• Juan Manuel Aurrecoechea

La invención de la novela gráfica


En estos días en los que la guerra y su estela de división y odio asolan el mundo, vale la pena recordar a quienes en medio del caos han buscado caminos para la belleza y la creación de nuevos horizontes. Tal es el caso del artista belga Frans Masereel, pacifista y pionero del arte gráfico quien supo sublimar el horror y la muerte y nos dejó un legado que resuena con potencia en la actualidad.



Para Víctor del Real


“Me gustaba como era yo antes de la guerra”, escribió el grabador belga Frans Masereel al término de la Primera Guerra Mundial. Esa guerra que estalló cuando Frans cumplió 25 años. Esa guerra que lo cambió todo. Ese baño de sangre en el que Frans decidió no participar convencido por sus lecturas juveniles de Carlos Marx y Piotr Kropotkin recomendadas por un padrastro socialista (su padre biológico murió cuando él tenía cinco años). Esa conflagración le hizo repudiar todo nacionalismo belicista, adherirse al pacifismo y refugiarse en Ginebra, Suiza, en 1916, donde compartió vecindario con Vladimir Lenin y trabó amistad con pacifistas como Stefan Zweig, Henry Barbusse, Romain Rolland y el anarquista Claude Le Maguet, con el que editó la revista Les Tablettes.

En los años de la guerra, Masereel se autoimpuso la obligación de realizar un dibujo diario y en ese período realizó febrilmente miles de grabados poblados de cadáveres enredados en alambradas, quemados por lanzallamas, desgarrados por bayonetas, desmembrados por las bombas, acribillados por las balas, envenados por gases, tendidos en el fango de las trincheras… Veinticinco de esos dibujos fueron recopilados en 1941 en su libro Danza Macabra, una obra en sintonía con Los desastres de la guerra, del español Francisco de Goya.


Abrumado por esas imágenes, en 1918 volvió hacia sí y dibujó una especie de autobiografía (“que romanticé un poco”) compuesta por 167 xilografías sin ningún solo texto. Bautizó su obra como una “novela sin palabras”, fundando así un nuevo género que con los años se denominaría “novela gráfica”. Así lo reconocerán grandes cultivadores del género, como Art Spiegelman, el autor de Maus, y Will Eisner, el creador de The Spirit, Contrato con dios, Historias de Nueva York o El edificio.

Mi libro de horas, como se llama la obra de Frans Masereel, es una creación revolucionaria: responde a un nuevo credo artístico, a una revuelta que cuestiona las costumbres decimonónicas, aristocráticas o burguesas de las artes plásticas y su mercado. “Vender un lienzo puede ser genial —diría Masereel— pero desaparece en las paredes de la casa del comprador, y eso es el final. Es mejor un libro de grabados en madera que puede alcanzar al gran público.”

En un momento histórico en el que el grabado vive un auténtico renacimiento, vinculado a los sistemas de impresión de las primeras décadas del Siglo XX y a corrientes artísticas de vanguardia como el expresionismo, Masereel aporta desarrollo narrativo, un libro sin texto que, al prescindir del alfabeto, convoca a los y las analfabetas. Arte proletario para proletarios y proletarias.

En el entusiasta prólogo que dedicó a Mi libro de horas, Thomas Mann, sin saber bien cómo definirlo, lo califica como una “novela en imágenes… una película”. “Para comprenderla —afirmaba— ni siquiera es necesario saber leer ni escribir”. Pero a diferencia del cine, en la obra de Masereel el ritmo de “lectura” lo deciden los o las lectoras y no la película, de manera que pueden detenerse a explorar cada una de las imágenes el tiempo que quieran o pasar las 167 a toda prisa. Mann afirmaría que cada viñeta de Masereel es: “tan extrañamente convincente, tan profundamente sentida, tan rica en ideas que uno no se cansa de contemplarla.” Por su parte, el poeta Reiner Maria Rilke diría: “que feliz me hizo esta lujosa colección de imágenes, su inagotable fertilidad…”


Una obra tan hondamente vanguardista como Mi libro de horas, abreva, sin embargo, de tradiciones que se remontan al medioevo: su título alude expresamente a los libros de horas, como se denominaba a los almanaques de oraciones ricamente ilustrados para las diferentes temporadas y momentos del día, y entronca con la tradición de la Biblia Pauperum del Siglo XIII (o de los pobres), en la que las imágenes eran las auténticas protagonistas del mensaje. Y entronca también con los trabajos del pintor flamenco del Siglo XVI Brueghel el Viejo, cuyos cuadros de la vida campesina son descripciones sistemáticas, minuciosas y enciclopédicas del trascurrir de los acontecimientos cotidianos. Brueghel no pintó para la nobleza ni decoró palacios o iglesias, entró en el mundo de la pintura “por la puerta de servicio”, como afirma Fried Laender. Sus contemporáneos lo llamaban “el campesino” o “el último de los primitivos”. Y si no fue el primer pintor de costumbres campesinas si fue el primero en huir de las idealizaciones o de las caricaturas moralizantes. Aldous Huxley lo describe como el primer etnógrafo visual: “pintó el mundo campesino sin complacencias ni idilios, donde la superstición, el miedo y la deformación física están a la orden del día”, pero donde se bebe, se alborota y la vida anda a rienda suelta.

