• Elena Poniatowska

Escuchar para (sobre)vivir y dar vida


Jardín Lac es un laboratorio para construir con otros un espacio para todos. Diez conceptos nos orientan. Uno de ellos es el de la escucha. Queremos conjugar esos conceptos, que no permanezcan estáticos, pétreos, y hoy invitamos a Elena Poniatowska.




“Children should be seen and not heard” solía decir mi abuela en la mesa en la casa de la Rue Berton (hoy Embajada de Turquía en París) y yo le obedecí al pie de la letra porque en vez de hablar empecé a retener todo lo que sucedía sin levantar la voz. Además de tímida, Mamá era distraída. “¿Qué dijiste?” y mi hermana y yo teníamos que repetir nuestra petición. Desde niña, mi hermana habló mucho, gritó mucho, discutió mucho, protestó mucho, mientras yo descubría cómo hablar a solas conmigo misma. En la noche, la cabeza sobre la almohada, hacía preguntas a una pequeña rendija de luz bajo la puerta y buscaba respuestas hasta que me ganaba el sueño. Pregunté toda la vida y sigo preguntando. A todos entrevisté, para saber, para aprender, para concordar, para disentir.


Escuchar, por lo tanto, ha sido mi vida, mi oficio. Oigo. Si perdiera el oído perdería la vista también porque dibujo y pinto lo que oigo. Le doy vuelta a las imágenes, en cada una hay un amigo, una amiga, la mirada de un perro aún más entregada que la de cualquier amante.


Ahora – a los ochenta y nueve años - ya no oigo y pido que repitan indicaciones, razones de ser, rezos, declaraciones. Siempre he buscado la respuesta. La he encontrado en algunos ojos, pero insisto en escucharla de nuevo. También ahora, me entrevistan y procuro dar una respuesta a cambio de todas las que me regalaron de muy buen modo, durante más de setenta años, con paciencia psíquica y hasta física. ¡Cuánto aguante el de mis encuestados! Alguna vez, Carito Amor de Fournier, muy querida, se impacientó: “Eso puedes respondértelo sola. Hay tantos tontos en el mundo ¿por qué te empeñas en aumentar su número?”.


Tenía razón.





Al final de su vida, Mamá perdió el oído. Compramos un aparato. “Oigo otras voces, sonidos ajenos que me aturden”. Tuve ganas de responderle. “Mamá, la culpa es mía porque he metido demasiadas voces en nuestras vidas”. Mamá olvidaba sus audífonos en el lavabo, en su mesa de noche y en la del comedor, y repetía: “No te oí. ¿Qué dijiste?”. Yo me impacientaba. Si levantaba la voz protestaba, llevándose la mano a su oído derecho como si la hubiera abofeteado: “No me grites”. También la consolaba cuando veía su decepción al salir de una comida o de una obra de teatro: “No te perdiste de nada”, pero ella quería oír, interpretar sonidos, pertenecer a la comunidad humana, sacar sus propias conclusiones. “No oí absolutamente nada”. Le recordaba yo la sordera de Buñuel: “Olvidé el aparato pero no creo que me pierda de nada” -me confesaba y ambos reíamos. “Mamá, tú tampoco te pierdes de nada”.


Mamá se mantenía alerta a recibir las ondas, el menor maullido, el menor piar de pájaros a las seis de la tarde (“¿Ves mamá, cómo si oyes?”, adivinaba todo lo que sucedía, por eso le dolía su exclusión. “¿Mi aparato?” “Mamá, no te preocupes, tú estás en todo… Sordera la de los políticos, sordera la de los curas, sordera la de las señoras que juegan bridge, mamá, no se te va una”. Mi discurso jamás la consoló como tampoco me consuela ahora mi propia sordera, aunque veo que no soy la única, que hay muchos sordos de pelo blanco igualitos a mí, muchos aquí de pie que esperan con una expresión interrogante y ojos cansados que esperan el gran “sí” que nos da la vida, “Sí, te queremos, sí te aceptamos”.


Sonreímos para ser aceptados como yo ahora que le sonrío a Daniel Goldin y le digo que sí, que voy a escribirle un texto sobre qué significa escuchar y cuánto espero que alguna vez se aparezca el Ángel de mi guarda y me diga: “Ya nada importa, hiciste lo que pudiste”.



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