• Julián Herbert

La experiencia Xanadu

¿Fue un intento de jardín?

En 1980, mi hermano Jorge trajo a casa un sobre de semillas de zanahoria. Las sembramos al fondo del solar. Las regamos a diario. No germinaron nunca.

Difícilmente un huerto de zanahorias podría pasar por un jardín. En especial si nunca germinó. Pero ponte en mi lugar: tenía nueve años y hasta entonces mi infancia había transcurrido en habitaciones diminutas, desarboladas y céntricas de Acapulco o Monterrey. Llevaba dos meses viviendo en Ciudad Frontera, un bastión semirrural enclavado en el desierto, al lado de un arroyo de aguas negras y al pie de una siderúrgica. Habría llamado jardín a los matojos que crecían entre las grietas de la acera.

La indiferencia de estas tempranas hortalizas fue el primer episodio de una saga de tokonomas fallidos y pueriles que me atormentó hasta la madurez. La llamo “Experiencia Xanadu” en referencia a una observación de Borges, según la cual el Khan Kubla habría soñado una ciudad que decidió construir pero que nunca terminó. Se trata de la misma Xanadu sobre la cual Samuel Taylor Coleridge leyó siglos más tarde hasta caer dormido. Coleridge soñó un hermoso poema (“Kubla Khan”), estrofa por estrofa, y al despertar intentó transcribirlo, pero no pudo hacerlo en forma íntegra (se conserva un fragmento) porque alguien llamó a su puerta e interrumpió. Borges intuye que esta visión paradisíaca compartida por un rey y un poeta es una misma fantasía estropeada en el proceso de formarse primero como ciudad, después como poema y más tarde, también provisional, como el ensayo del argentino. Así con los jardines —breves Xanadus— yo.

En 1984 volvimos a intentarlo con una milpa. La sembramos en un lote de veinticinco por cuarenta metros que mamá se había agenciado en La Sierrita, colonia de precaristas invasores de terrenos en conflicto. No tardaron en echarnos. No las autoridades: los vecinos, que invadieron nuestra semipropiedad y destrozaron los brotes de maíz tierno (esos sí se habían dado) poniendo encima cercas de albarda y alambre de púas.

En 1988, hartos de la violencia ejidal, nos mudamos a Saltillo. Rentamos una casa en una de las últimas calles de la colonia Vista Hermosa, a tiro de piedra de la sierra de Zapalinamé. Ahí nos agarró, y por poco vuelve a dejarnos en la calle, el huracán Gilberto. Todavía con un lugar donde vivir, pero otra vez sin un centavo, mi hermano Saíd y yo (Jorge se había ido de casa dos veranos atrás) nos internamos en la montaña ese diciembre y hurtamos el tercer jardín de nuestras vidas: un pino pequeño. Lo talamos, sudando luz helada, con ayuda de un machete. Tardamos horas en trasladarlo a hombro hasta la casa de interés social sin mobiliario donde celebraríamos esa Navidad.

Al año siguiente ingresé a la universidad, y para 1990 contaba con algunos amigos adultos-intelectuales-jipis-no-tan-pobres que me socorrían en el discreto juego de damas chinas de la movilidad social. Por ejemplo, Gera y Tere (él poeta, ella profe) planearon una ida a Oaxaca y me dejaron a cargo de regar las plantas de su departamento. Espero no haber matado ninguna. Tampoco las amé. Estaba distraído fornicando con cuanta compañera de clases aceptaba unírseme en aquellas incursiones hortelanas. El pretexto que usábamos para disimular la lujuria era el de fisgonear en la biblioteca de poetas beats de Gerardo. Ese jardín (me refiero al carnal) no duró ni tres semanas.

En el 92 nació mi primer hijo. Me mudé con su madre a una casa de la colonia Magisterio. Fue una época estimulante y oscura: mucha fiesta y alcohol, muchas horas de trabajo, demasiada libertad para ser dilapidada en cosas rotas. Tuberías, por ejemplo: había en el porche una fuga de agua que jamás reparé. Las jardineras que flanqueaban el acceso principal a nuestro domicilio permanecieron año y medio cubiertas de matojos, mosquitos y basura. Cuando no pude soportarlo, abandoné.

