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Poéticas y políticas del collage: Szymborska y Müller

El collage es el jardín de lo anómalo. Nació justo hace cien años, al inicio de un siglo del que se creyó que consolidaría tantas rupturas. Pintores como Picasso, Braque o Juan Gris fueron los pioneros de la fragmentación, que pronto fue adoptada por los dadaístas y por la magistral Hanna Höch. Entre los constructivistas rusos —que daban un corte de mangas a la historia y se plegaban obsesivamente al futuro—, Ródchenko lo utilizó espléndidamente, mientras junto a Stepánova se manifestaba en firme desacato de la propia Historia del Arte. Pues bien, hoy en día el cultivo del collage no ha perdido vigencia y rebeldía.

En consonancia con lo diverso de esta técnica, en esta entrada pasearemos por la obra de dos escritoras practicantes de este arte de lo insólito: la poeta Wisława Szymborska (1923-2012) y la narradora Herta Müller (1953). Polaca una, germano-rumana la otra, ambas veteranas collageras cuando recibieron su premio Nobel de Literatura: Szymborska en 1998 y Müller en 2003.

Las traducciones a idioma español de la obra de Szymborska conforman una veintena de libros, y la de Müller, casi una decena, incluyendo dos ediciones de sus poemarios-collages. Las creaciones en collage de ambas han salido a la vista del gran público en exposiciones al interior y exterior de sus respectivos países.


El collage es re|creación


Las autoras vivieron partes decisivas de su vida bajo el régimen comunista: Szymborska desde el inicio del dominio soviético al final de la Segunda Guerra Mundial en Polonia, hasta su caída en 1989; y Müller, desde su nacimiento en un pueblito cercano a Timișoara, en la Rumania comunista, hasta su huida a la Alemania occidental en 1987.

Ambas escritoras comenzaron a componer collages como un recurso postal para comunicarse con sus amigos. Sorteando las restricciones materiales, humanas, sociales y psicológicas propias de regímenes totalitarios, con el tiempo terminaron bordeando el desacato: si el Estado volvía gris o sospechosa la realidad, el collage se convertía en un territorio de resistencia, de feliz audacia. Como todo arte, el collage crea cosas que antes no existían.


WS: medio siglo de una práctica ilustrada


Szymborska contó a Anna Bikont y Joana Szczęna que comenzó a realizar collages-postales durante una época en la que las personas dejaron de enviarse cartas, al saberse espiadas, pues habían comenzado a recibir correspondencia en sobres con la parte del cierre del pegamento sospechosamente húmeda.

La poeta conseguía cartulinas que luego recortaba en tamaño postal y se afanaba buscando pegamento en barra, que era de mejor calidad para sus collages, aunque muy difícil de conseguir durante el comunismo polaco. Conocida por ser apasionada del cachivache y del intercambio postal, en su propia vida coleccionaba objetos que bien podrían haber confeccionado en su vivienda escenarios-collages.

Aparentemente sencillos, sus collages son jocosas composiciones en las que late su mirada sociológica y su onírica fotogenia, sitio habitable donde desfilan seres pensativos: gatos, chimpancés, caballeros y damas de otros siglos, incluidas las meninas.

Los mensajes debían ser breves y, sobre todo, no evocar disidencias para esquivar a la censura: El almuerzo ha sido un éxito, No me llames si no tienes 18 años, Señorita de costumbres relajadas o La Nochevieja sin exageración, son algunos títulos de collages que se reproducen en el libro de Bikont y Szczęna. Un humor sin concesiones.

Szymborska, una de las poetas contemporáneas más queridas, envió durante medio siglo postales a sus muchos amigos durante las fiestas decembrinas, que solo dejaron de recibirlas dos meses antes de su muerte en febrero de 2012.



HM: el verso en cortes en palabras


Müller empezó a recortar revistas, periódicos y folletos durante sus viajes en tren porque quería enviarles cartas y mensajes a sus amigos, pero solo encontraba a la venta postales que consideraba muy anodinas. Hace unos años, en su primera visita a España para un festival de poesía, Müller contó que habría querido ser modista o peluquera.

