• José Manuel Velasco

Leer sin detenerse


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Mi abuela contaba la historia del loco Zubieta, un hombre que se paseaba por las calles del centro histórico con las narices metidas en los libros. Según mi abuela, aquel personaje nunca dejaba de leer. Iba de aquí para allá sin distraerse ni perder el hilo de las historias en donde vivía enfrascado. Era un auténtico bibliómano, un lector empedernido y, evidentemente, un excéntrico.

Para no perder rumbo ni ser atropellado, el loco Zubieta tenía un método simple y eficaz: con la mano izquierda sostenía el libro y con la derecha peinaba los muros de los edificios, de tal modo que doblaba al llegar a las esquinas o hacía una pausa para cruzar la calle y, probablemente, también para brincar al párrafo siguiente.

Lo atropellaron en la calle de Xicoténcatl en 1934 y, curiosamente, ese día no llevaba ningún libro en la mano. Durante años, la ficción lo mantuvo a salvo en sus lecturas cinéticas; al menos el tiempo suficiente para que su historia se convirtiera en leyenda. Se decían muchas cosas sobre Zubieta: que había sido secretario particular del general Obregón, que era hijo bastardo del embajador español, que era amigo cercano del poeta Salvador Novo o que era un fugado ilustre del manicomio de La Castañeda.

Zubieta fue personaje de fabulaciones ajenas y se consagró en los anecdotarios familiares como arquetipo del lector compulsivo. Mi abuela, fiel a la tradición quijotesca, sostenía que leer en exceso conducía a la locura. Como remedio sugería alternar cualquier esfuerzo intelectual con la caminata: equilibrar las letras y el cuerpo. Pero el caso del loco Zubieta desafiaba su lógica: al fundir la lectura y el movimiento, aquel hombre se había ganado el respeto de mi abuela y tal vez por eso hablaba de él con una especie de veneración compasiva.

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Más tarde escuché otros relatos de voracidad lectora: en la facultad de letras circulaba el rumor de un estudiante que leía un promedio de cinco novelas por semana; conocí a un velador que se jactaba de haber leído todos los periódicos que guardaba apilados en su cuartito; otra ocasión, le oí decir a un médico que él era capaz de leer de corrido durante seis horas.

Invariablemente estas hazañas lectoras me parecen más próximas a la imbecilidad que a al genio: si la lectura se convierte en un tópico de los récords Guinness es síntoma de que algo no va bien. Me resultan más curiosos —por extravagantes— ciertos casos de lectura extrema que he encontrado en Internet.

Como el video del norteamericano que fue grabado mientras conducía leyendo (una novela, aparentemente) a ciento veinte kilómetros por hora; los escaladores de roca que encuentran un ratito para leer sentados al filo de un acantilado; o quienes aprovechan sus rutinas de spinning para leer papers académicos.

Igualmente inverosímiles me parecen quienes intentan leer a Thomas Hardy en metro Pantitlán y los que llevan sus volúmenes de Tolstói a sus vacaciones en Puerto Vallarta. Imagino que ciertos libros se leen mejor en ambientes o espacios determinados; creo que sería difícil —por ejemplo— leer a Herodoto en un Starbucks; o a D.H. Lawrence en un trayecto de autobús a través de las serpenteantes carreteras de la Sierra Gorda. Pero el hambre de lectura es pertinaz y suele imponerse a los obstáculos: hay lectores bajo cero, lectores submarinos y subterráneos, lectores aéreos y espaciales, lectores ciegos, hipertensos y monotemáticos.

De nada sirve una taxonomía: cada lector, a su manera, tiene sus peculiaridades, sus filias y sus fobias. Un estilo propio. Si recuerdo al loco Zubieta es porque su imagen cifra radicalmente este misterio. Es evidente que cada uno lee a su modo, a sus tiempos y en sus espacios predilectos; lo que no es tan obvio es cómo echa raíces nuestra manía, cómo crece el deseo y la pasión por algunas lecturas; cómo germina la amistad y el desprecio por determinados autores; y cómo, poco a poco, lectura y locura se confunden.

Lo dicen mejor los versos de Gonzalo Rojas:


Escrito con L


Mucha lectura envejece la imaginación

del ojo, suelta todas las abejas pero mata el zumbido

de lo invisible, corre, crece

tentacular, se arrastra, sube al vacío

del vacío, en nombre

del conocimiento, pulpo

de tinta, paraliza la figura del sol

que hay en nosotros, nos

viciosamente mancha.


Mucha lectura entristece, mucha envilece

apestamos

a viejos, los griegos

eran los jóvenes, somos nosotros los turbios

como si los papiros dijeran algo distinto al ángel del aire:

somos nosotros los soberbios, ellos eran inocentes,

nosotros los del mosquerío, ellos eran los sabios.


Mucha lectura envejece la imaginación

del ojo, suelta todas las abejas pero mata el zumbido

de lo invisible, acaba

no tanto con la L de la famosa lucidez

sino con esa otra L

de la libertad,

de la locura

que ilumina lo hondo

de lo lúgubre,

lambda,

loca,

luciérnaga

antes del fósforo, mucho antes

del latido

del Logos.


Crazy readers, Wang Qingsong

José Manuel Velasco es bibliotecario y gestor cultural. Editó la antología Viajes al país del silencio, editada por Gris Tormenta y ha colaborado en medios como Nexos, Tierra Adentro y la Ciudad de Frente.


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