• Ana Griott

Escuchar fantasmas, combatir el terror. Esto no es un cuento.

La gente diferente siempre ha sufrido el miedo o el desprecio de los que no se sienten sus semejantes. El “otro” siempre provoca rechazo porque es eso que no se puede comprender, con lo que no nos podemos identificar. Y entre la gente diferente, quienes han sufrido más en el continente africano y en el resto del mundo han sido las personas con albinismo. Su piel tan blanca ha provocado que se los considere fantasmas o espíritus, gente que no pertenece al mundo de los vivos y que por alguna causa tampoco viven en el mundo de los que se han ido. Su vulnerabilidad a los rayos del sol, de consecuencias funestas, ha facilitado que se los asocie con la noche, el momento de lo fantasmático, del encuentro con los que ya no están. Estos albos seres de la noche siempre sufrieron la exclusión, la segregación que provoca el miedo o el desprecio.

En algunos lugares se considera que la causa del nacimiento de un niño o una niña con albinismo es la infidelidad de la madre con un hombre blanco. La culpa y el castigo marcan el nacimiento de estas personas. En otros lugares creen que el albinismo es contagioso. Un doloroso vacío social se instaura en torno a la persona de piel tan blanca. Por estas razones, las personas albinas eran (y son) apartadas de las familias, que de esta forma escondían su culpa, y de los poblados. Eran portadores de la mala suerte para sus familias y para sus comunidades. Pero esta situación cambió a comienzos del siglo XXI. Los traficantes de órganos vieron la oportunidad de conseguir órganos de esta gente que sobraba, que nadie reclamaría, y convencieron a los hechiceros (sobre todo en el lado este de África, que limita con el océano Índico) de que los albinos daban buena suerte. A esto contribuyó una serie de mitos contemporáneos que, con la mejor intención, relataban el origen de los albinos como “hijos de la luna” o “hijos de las estrellas”. Esta deificación tampoco les hizo ningún bien, pues contribuyó a reforzar que poseían cualidades mágicas por su origen lunar o estelar y, en consecuencia, mágico. Por ello, son secuestrados, mutilados y asesinados. Los apéndices y los huesos se usan en ritos de hechicería que propician la buena suerte, y las vísceras se trasladan al primer mundo para el comercio de órganos para trasplantes. Hay una creencia extendida de que los albinos desaparecen tras su muerte pues no están vivos, son fantasmas. Y así es: nada queda del cuerpo de un albino tras su asesinato. Incluso se han dado casos de profanación de tumbas de los albinos enterrados. La codicia hace que sus cuerpos desaparezcan.

En este contexto era necesario ir a escucharlos. Oír qué contaban, cómo contaban. ¿Y qué cuentan esos seres humanos albos como la mañana? Cuando llega la noche que a todos iguala, se oye la fórmula de inicio que reclama la escucha en lengua shangana: “Karingana kai karingana” (cuento o no cuento), y la gente contesta: “Karingana” (cuenta). Y da comienzo el cuento. Cuando el narrador detiene el relato, los que se hayan a su alrededor dicen, como si fuera un mantra: “karingana”. Esta es una fórmula fática o de contacto cuyo fin es verificar que la escucha se está produciendo. Son historias de seres blancos, con los ojos rojos, que no son fuertes como el hipopótamo, ni veloces como el antílope, ni venenosos como la serpiente, ni tienen fuertes colmillos como lo hiena o el león. “Karingana.” Seres cuyo único poder es la inteligencia y el humor. “karingana.” Ese súper poder de la gente pequeña, que vence ante cualquier abuso. “Karingana.” Cuentan cuentos de conejos, como cualquier persona de Mozambique sea hijo de quien sea, como cualquier persona de África, como cualquier persona del mundo. “Karingana.” El conejo, la liebre, la tortuga, el erizo, seres que hacen de su debilidad su poder, seres que se erigen como una suerte de justicia poética ante tanta indefensión y tanto abuso. “Karingana.” Seres pequeños, desheredados, que vencen a los que abusan de su fuerza, de su poder, y no lo hacen mediante la violencia sino mediante el humor y la inteligencia. “Karingana.” Eso cuentan las personas con albinismo. Karingana. Lo mismo que se puede oír en cualquier hogar en Maputo. Karingana. Y cuando el narrador o narradora concluye su relato, cierra el círculo con la fórmula de cierre, que regresa al inicio del cuento: “Puk karingana” (se acabó el cuento).

El lenguaje doblemente articulado y su capacidad para, a partir de elementos finitos, construir mensajes infinitos, nos diferencia de los animales no racionales… y de los fantasmas. También nos hace humanos la capacidad de relatar: con un número finito de motivos folclóricos universales construimos un infinito corpus de versiones. Y estos cuentos, estos relatos son propios de lo humano. Los fantasmas no tienen lenguaje ni relato, ni siquiera escuchan. Son solo imagen (imago). Pero los albinos tienen piel, aunque no tenga melanina, y mirada, aunque sus ojos sean rojos, y pálpito, un pálpito asustado, y aliento, mucho aliento para seguir adelante a pesar de las dificultades. Y piel, mirada, pálpito y aliento es todo lo que se necesita para contar un cuento. Solo entendiendo que las personas con albinismo son humanas, frenaremos esta ola de crueles asesinatos. Solo descubriendo que la buena suerte no se encuentra en un rito ni en un hechizo, que la buena suerte es encontrarnos, descubrir que el otro también es uno y que tiene derecho también a una vida no despedazada, preservaremos la integridad de estos albos seres de la noche, tan humanos.



Según la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, en un informe de 2021, 1 de cada 5000 personas en África (1 de cada 1000 en África Meridional) tienen afectado el gen que produce falta de melanina, afección que llamamos “albinismo”. Su esperanza de vida en algunos países no sobrepasa los 33 años. La principal causa de mortandad es el cáncer de piel, pues en los países donde viven no hay protectores solares o son muy caros. El asesinato es la segunda causa: hay 700 denuncias de personas con albinismo asesinadas en la última década en África, pero se cree que son decenas de miles los asesinatos que no se han denunciado. Las mutilaciones y asesinatos aumentan en periodo electoral, en ritos que propician buenos resultados electorales. Y este dato no incluye los miles de niños y niñas asesinadas tras el parto y que se contabilizan como muertes fetales. No hay datos de las personas con albinismo raptadas por los traficantes de órganos, solo relatos de aeropuertos clandestinos donde aterrizan avionetas cada vez que desaparece una persona con albinismo. Tampoco hay datos de los cientos de miles de mujeres violadas por personas portadoras del VIH, que creen que se curan manteniendo relaciones sexuales con una albina. Sus dificultades de visión y la exclusión social en la que viven, pues hay quien considera que el albinismo se contagia, hará que tengan la tasa de escolaridad menor del mundo.


Ruth nos cuenta la historia del gato y el ratón






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