• Juan Manuel Aurrecoechea

Preguntarse, asombrarse, y rebelarse. El legado de Rachel Carson

Juan Manuel Aurrecoechea

Para Oliver



Hace sesenta años, la bióloga estadounidense Rachel Carson era una de las contadas personas que pensaban que la actividad humana podía provocar una catastrófica crisis ambiental. En 1962 publicó La primavera silenciosa, el libro en que acuñó el término biocidio, y donde augura una primavera futura en la que dejarán de escucharse los trinos de las aves y el silencio se extenderá sobre la tierra.

La obra sostenía —en palabras de Livia Gershon— que “la tecnología respaldada por la industria se movía más rápidamente que la comprensión científica de sus efectos, con resultados potencialmente desastrosos”. Advertía, además, que muchos científicos —y sobre todo las industrias que se beneficiaban de sus descubrimientos—, favorecían una ceguera deliberada sobre las consecuencias de sus prácticas, de manera que promovían, no el conocimiento, sino la ignorancia.

Uso de plaguicidas tóxicos en los campos agrícolas.

La primavera silenciosa es un sólido estudio sobre los efectos de los insecticidas sintéticos como el DDT, entonces ampliamente promovidos por la llamada Revolución verde, que, prometiendo acabar con el hambre, infestaba de tóxicos los campos agrícolas, los bosques, los lagos, los ríos y los mares. Carson afirmaba que los plaguicidas sintéticos envenenaban todo: “a los peces en remotos lagos de montaña, a las lombrices que excavan los suelos, a los huevos de los pájaros, a la leche materna y probablemente a los tejidos de los niños por nacer.” Su rigor científico y su prosa impecable conquistaron al gran público desencadenando la alarma sobre los peligros de la llamada “guerra contra los insectos”. Como escribe la prologuista de la primera edición en español, de 2012, María Ángeles Martín, la obra dio un giro crucial al debate sobre las relaciones entre humanidad, tecnología y naturaleza; debate en el que seguimos enfrascados, y del que depende el futuro de la vida en la tierra, por lo menos tal como la conocemos.


Dos años después de la publicación de La primavera silenciosa un cáncer de mama acabaría con la vida de Rachel. La muerte temprana le impidió saber que su libro inspiraría el desarrollo del movimiento ecologista, y que su trabajo sería decisivo para la creación de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos en 1970, para la celebración de la Primera Conferencia Mundial sobre el Medio Ambiente, celebrada en Estocolmo en 1972, así como para la prohibición limitada del DDT en ese mismo año. Cincuenta años después de la primera edición de La primavera silenciosa, el profesor Jeshu J. Gutiérrez de la Universidad de Puebla lo recomendaba como “uno de esos libros que hacen historia alterando la dirección del pensamiento”, aunque admitía que su lectura daba miedo.


La "gran mancha de basura del Pacífico" se compone de 80,000 toneladas métricas de basura que flotan en 1,6 millones de kilómetros cuadrados de mar.

Rachel Carson pasaría los dos años últimos de su vida, no solo en su personal y dolorosa lucha contra el cáncer, sino sufriendo el acoso de buena parte del mundo científico, de poderosos políticos y de cierta prensa patrocinada por la industria agroquímica, encabezada por empresas como DuPont y Velsicol, que orquestaron una intensa campaña en contra de la bióloga. Fue acusada lo mismo de ser “una histérica exagerada” que una bruja enemiga del progreso. El doctor Robert Metcalf, entonces vicerrector de la Universidad de California, declaró a la influyente revista Time que La primavera silenciosa promovía el retroceso de la humanidad a la “edad oscura donde reinaba la brujería”. Más radical fue el famoso bioquímico Robert White-Stevens, al afirmar que “si el hombre sigue las enseñanzas de la señora Carson volveremos a la era de las cavernas, y los insectos, las enfermedades y los gusanos gobernarán la tierra”. Erza Taft Benson, Secretario de Agricultura del gobierno de Eisenhower, apeló a la misoginia: “como no se ha casado, a pesar de ser físicamente atractiva, probablemente es comunista”. El funcionario corroboraría su estupidez en una carta al New Yorker, en la que escribió: “podemos vivir sin pájaros ni animales, pero no podemos vivir sin negocios”. Todavía en 2005, el periódico conservador Human Events —lectura favorita de políticos de derecha como Roland Regan— dio una mención honorífica a La Primavera silenciosa como uno de los libros más dañinos en una lista encabezada por El manifiesto comunista de Marx y Engels. En el lado opuesto del espectro, Linda Lear, biógrafa de Rachel Carson, ubica la obra entre los libros que cambian el curso de la historia, al lado de El Capital, de Marx, El origen de las especies, de Darwin, y La riqueza de las naciones, de Adam Smith.


