestro cerebro, pero he presenciado en mis pacientes la capacidad reparadora y curativa de la naturaleza y los jardines, incluso en aquellos que sufren un trastorno neurológico. En muchos casos los jardines y la naturaleza son más poderosos que cualquier medicación.


¿Nos podría dar algún ejemplo de un momento en el que haya presenciado esta transformación o curación?

Hace ya un tiempo, trabajé en el pabellón 23 del Hospital Estatal del Bronx, con pacientes jóvenes y adultos que presentaban diversos problemas, como autismo, esclerosis tuberosa, esquizofrenia, entre otras. Yo detestaba ver la manera en que se trataba a los pacientes, a los que a veces se encerraba en salas de aislamiento, no se les daba de comer o se les aplicaban medidas de contención. A uno de los pacientes, Steve, que era mudo y autista, le resultaba especialmente duro el hecho de estar encerrado, y a veces se quedaba sentado junto a la ventana, anhelando estar fuera. Un día conseguimos llevarlo al Jardín Botánico de Nueva York. A Steve le encantaban las plantas; era mayo, y las lilas estaban en plena floración. Le encantó la hondonada cubierta de hierba y la sensación de espacio. En cierto momento, cogió una flor, la miró, y pronunció las primeras palabras que le oíamos decir: “¡Diente de león!”. Nos quedamos impactados; no teníamos ni idea de que Steve fuera capaz de reconocer las flores, por no hablar de pronunciar su nombre.



Entonces sí hay efectos muy claros de la naturaleza sobre la salud...

Está claro que la naturaleza apela a algo muy profundo en nosotros. La biofilia, el amor a la naturaleza y a las cosas vivas, es una parte esencial de la condición humana. La hortofilia, el deseo de interactuar con la naturaleza, manejarla y atenderla, es algo también muy arraigado en nosotros. El papel que desempeña la naturaleza en la salud y la curación es todavía más vital en el caso de personas que trabajan largas jornadas en oficina sin ventanas, o para aquellos que viven en barrios sin acceso a espacios verdes, para los niños de las escuelas urbanas o para aquellos que residen en instituciones como puede ser una residencia de ancianos. Los efectos de la naturaleza sobre la salud no solo son espirituales y emocionales, sino también físicos y neurológicos. No me cabe duda de que reflejan profundos cambios en la fisiología del cerebro, y quizá Incluso en su estructura.



¿Ya había estado en México, cierto? Hace veinte años viajó a Oaxaca con los miembros de la American Fern Society (Sociedad Americana del helecho) para hacer una excursión botánica.

¡Sí! Fue una experiencia tan rica y llena de aventuras que escribí en mi diario casi sin parar durante el viaje de diez días.



¿Cómo fue que decidió hacer ese viaje?

Siempre me han interesado los aficionados y autodidactas, gente que encuentra la motivación en su propio interior, que no pertenece a ninguna institución y parece vivir en un mundo feliz. Los aficionados tienen pasión, amor por su tema y experiencia acumulada. Son amateurs, es decir, amantes en el mejor sentido de la palabra. Creo que ese ambiente grato, regido por cierto sentido de la aventura y el deseo de saber y no por el egocentrismo y la avidez de protagonismo y fama, todavía sobrevive aquí y allá, en ciertas sociedades de aficionados de historia natural, astronomía o arqueología. Ese ambiente fue lo primero que me atrajo de la American Fern Society y lo que me estimuló a acompañarles a Oaxaca con la finalidad de buscar helechos.


¿Y qué le pareció especialmente interesante? ¿Los helechos?

Los helechos me encantan por sus volutas, sus frondes circinados… Pero, sobre todo, me maravillan por su origen tan antiguo. Los helechos han sobrevivido, con escasos cambios, durante trescientos millones de años. Otras criaturas, como los dinosaurios, surgieron y se extinguieron, pero los helechos, de apariencia tan frágil y vulnerable, sobrevivieron a todas las vicisitudes, a todas las extinciones que conoció la Tierra. Los helechos y sus fósiles fueron los primeros en estimular mi gusto por el mundo prehistórico.



