• Ana Griott

Hilanderas de la noche: los filandones


Filandón, Luis Álvarez Catalá, (1852)


Caen las hojas amarillas de los árboles y cae la noche. Se enciende la lumbre en las cocinas, en el centro de la estancia, y las mujeres van llegando: primero las de la casa, después las vecinas. Las ancianas llegan con las ruecas, las más jóvenes con el uso, y las pequeñas con sus manos, para escarmenar la lana deshaciendo los nudos del pelaje ovino. No está bien que las mujeres estén sin ocupación, cruzadas de brazos. Una de ellas levanta la voz y pronuncia la fórmula que da inicio al relato: “Cuentan”, “Se dice”, “Había una vez”, mientras suena el raca raca de la rueca y silban los husos. El filandón ha comenzado. El otoño también.

Las mujeres se reúnen de noche en muchos lugares del mundo, pero en el sur de Europa estos círculos de mujeres en torno al procesamiento de la lana se llama el filandón, el filandar, la fiada, il filò. Cuando no hilaban, como las parcas, y solo cocinaban o bailaban, a esta reunión se le llamaba “aquelarre”, y a ellas “brujas”. Que las mujeres hagan algo que no redunde en los otros siempre ha sido considerado poco femenino o pecaminoso. Y si además disfrutaban haciéndolo, entonces solo podía ser cosa del diablo. Por ello, las mujeres de todo el mundo buscan ocupaciones que sean útiles a la familia para justificar estar juntas, contando, contándose, tejiendo textos o redes familiares que las sostengan. El círculo dispone a todas ellas en un plano de igualdad porque todas están a la misma distancia del fuego, la lumbre que ocupa el centro de la reunión, y que, lo mismo que transforma lo crudo en cocido, el metal en arma, también transformará la palabra en relato. La noche que, como la muerte, a todos nos iguala, subraya esta horizontalidad tan necesaria para que se produzca la intimidad, eso tan necesario para que las mujeres, acalladas en todas las culturas del mundo, alcen la voz y miren de frente.

Los filandones son una tradición sobre todo del otoño y de invierno porque, después de la cosecha, poco hay que hacer en el campo. Las ovejas fueron trasquiladas en mayo para que pasen el verano frescas, sin su abrigo de lana, en los altos pastos de las montañas a los que llegan, trashumantes, buscando pastos (humus) más verdes y jugosos. En la estación seca, nieblas y neblinas mantienen húmedas las campas al pie de los riscos. A comienzos de septiembre, cuando se ha recogido el cereal, comienzan a lavar la lana. El agua que sale del primer lavado se echa en la tierra porque la grasa natural que mantiene hidratado el pelo de la oveja, la lanolina, nutre la tierra. Una vez seca, se escarmena, quitándole los nudos; se separan las fibras cortas de las largas con la carda, se peina, y ya está lista para hilar. Es en este momento, apenas comenzado el otoño, cuando las noches se hacen más largas y más frescas, cuando comienzan los filandones, declarados patrimonio inmaterial de la humanidad.

Pero este patrimonio nunca fue de padres sino de madres, porque ellas, y no ellos, son las dueñas de la noche, las que cuidan de que el fuego del hogar no se apague, las que hacen posible que soñemos con un mundo donde la justicia siempre triunfa y el daño se repara, porque así acaban siempre esos cuentos que van devanando mientras le dan vueltas a la lana para hacer el hilo. Ese hilo que formará la trama que soportará el texto, lo tejido, pues, no lo olvidemos, “texto” es el participio de “tejer”. Ellas fueron las dueñas de la rueda, que giraba para que el barro se convirtiera en vajilla y para que la lana se convirtiera en hilo y luego en vestido, en abrigo. Esa rueda que, cuando cayó en las manos del padre, se convirtió en la rueda del carro de la guerra, invento cruel de los indoeuropeos, que nos legaron la guerra y las lenguas. Esas lenguas indoeuropeas articuladas en pares de opuestos, pues una civilización basada en la hegemonía por las armas necesita a quién oponerse. Ellas son también quienes propician el encuentro con los que ya no están, pues esa es la voz que suena y resuena en los cuentos, la voz de los que descansan bajo la tierra, que siguen sonando para que los que todavía caminamos sobre la tierra no olvidemos quiénes somos, adónde vamos ni de dónde venimos. La voz de los cuentos tradicionales, que se transmiten de boca a oreja, de madres a hijas, para que se sigan escuchando por los siglos de los siglos.