Rachel Carson pasaría los dos años últimos de su vida, no solo en su personal y dolorosa lucha contra el cáncer, sino sufriendo el acoso de buena parte del mundo científico, de poderosos políticos y de cierta prensa patrocinada por la industria agroquímica.


Rachel aprendió a apreciar el entorno natural durante su primera infancia, recorriendo las orillas del río Allegheny que circundaba la granja donde nació en Springfield, Pensilvania. Hermann Melville, Joseph Conrad y Robert Louis Stevenson despertaron en aquella niña rural la vocación por las letras y la devoción por la vida marina. Al mar dedicó tres libros (Bajo el viento oceánico, El mar que nos rodea y Los límites del mar). A los once años publicó su primer relato en la St. Nicholas Magazine. Y a no ser porque las necesidades económicas la orillaron a la biología —disciplina aparentemente más productiva que las letras—, probablemente hubiera continuado los estudios de literatura inglesa con los que inició su carrera universitaria. La gran depresión de 1929 provocó que el padre de Rachel perdiera su empleo como vendedor de seguros, de manera que su hija, obligada por el apremio, ingresó como empleada en el US Fish and Widllife Service, FWS (Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los Estados Unidos).


Como la vida de prácticamente todas las mujeres, la de Rachel Carson estuvo marcada por las labores de cuidado. Aunque no se casó ni tuvo hijos, a la muerte de su padre, en 1935, se hizo cargo de la manutención y el cuidado de su madre; al fallecimiento de su hermana mayor, en 1937, tomó bajo su protección a dos sobrinas, y todavía, a la muerte de una éstas, en 1952, adoptaría a su sobrino-nieto Roger de cinco años. Cargas que impidieron a Rachel completar sus estudios de doctorado.


Rachel sufrió discriminación por razones de género. En 1949, pese a sus calificaciones como bióloga marina y funcionaria de la FWS, por ser mujer se rechazó su solicitud para embarcarse en el buque de investigación Albatross III. Gracias a su insistencia consiguió a cambio el permiso para un viaje de diez días por las costas de Maine en otro buque de la FWS. La experiencia le sirvió para redactar El mar que nos rodea, libro que se mantendría durante 86 semanas en la lista de best sellers del New York Times —39 de ellas en el primer lugar—, y recibiría el National Book Award en 1952. El libro, más que la descripción de aquella travesía es una documentada y apasionante historia de la “cuna oceánica de la humanidad”, la afortunada mezcla de un libro divulgación científica con un canto a la mar.


El éxito de El mar que nos rodea sirvió a Carson para dejar la FWS y mudarse a Silver Spring, Maryland, donde se ocuparía del cuidado de su anciana madre, la crianza y educación de Roger, la escritura y sus investigaciones sobre la vida marítima y silvestre. En aquella época de su vida se agudizó su preocupación por un fenómeno que venía observando de tiempo atrás: algo estaba provocando que se avistaran cada vez menos aves en la primavera.

Medusa roja bajo el agua.

Rachel escribía con cuidado, rigor y paciencia —sólo publicó cuatro libros en su vida—, así que probablemente la redacción de La primavera silenciosa le hubiera tomado más tiempo del que le dedicó, pero el descubrimiento del cáncer de mama en 1960, a la edad de 52 años, le hizo meter el acelerador. Como ella misma afirmó se sentía incapaz de volver a escuchar con alegría el canto de un tordo sin antes advertir al público lo que estaba provocando el uso indiscriminado de los insecticidas sintéticos.


Tras la publicación de La primavera silenciosa y apurada por su enfermedad, Rachel Carson emprendió la redacción de un libro que no terminaría. Pensaba titularlo El sentido del asombro y pese a su carácter inconcluso fue publicado en 1965. El libro póstumo de Carson, como escribe Ángeles Martín, es “su obra más trascendente y desconocida”, y el principal legado de la pionera del ambientalismo fue enseñarnos que no hay mejor manera de preservar a la naturaleza que experimentarla. La palabra wonder del título original (The Sense of Wonder) significa lo mismo preguntarse, asombrarse, admirarse y maravillarse. Alude al deseo de saber, a ese saber que nace del sentir.