¿Qué podemos aprender de las plantas?

El apoyo mutuo. La mayor parte de las plantas del mundo están conectadas mediante una vasta red subterránea de hifas, en una asociación simbiótica muy antigua. Sin esta sutil red de filamentos, los árboles se vendrían abajo en tiempos difíciles. Es decir, las plantas no están tan solitarias como uno pudiera imaginar, sino que forman unas comunidades complejas, interactivas y que se apoyan mutuamente.



Cuando dejó la vida pública, parecía un poco molesto con lo que estaba sucediendo a su alrededor. Particularmente con el uso del tiempo y las constantes distracciones, que nos quitan atención y paciencia.

Es cierto. Pienso que nuestra sociedad está cada vez más anestesiada. No me acostumbro a ver a toda esa gente por la calle mirando sus cajitas iluminadas o sujetándolas delante de su cara, caminando despreocupadamente sin ningún contacto con su entorno.

Hace unos años me invitaron a participar en un debate titulado “Información y comunicación en el siglo XXI”. Uno de los participantes, pionero de Internet, manifestó orgullosamente que su pequeña hija se pasaba doce horas al día navegando por Internet y tenía acceso a una abundancia de información de la que nadie de la generación anterior podía disponer. Le pregunté si su hija había leído alguna novela de Jane Austen o alguna novela clásica, y el hombre me contestó: “No. No tiene tiempo para esas cosas”. Pregunté en voz alta si su hija poseería un sólido conocimiento de la naturaleza humana y sugería que por muy abundante y variada información que dispusiera, eso no tenía nada que ver con el conocimiento, y que su mente sería superficial y descentrada.


¿Y qué sucedió?

La mitad de la audiencia me vitoreó; la otra mitad me abucheó.



Ha manifestado también preocupación por el cambio climático y el desastre ecológico provocado por los seres humanos, las amenazas del consumismo y el mal uso de la tecnología.

Naturalmente. Estas amenazas me conciernen, aunque me preocupa más la pérdida paulatina, sutil y generalizada del sentido, del contacto humano, en nuestra sociedad y en nuestra cultura. Pero también tengo la esperanza de que entre todos y todas podamos sacar al mundo de sus crisis actuales y guiarlo hacia una época más feliz….


Sacks hizo una larga dubitativa y luego regresó con nosotros:


… tengo que creer en ello.


¿Cómo se siente en este momento?

No voy a fingir que no estoy asustado. Pero ahora que veo la muerte cara a cara, la vida todavía me acompaña y mi sentimiento predominante es el de gratitud. He amado y sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído y viajado, he pensado y escrito. He mantenido un diálogo con el mundo. Por encima de todo, he sido un ser sintiente, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, en sí mismo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.


Estamos muy agradecidos contigo por esta conversación, Oliver.

Yo también lo estoy con ustedes. Por cierto, ¡qué maravillosos helechos nos rodean!



La tarde había transcurrido con paradójica velocidad. En una sola conversación habíamos pasado del muy formal Dr. Sacks, a llamarlo Oliver (algo que en condiciones normales podría tomar años). Pero las lectoras y lectores de Sacks sabemos que esas condiciones normales son un mero formalismo y que es imposible diferenciar la huella neuronal de un recuerdo y la de un relato, por ejemplo.

Cayó un trueno y comenzó a llover. Pensamos que podía ser el ruido de la motocicleta que tanto le gustaba tripular a Sacks, pero no había huellas de ella ni de su cuerpo en el sillón que habíamos preparado para recibirlo. ¿Fue una alucinación? ¿Qué no lo es?




Para dar certeza de que Oliver Sacks vino, compartimos unas fotografías de los helechos que presenciaron la entrevista en nuestro jardín. Nos consta que sus palabras son reales. Quien quiera comprobarlo, le invitamos a (re)leer sus libros En movimiento, Gratitud, Todo en su sitio y Diario de Oaxaca.

Agradecemos a sus editores en castellano la posibilidad de compartir sus palabras.






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