Pero qué cuentan esas señoras de la noche. Había filandones de casadas (las que tenían experiencia marital) y de solteras (las que no habían conocido varón). En los filandones de solteras se cuentan cuentos maravillosos, leyendas, cuentos de animales, y cuando acaba el filandón llegan los mozos a rondar a las solteras. En los de casadas se cuentan también cuentos maravillosos, leyendas y cuentos de animales, pero todos con tintes eróticos, que se expresan con palabras de doble sentido, para que los niños y niñas que allí han ido con sus madres no entiendan de qué se ríen las mujeres. Cuando los niños dan signos de entender el cuento erótico, son expulsados de este paraíso femenino al ámbito del padre: la taberna. En muchos lugares se ha usado la comprensión del doble significado de los cuentos para medir la madurez de los que escuchan. Las mujeres de la burguesía comercial tunecina, las beldi, cuentan en los hammam, y también cuentan cuentos eróticos. Cuando los niños entienden los cuentos, son expulsados a los hammam de los hombres. En los filandones montañeses, las niñas pasan al filandón de las mozas casaderas, y allí aprenden en los cuentos el oficio de ser mujer y todas sus venturas y desventuras.

Aprenden, como en “Sol, Luna y Talía” (la versión de “La Bella Durmiente” del Pentamerone), que no puedes usar armas o instrumentos de mujer, como la rueca, si no estás preparada, y que lo que nos despierta no es el beso de un príncipe sino la maternidad, que simbólicamente significa darte cuenta de que el otro, los otros existen, que alguien los ha parido, y que merecen cuidado. Aprenden, como la Blancanieves, que las elecciones en la adolescencia no conducen a buen puerto, que es mejor quedarte quieta, inmóvil, hasta que llegue el momento en que estés preparada para elegir, para ser mujer, y que el mejor compañero es quien no se fía de las apariencias y ama hasta a lo yerto, lo inmóvil. Aprenden, como la Mujer Esqueleto que, si buscas un hombre perfecto, acabas con un animal, o con dos, porque no hay nadie perfecto, y que hacerse mujer significa aprender a querer a quien te cuida y no a quien te sumerge en un mar helado. Aprenden, como la ratita, presumida o no, que, si eliges un depredador como compañero, estás en peligro. Aprenden, como la Caperucita Roja, que elegir un camino por el que no estás preparada para transitar (el camino de las agujas siempre es un camino de mujeres) te puede conducir a la tripa de un lobo. Y sobre todo aprenden que no están solas, que hay una red femenina que amortiguará el golpe si se caen, que las sostendrá si zozobran, que las cargará si ya no pueden más. Las niñas no necesitan ceremonias de iniciación para ser mujeres porque este hilar y tejer juntas es lo que las convierte de niñas en ciudadanas. Transitar por los caminos simbólicos de los cuentos que cuentan las mujeres las prepara para su vida adulta, las hace mujeres.

Pero todo llega a su fin. El invierno, que ha sucedido al otoño, acaba, y llega la primavera y el verano. En los campos amarillean los trigos, las ovejas balan en los cercados y la lana, pesada, cuelga por debajo de sus vientres. Los días se hacen más largos, comienza la siembra y la cosecha, las noches no son lo suficientemente largas para reponerse del duro trabajo del campo. Pero siempre hay un ratito para salir al fresco, juntas, juntos. Las mujeres van llegando a la era, primero las de más edad, luego las más jóvenes, algunos hombres también. Alguno saca una vihuela o una dulzaina y se arranca con unas coplas. Ellas sacan los paños y las agujas, para coser o bordar, otras tejen. Las estrellas lucen en el cielo, cubriéndonos a todos por igual. Sin dejar de mirar la labor, alguna se atreve a contar la historia de Joseíto, el de la casa amarilla, la que está yendo al cementerio, que se fue a Cuba y volvió con la mirada perdida, dicen que se le quedó en el Caribe. El serano ha comenzado, el verano también. El verano es el momento de las historias comunitarias aderezadas con elementos mágicos, de las anécdotas del pueblo, presuntamente realistas, más del gusto de un público masculino. Habrá que esperar al otoño para volver a escuchar cuentos maravillosos, leyendas, cuentos de animales, habrá que esperar a que la noche sea más larga para que las mujeres recuperen su espacio propio, femenino, alrededor del fuego, y vuelvan a sonar el raca raca de la rueca y el silbido del huso, para que ellas vuelvan a alzar la voz, amparadas en la oscuridad de la noche, y se vuelva a oír “Había una vez”.




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