La vida no consiste únicamente en ser productivo
«La cuestión del tiempo está en el centro de la movilización. Se está perdiendo algo fundamental para mi generación: el derecho a aburrirse. Salimos de casa a las ocho de la mañana, volvemos a las seis de la tarde; si nos atrevemos a practicar un poco de deporte o cualquier otra actividad fuera del colegio, tenemos que volver a salir a las ocho para volver a las once. Y así una y otra vez, no hay ni un momento para relajarse o charlar. Y, de hecho, hay muchas cosas que están desapareciendo; el vínculo entre las personas se está desvaneciendo. Sí, tenemos la suerte de contar con las redes sociales, que nos permiten seguir comunicándonos sin vernos, pero también hay una dimensión de la vida que se ha ido verdaderamente perdiendo poco a poco, y no estoy en absoluto convencido de que la vida consista únicamente en ser productivo…
...hay una dimensión de la vida que se ha ido verdaderamente perdiendo poco a poco, y no estoy en absoluto convencido de que la vida consista únicamente en ser productivo…
No se nos pide que tengamos hijos para vivir con ellos, sino para contribuir al «rearme demográfico francés”. No se nos pide que trabajemos para sentirnos realizados en el trabajo, sino para pagar la deuda. En cambio, en el fondo, hay un verdadero deseo de poder vivir con serenidad, en un entorno marcado por la alegría y la felicidad…».
Se llama Seydou Ba, está cursando su último año de bachillerato en Rosny-sous-Bois y habló en el plató del programa «C ce soir», la semana pasada.

Mientras lo escucho, pienso en todas las frases que los jóvenes escribieron en cartulinas, como «Un violento deseo de felicidad», «Abandonar la época contemporánea», «Presupuesto para Molière, no para los militares». En cómo hacen leña de todo, se apropian de los clásicos —desde la mitología griega (con un bonito Caballo de Troya de cartón reciclado) hasta los surrealistas, pasando por La Boétie, Hugo, Rimbaud—. Pienso en sus risas, sus saltos, su alegría, cuando se ponen a cantar desde rap hasta Bella ciao, desde la balada de Hunger games hasta Va pensiero, La Internacional, La Marsellesa (y la extrema derecha debe de estar verde de rabia) o Aznavour, cuando bailan el vals entonando «Llévenme al fin del mundo, llévenme al país de las maravillas…». Y la canción se viraliza, se baila el vals por todas partes evocando el país de las maravillas.

Hablan de alegría, deseo, maravillas mientras les lanzan —cuando nos lanzan— el «rearme demográfico». Además de enviar a unos matones a golpearles, ¿cómo se les habla? ¿Qué lenguaje mortífero se les impone, ese que suena por todos lados, en boca de quienes tienen el poder político, económico y mediático?

En el 68 nosotros también estábamos hartos de un mundo rancio, de una siniestra gerontocracia.
Todo el mundo evoca la comparación con mayo de 1968. Hay muchos aspectos, evidentemente, que distinguen a ambos movimientos, pero lo que los une es quizás, precisamente, esa alegría de la que hablaba ese joven. La celebración de la vida, en rebelión contra una atmósfera deletérea que enferma a tantas y tantos jóvenes. La búsqueda de vínculos con los demás, cuando la rivalidad debería imperar, cuando todo debería convertirse en mercancía. En el 68 nosotros también estábamos hartos de un mundo rancio, de una siniestra gerontocracia. Y, al igual que los jóvenes de hoy, tomábamos la palabra y escribíamos consignas a veces poéticas. Inventábamos otro lenguaje.

Hoy en día, lo que está en juego no es sólo el derecho a recibir una buena educación, en buenas condiciones, independientemente del lugar donde se haya nacido, sino también el derecho a ser escuchado y respetado. Se trata, además, del derecho a la belleza, a momentos de libertad, de juego y de ensueño. A la alegría.

Traducción de Gabriela Goldin.
Michèle Petit
Nació cerca de París. Actualmente vive entre esa ciudad y el mar Egeo. Antropóloga e investigadora honoraria del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS) en Francia, ha dedicado más de treinta años al estudio de las prácticas de lectura y de la relación con la cultura escrita, especialmente en contextos donde el acceso a ésta es limitado. Entre sus obras traducidas al español destacan Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura (FCE), Una infancia en el país de los libros y El arte de la lectura en tiempos de crisis (Océano). Su publicación más reciente es Los libros y la belleza. Somos animales poéticos (Kalandraka).
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