• Fernanda del Monte

Leer escaleras

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables.


Instrucciones para subir una escalera, Julio Cortázar


No hay forma de “leer” el mundo. Esa función de percepción es limítrofe. La recuperación “racional” que hacemos de recuerdos se asienta en una artificialidad y un entramado ficcional de la propia experiencia que se vincula también con la acción de imaginar. Así, leer, recordar e imaginar se hilan en la re-creación de aquello que llamamos lo vivido, y se adhiere a lo imaginado y soñado. Este entramado “produce” experiencia. Este “leer” lo pondría como la sumatoria de capas que van trazando recorridos ficcionales de sucesos, que no son más que la lectura de “cosas que pasan” con tintes de juegos de sentido.

Así, me sumo a la provocación en estas líneas de proponer un modo de “leer escaleras”.

No hay forma de evadir una escalera. Como escribe Julio Cortázar, los pies se topan con esos pedazos de algún material en forma perpendicular que nos obliga a movernos y desplazar nuestros cuerpos hacia arriba, en espiral o hacia abajo, que junto con las paredes cambian las trayectorias de los cuerpos y generan pasillos, pisos, lugares, mazmorras, inframundos, áticos, círculos dantescos, o posibilidades de hablar con los gigantes que habitan nubes y que atesoran semillas o huevos mágicos.

Las escaleras producen nuevas dimensiones, altitudes y puentes; pero las escaleras pueden ser, también, portales inter-dimensionales.


Endless staircase, Olafur Eliasson


Intervalo


Rasco unos puntos blancos de pintura sobre las escaleras de madera que están vestidas por una alfombra percudida marrón. La tela se engancha en los escalones y sube como la lengua de una serpiente, reposa en el descanso y continúa hacia el segundo piso. Ahí en la esquina de esas escaleras mi cuerpo cabe casi completamente estirado. Esos puntos blancos son estrellas de un cosmos que centellea. Estoy flotando en un universo de chocolate líquido que me sostiene. Me emociona saber que puedo viajar entre esos puntos blancos y así conocer planetas desconocidos y sentir la gravedad cero. Me muevo entre los escalones, mientras más arriba más profundo. Me adentro a ese universo sin límites de tiempo y espacio, y sobre todo libre de gravedad.

El ruido de unos zapatos bajando los escalones hacen parar mi juego: vestida de azul oscuro con una cruz en el pecho aparece mi abuela. He vuelto a la realidad. Mi abuela me pide que la deja pasar. Al levantar la mirada observo su suéter tejido por ella misma y detrás las vírgenes, los rosarios y demás parafernalia religiosa que llenan esa casa habitada por un silencio pétreo y nostálgico.

Mi abuela, unas horas después, recuesta sobre su mecedora el cuerpo delgado y correoso, antes de seguir con la letanía de obligaciones y rezos. Escucho desde el cuarto de la televisión chirriar las escaleras: soy yo que bajo a la cocina solitaria. No hay forma de encontrar ni un solo dulce escondido o guardado en ningún estante. Las escaleras son el único lugar donde no siento ese silencio de deseo.


I, Joe Orman


Otro intervalo


—¿Te gusta sentarte en las escaleras, verdad?

—Ah, sí— respondo. No me percato de que cada vez que voy a casa de mi amiga me siento en las escaleras de dos pisos. No es que las escaleras de su casa sean más interesantes; es simplemente que desde ese lugar hay una vista panorámica de la cocina donde su mamá normalmente se sienta a pasar el rato, y hacia arriba se abre el pasillo que lleva a las habitaciones, donde en la del fondo, muchas veces, su papá está descansando y fumando.

Yo vivo en un edificio, y aunque mis padres se han mudado hace poco de departamento, tengo nostalgia por unas escaleras que nunca habité. Así que también por esas escaleras, las de la casa de mi amiga, bajamos modelando los vestidos que nos mandamos a hacer, pues aunque tengamos trece o catorce años, está mal visto repetir vestidos para las fiestas de quince años a las que somos convocadas cada fin de semana. Nos compartimos vestidos también.