En su obra inconclusa, Rachel Carson narra sus experiencias paseando por los bosques y las costas de Maine con su pequeño sobrino Roger. Describe lo que aprenden juntos una adulta y un niño entre los veinte meses y los cinco años, y postula los principios de lo que podríamos llamar una teoría feminista del conocimiento, lo que los tzotziles de Chiapas denominan senti-pensar. Escrito por una moribunda, El sentido del asombro es una hermosa declaración de amor a la infancia, a la naturaleza y a la vida. Así comienza:

Una tormentosa noche de otoño cuando mi sobrino Roger tenía unos veinte meses le envolví en una manta y lo llevé a la playa en la oscuridad lluviosa. Allí fuera, justo a la orilla de lo que no podíamos ver, donde enormes olas tronaban, tenuemente percibimos vagas formas blancas que resonaban y nos arrojaban puñados de espuma. Reímos juntos de pura alegría. Él, un bebé conociendo por primera vez el salvaje tumulto del océano. Yo, a la mitad de la vida, con la sal del amor por el mar en mí. Pero creo que ambos sentimos la misma respuesta, el mismo escalofrío en la espina dorsal ante la inmensidad, el bramar del océano y la noche indómita que nos rodeaba. Fue bueno ver su infantil aceptación de la naturaleza, sin tener miedo ni de la canción del viento ni de la oscuridad ni de las olas rugientes, entrando de lleno con su entusiasmo de bebé en la búsqueda de un “fantasma”.

“Pasarlo bien juntos, más que de instruirle”, era de lo que se trataba en los paseos de Rachel y Roger. En esas excursiones, el sobrino le enseñó a su tía abuela que los niños tienen un sentido natural por el asombro, que todo lo quieren saber y que todo lo preguntan, que los maravilla lo mismo la enormidad de los cielos estrellados que las minúsculas formas de los líquenes. De manera que la verdadera educación consiste en cultivar ese sentido del asombro. “El mundo de los niños es fresco, nuevo y precioso, lleno de asombro y emoción”, escribió Rachel.


Identificar cantos de insectos en los bosques nocturnos era una de las actividades que Roger y Rachel más disfrutaban. Nunca pudieron identificar qué insecto era el que emitía un sonido al que Rachel describe como el “cascabel de una hada”. En El sentido del asombro afirma no estar segura de querer identificarla. Quizá, se pregunta, “debería permanecer invisible, como ha sucedido todas las noches que la he buscado”.

Los jacánidos son una familia de aves caradriformes, conocidas como jacanas..

La mujer que escribía apurada por la muerte, en una de las últimas páginas que alcanzó a elaborar citó las palabras del oceanógrafo Otto Peterson, quien a los noventa y tres años de edad afirmó: “lo que me sostendrá en mis últimos momentos es una infinita curiosidad por lo que sigue”.


En La primavera silenciosa, Rachel planteó la encrucijada en que se encontraba la humanidad en los albores de los años sesenta del siglo pasado:

Estamos en ese punto en que el camino se divide en dos. El camino que llevamos largo tiempo recorriendo es más fácil, es una suave autopista, vamos a gran velocidad, pero al final está el abismo. El otro, el que menos se utiliza, nos ofrece la última oportunidad… la única oportunidad.

Poco más de sesenta años después, seguimos en lo mismo… ¿por cuánto tiempo más podremos seguir aproximándonos al abismo sin caer en él? Las respuesta no es sencilla. Aunque parezca increíble aún hay quienes piensan que “podemos vivir sin pájaros ni animales, pero no podemos vivir sin negocios”. Incluso hoy, enmedio de la Pandemia.


Juan Manuel Aurrecoechea es historiador y estudioso de la imagen, la caricatura, la historieta, la fotografía y el cine. Fue becario de la fundación Guggenheim en 2009. Coautor, con Armando Bartra, de "Puros Cuentos, la historia de la historieta en México" y autor de "El episodio perdido: historia del cine mexicano de animación" e "Imperio, revolución y caricaturas: el México bárbaro de John T. McCutcheon". Ha sido curador de las exposiciones “Puros Cuentos” (Museo Nacional de Culturas Populares, 1986), “La Revolución Mexicana en el espejo de la caricatura estadounidense” (Museo de Arte Carrillo Gil, 2010, Museo Clavijero (2011), Museo Nacional de la Revolución Mexicana (2015), Instituto de las Artes Gráficas de Oaxaca, IAGO (2017) y “Ciudanía, democracia y propaganda electoral”, Museo del Objeto del Objeto (2018). Actualmente dirige la catalogación de la colección de historieta mexicana de la Hemeroteca Nacional y es coordinador de la página web www.iib.unam.mx



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