Frans Masereel grabó el caos urbano e industrial de la ciudad del Siglo XX en sus "novelas sin palabras”, con una perspectiva, una óptica y un punto de vista parecido al que Bruehgel había practicado para describir el paisaje aldeano del Siglo XVI. Masereel nunca ocultó ni la influencia ni su admiración por el maestro flamenco, e incluso le dedicó una carpeta de dibujos, en la que lo representó recorriendo aldeas y recreando lienzos como El invierno o La matanza de los inocentes.

Tras la publicación de Mi libro de horas, Masereel realizó su obra maestra: La ciudad, una secuencia gráfico-narrativa de cien grabados, en la que los personajes son tanto las multitudes, como los solitarios y solitarias que aparecen en las orillas de los dibujos con una potencia tal que nos obligan a estudiarlos detenidamente. Y, como en las novelas modernas, el personaje es también la ciudad misma, su vértigo multitudinario, sus edificios amontonándose unos sobre otros, sus humeantes chimeneas, sus trenes que compiten por el espacio con automóviles y peatones, sus luces artificiales, su velocidad, su frenesí y su ruido… Oficinistas, empleadas, policías, obreros, ebrios, prostitutas, demagogos, miserables, suicidas, abusadores sexuales, románticos enamorados, poetas, curas y ricachones se disputan calles donde los abrigos de pieles y las joyas comparten banqueta con los andrajos de los desposeídos. Una urbe en la que las pinturas de una exposición artística terminan por emparentarse con las mercancías que ofrecen los escaparates comerciales. En la ciudad de Masereel todos los personajes son secundarios y paradójicamente todos son esenciales. La urbe es un espectáculo de múltiples pistas que se enciman, abisman y aglomeran, una fábrica inmensa que, así como no cesa de producir consumidores y productores, tampoco deja de desecharlos; una máquina, una cadena de montaje que aplasta a sus habitantes, ya sea con macanas policiacas o con promesas incumplibles. “Si todo pereciera, todos los libros, monumentos, fotografías e informes —afirmó su amigo Stefan Zweig— y si solo se conservaran las xilografías que creó en diez años, se podría reconstruir todo nuestro mundo actual a partir de ellos.”

Y en este momento del texto es preciso introducir la palabra “historieta”, porque Masereel no solo fue un pionero sino un verdadero profesional de la “novela gráfica” —esa deriva prestigiosa del humilde y popular vocablo “historieta”— con una amplia obra, en la que se cuentan, entre otros Mi libro de horas (1919), La idea (1919), El Sol (1919), Recuerdos de mi país (1921), La ciudad (1925) Historia sin palabras (1927) y Paisajes y Estados de animo (1929).


Mientras Adolfo Hitler lo calificó como artista degenerado y prohibió su obra en la Alemania nazi, era elogiado por los mencionados Thomas Mann, Reiner Maria Rilke y Stefan Zweig, y también por Romain Rolland, Hermann Hesse y Max Brod, que le dedicaron sendos textos.

Masereel publicó innumerables grabados en diferentes revistas y diarios a lo largo de su vida e ilustró libros de Romain Rolland, Victor Hugo, Emil Zola, Henri Barbusse, Maurice Maeterlinck y Oscar Wilde, entre otros. En el catálogo de una de las numerosas exposiciones que se dedicaron a su obra, montada en Moscú en 1930, Anatole Lunatcharski, define al autor de La ciudad como “maestro del arte proletario del futuro”. Y entre esas exposiciones tuvo alguna en la Ciudad de México, organizada en 1941 por el Instituto Nacional de Bellas Artes, como consignó Paul Westheim en el número de abril de 1957 de la Revista de la Universidad, donde el crítico vincula la obra del belga con las tradiciones de las artes gráficas nacionales, el Taller de Gráfica Popular y los trabajos de José Guadalupe Posada y Leopoldo Méndez.

Masereel también cultivó el muralismo. Su mural Un funeral para la guerra, hizo vecindad con el Guernica de Pablo Picasso en la Exposición Universal de Paris celebrada en 1937. El artista militante nunca dejaría de condenar la guerra y luchar por el socialismo libertario. Finalmente, en 1972, a los ochenta y dos años, el creador de la novela gráfica moriría en Avignon, Francia, donde estableció residencia al final de la Segunda Guerra Mundial.


 

Juan Manuel Aurrecoechea es historiador y estudioso de la imagen. Fue becario de la fundación Guggenheim en 2009. Coautor, con Armando Bartra, de Puros Cuentos, la historia de la historieta en México y autor de El episodio perdido: historia del cine mexicano de animación e Imperio, revolución y caricaturas: el México bárbaro de John T. McCutcheon. Ha sido curador de las exposiciones “Puros Cuentos” (Museo Nacional de Culturas Populares, 1986), “La Revolución Mexicana en el espejo de la caricatura estadounidense” (Museo de Arte Carrillo Gil, 2010, Museo Clavijero (2011), Museo Nacional de la Revolución Mexicana (2015), Instituto de las Artes Gráficas de Oaxaca, IAGO (2017) y “Ciudanía, democracia y propaganda electoral”, Museo del Objeto del Objeto (2018). Actualmente dirige la catalogación de la colección de historieta mexicana de la Hemeroteca Nacional y es coordinador de la página web www.pepines.unam.mx



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