Somos invitadas a casi todas las fiestas porque tenemos primos muy populares; nos invitan con la condición de invitarlos, cosa que hacemos, pero que realmente no nos importa mucho mientras haya buena música para bailar; igual vamos con los primos, sí, cumplimos las promesas, la pasamos bien, volvemos a casa de ella, descansamos y repetimos el ritual una y otra vez.

Pasa el tiempo, nos olvidamos de los vestidos y las fiestas, dejo de subir y bajar esas escaleras: ya no voy mucho a su casa. Hubo un funeral, de golpe, y esas escaleras tuvieron que ver con esa escena. Casa en caos, la madre subiendo y bajando las escaleras.


beautiful steps, Lang and Bauman


Último intervalo


Estamos borrachos y me dice algo así como: “este es un juego de serpientes y escaleras”, y mientras subimos hacia su departamento me doy cuenta de que sus escaleras son del mismo tipo de mármol que las de mi edificio. Los habrán construido en los mismos años.

Llegamos: puertas de madera con cerraduras viejas, pisos que rechinan. El mío también es de madera, pero pintado de rojo, mal gusto del anterior inquilino quizá. Sigo pensando si cuando él era chico jugaba a las serpientes y a las escaleras, si nosotros vamos subiendo o bajando, si hemos metido la pata y en realidad vamos cayendo. Al final en los abismos no hay escaleras. Me dejo caer. Pero, igual que en el juego, lanzo de nuevo los dados. Unas horas después, demasiadas quizá, él me acompaña, baja conmigo, me abre la puerta pesada de vidrio de la entrada, la luz que cruza ilumina su cara. Me mira, se despide de forma cómica, camina, va por cigarros. Yo me subo a mi coche, siento a las serpientes dentro de mi cuerpo, tiemblo. Arranco. Las escaleras siguen ahí.


Glass stairway, Danny Lane


Descanso


Vivo en una casa embrujada. Cada noche a la una de la mañana se escucha a alguien caminar sobre el techo de lámina. He salido varias veces a revisar. El hombre con el que viviré un tiempo después, harto e incrédulo usará unas escaleras para subir al techo y se percatará, como bien le he dicho antes, que es un fantasma que gusta de caminar por las noches sobre la lámina.

La casa tiene unas escaleras que bajan a un jardín que nunca podo, así que la hierba crece libre y seca. Mi amiga me ha pedido que cuide a su perra labrador unas semanas porque saldrá del pueblo. Si las plantas se me mueren sé que puedo olvidar cuidar bien a un ser vivo que ladra y tiene necesidades.

Una de las noches en las que la perra duerme fuera, escucho ladridos. Asumo que es normal, escucho que hay movimiento, algo azota contra la puerta del jardín; continúa fuertemente en el lapso de unos segundos, después para. Entre sueños asumo que es el fantasma. Sigo durmiendo.

Me levanto por la mañana, el sol cae fuerte sobre el jardín seco. Abro el portón para dejarle comida a la perra de mi amiga que noto asustada, inquieta. Mientras me siento en el primer escalón a tomar el sol con mi taza de café recién hecho, miro hacia abajo de las escaleras de concreto, que en un momento fueron rojas: lo noto por la pintura descarapelada, y veo una lámina luminosa larga en uno de los escalones más abajo. Me acerco y la recojo, se trata de una navaja bastante grande. Todos los ruidos de la noche anterior bajan de tajo a un plano real. Se arma la trama que no sucedió. Hay mil imágenes en mi cabeza, y quizá por ello decido enterrar esa cosa en el jardín.

Tomo a la perra y salgo a pasear por el pueblo. Subimos las escaleras del Barrio del Cerrillo y nos perdemos un rato bajo las nubes. Recordaré la navaja y esas escaleras en lapsos que me cortarán los días y las noches. Pasarán algunas semanas antes de que me atreva a sentarme en esas escaleras o bajar al jardín. El fantasma sigue caminando en las noches, a la una de la mañana, muy puntual, en trayectos siempre iguales.


 

Fernanda del Monte es creadora interdisciplinaria, investigadora y escritora. Premiada nacional e internacionalmente por su trabajo de creación e investigación. Sus piezas están situadas entre los territorios de la creación literaria, las artes performativas y las experiencias en espacios digitales. Una de sus últimas piezas de escritura interactiva se ubica en www.mishumores.com


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