Tras custodiar aquel antijardín, ingresé en una larga era nebulosa. Recuerdo haber sembrado un limonero, no sé dónde. Tuve cactus enanos. Adopté un par de años en comodato las galateas propiedad de mi amiga Lety. Aprendí un montón de nombres: agapantos, quiebraplatos, malamadres, maravillas, gerberas, jazmines de Arabia, azucenas. No los memoricé por amor a las plantas o a las palabras, sino porque así lo decretaba Gary Snyder en un poema. Tuve una novia francesa que había crecido en el campo y los fines de semana insistía en viajar a la sierra de Arteaga para hacer el amor al aire libre (¿era eso un jardín?). A lo largo de tres lustros, viví en doce casas distintas. Alguna rara vez migré de hogar en compañía de una maceta, pero la mayor parte de los territorios vegetales que transité en esa época pertenecen al orden de las tribus nómadas. Recuerdo que me gustaban las jacarandas. Recuerdo que me gustaban las bugambilias.

En 2006 me mudé con Mónica a un departamento frente a la alameda Zaragoza de Saltillo. Tomé el parque —uno de los más bonitos del país, con fama de que sus primeros árboles fueron sembrados por un anciano presidiario y asesino serial al que apodaban El Rey Dormido— como si fuera mío. Salía a correr todas las mañanas. Tampoco esa casa prosperó: queríamos ser padres y poseer un jardín privado, así que adquirimos una propiedad en el fraccionamiento más fértil del sur de la ciudad, El Morillo. Cuando Leonardo nació, en 2009, vivíamos junto a una huerta de nueve hectáreas y teníamos en casa no uno sino dos jardines. En el frontal sembramos lavandas, madreselvas y una jacaranda. Cuando llegamos había una higuera en el patio trasero. La complementamos con césped, peonías y rosales además de una obscena cantidad de bugambilias de distintos colores. Todo había florecido a una velocidad tan vertiginosa que por un tiempo olvidé la experiencia Xanadu: el sentimiento de provisionalidad y desarraigo con el que me instruyó la infancia. Con la soberbia que a menudo me caracteriza, asumí que por fin había encontrado la pequeña parcela de paraíso que me correspondía desde siempre como retribución por la desdicha. Estaba equivocado.

Lo que luego pasó puede contarse de distintas maneras, pero la más breve sería decir que —como no era feliz a pesar de tener un hijo hermoso y una esposa sensata y un jardín envidiable— me dio por beber hasta quemarlo todo. Adiós jardines, huerta de nueve hectáreas, casa con libreros de concreto, esposa, hijo, trabajo, amigos, prestigio, jacaranda. Cuando paré, no estaba lejos de unirme a los Escuadrones de la Muerte, esos colectivos culturales de teporochos sin hogar que ahora contemplo en las mañanas, con envidia y horror, cuando salgo a correr a los parques.

Ingresé a una clínica de rehabilitación en mayo del 2018. Viví tres meses ahí. Como tenía que participar en las labores domésticas, pero mi estado de salud me impedía realizar grandes esfuerzos, fui destinado a los jardines la mayor parte del tiempo. Mi primera tarea fue “hormiguear”: acuclillarme sobre las parcelas de tezontle del patio de dormitorios y recoger, una por una, las hojas que se hubieran desprendido de los árboles durante la noche anterior. Después me pasaron a regar la nopalera, desbrozar los caminos de grava y aflojar la tierra de los carrizales. Unos días antes de abandonar la propiedad, mientras amontonaba hojas secas en un tambo de desechos orgánicos, me volví de golpe hacia el cancel rectangular que estaba a mis espaldas y dije, sin pensar: “Estoy en los carrizos”. Por fin había encontrado un jardín al que amaba. Por eso no lamenté despedirme de él la semana siguiente.

Al salir de la clínica, Sylvia mi novia me regaló seis bambúes. Uno enfermó y quedó cucho tan pronto que lo apodamos Bram The Broken. Ellos fueron los primeros vegetales en mudarse al departamento donde vivimos ahora. Ha sido un viaje largo desde las zanahorias que nunca germinaron: más de cuarenta años.

El otro día, para una tarea, mi hijo Leonardo (va a cumplir trece; vive seminómada entre mi casa y la de su madre) realizó un censo de los seres vivos que habitan legalmente nuestro domicilio y descubrió que éramos 145: cuatro humanos, dos gatas, 139 plantas. Ni las gatas ni las plantas son mías, pero las amo. Esto aprendí de la experiencia Xanadu: el jardín verdadero es siempre uno mental, y hasta el jardín perfecto es siempre un presidio. Un coto vedado.


tapiz del unicornio, anónimo


Julián Herbert es escritor, músico y promotor cultural. Entre sus obras están Canción de tumba (2011), Un mundo infiel (2004), Ahora imagino cosas (2019), Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino (2017) y La casa del dolor ajeno (2015).


 

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