La mayoría de sus collages inquietan, acaso intrigan de forma impasible, quizá como las señales que dejaba el Servicio Secreto, según cuenta Müller en La piel del zorro, cuando los agentes mutilaban poco a poco una alfombra de zorro para advertirle que habían visitado clandestinamente el departamento de la protagonista. En esa novela autorreferencial, los microcortes sobre la piel animal que hace de alfombra, siembran heridas interiormente.

Y es que en los poemas-collages de Müller, las palabras recortadas a manera de nota de advertencia, o de secuestro, fisuran la cotidianidad. Por eso hay una especie de inseguridad regocijada en lo irregular de sus recortes, pero también en la precisión|decisión de la ruptura.

En algunas entrevistas, Müller cuenta que desde hace cuarenta años recolecta palabras que guarda en muchísimas gavetas (o cajones) para poder construir poemas-collage irónicos, oscuros y bellos, como los que aparecen en El guarda saca un peine. En el moño mora una señora, publicado por ediciones Linteo:


En cada

palabra

viaja algo

sobre lo que

la profundidad

se aterra


Si hay

verdaderamente

un lugar

entonces

roza

el anhelo


Eran la cuatro

de la tarde

y yo

tenía cinco años

Ya de niña

tenía unos

treinta y poco


el cuarto niño era enfermizo

y vivía en la cercanía de los fantasmas

hasta la muerte de los otros tres

raramente se le besó

podía reír con lo contrario en la mirada

le dieron una bicicleta

y jugó con ella

al autobús


Llevaba

el sombrero a medias

sobre el pensamiento

un par de zapatos de caballeros torcidos

como alas

para la lluvia tenía una

mano libre


Quien haya leído sus novelas y ensayos reconocerá su filo inoxidable entre los bordes recortados de todas esas palabras pasadas por sus manos.





Dos fieles infieles


El collage trabaja con lógicas precarias, fragmentos, discontinuidad, mezcla de perspectivas, con retazos. Es una sintaxis reconstruida, que puede o no utilizar palabras, y tiene más de construcción o de composición, pero su espontánea contundencia da al traste con los discursos: si nos han machacado con las bondades de la simetría, el collage reivindica la asimetría y celebra su belleza.

Según la exigencia de la especialización productiva, ambas escritoras podrían ser un par de "infieles", porque no abandonaron sus diversos amores. En espacios políticos cerrados, que marginan y sospechan, quizá convenga, a la manera de Szymborska y Müller, practicar la búsqueda de lo anómalo, lo sorprendente y lo improductivo, con la radical idea de que las palabras (e imágenes) son de otros.


 

A manera de corolario compartimos una definición de collage tomada de los Recuerdos de mi inexistencia, de Rebecca Solnit:


Los collages crean algo nuevo sin ocultar los restos de lo antiguo, crean una nueva unidad a partir de pedazos sin hacer desaparecer el carácter fragmentario, surgen de una idea de creación que no consiste en crear algo de la nada, como Dios el primer día o los pintores y novelistas, sino en crear algo a partir de un mundo rebosante de imágenes, ideas, restos y ruinas, objetos, fragmentos y retazos.
	El collage es un arte fronterizo, el arte de lo que ocurre cuando dos cosas se enfrentan o se vuelcan la una en la otra, de las conversaciones que surgen de la conjunción de lo distinto y de cómo las diferencias pueden fomentar una nueva unidad. Para esos artistas era además un arte pobre, un arte de materiales arrebatados de las casas victorianas que iban a derribarse en el barrio negro de la zona, de desechos obtenidos en tiendas de artículos de segunda mano, de recortes de revistas. Conner hizo incluso sus primeras películas con metraje encontrado porque no podía permitirse una cámara, y más tarde se adaptó a esta práctica recontextualizándola como el género que había elegido, o bien mezcló metrajes encontrados y nuevos para crear películas []

 

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