• Ana Griott

El silencio sonoro de las mujeres

Ana Griott


Summer to Fall, Grace Hartigan, 1971–72.

En Palestina las mujeres cuentan, igual que los hombres, pero ellas no cuentan en teatros ni en espacios públicos, cuentan detrás de las puertas cerradas de sus casas, o de las casas de las vecinas. Sus voces no se escuchan en los teatros ni en las calles, pero son las dueñas de la intimidad de los hogares, de la palabra que convoca y reúne, de la que asegura, en la noche oscura, que la mañana siempre llega. Son las que calman los llantos temerosos de los niños, las que ponen la sal en las comidas insípidas y empujan con sus cuentos las cucharas llenas que nutren la vida de los que crecen. Señoras de la noche, tampoco ellas cuentan de día, cuentan en las noches frías o calurosas, en las cocinas o en los patios, con una sola condición: que haya quien escuche. Maestras, o magas, de la palabra, solo cuentan cuando se responde a la pregunta:

Eh, los que me oís hablar,

¿a dormir o a contar?



Porque ellas solo cuentan si los que llegan a sus casas aceptan el riesgo de ser tocados por la palabra y que nada vuelva a ser como antes. Porque ellas solo cuentan para despertar lo que está dormido.


En Túnez las mujeres también cuentan, igual que los hombres, pero ellas no cuentan en las plazas, cuentan en la húmeda intimidad del hammam, del baño público. Cuentan mientras se frotan la piel, mientras se lavan el cabello o se lo peinan unas a otras. Cuentan con las niñas y niños en el regazo, aprendiendo a cuidarse, unos a otros, unas a otras. Cuentan historias llenas de piel, de venas que palpitan y ojos que miran con deseo, de labios entreabiertos, y jadeos que se escapan. Y cuando los niños comprenden que la vida late en estos cuentos y su piel se alebresta por las imágenes que de pronto se suscitan en su imaginación, entonces salen de los hammam de mujeres e ingresan en los de los hombres. Porque ellas solo cuentan para madurar lo que está verde.


En Marruecos las mujeres también cuentan, igual que los hombres, pero ellas no cuentan en la plaza de Jemaa el Fna, cuentan en la intimidad de sus salones, con las mujeres de su familia o las vecinas. Antes contaban en los harenes, los sultanes venían a reposar la cabeza en su regazo para escuchar las historias maravillosas que salían de sus labios, descansaban con la cabeza pegada a sus vientres y escuchaban la vida que latía en ellas. Porque ellas solo cuentan para calmar lo que está inquieto.



Aluna, María Berrío, 2017.

En Sudáfrica las mujeres zulús también cuentan. Pero su voz no se oye en los lugares donde se dictan las leyes ni donde se comercia con sus materias primas. Ugogo llaman a las ancianas narradoras y su voz se oye cuando se enciende la hoguera y los jóvenes se arriman al calor del fuego y del aliento de la abuela. Mientras el fuego crepita, ellas narran las gestas del pueblo zulú, infunden el valor a los jóvenes y el orgullo de pertenecer a una comunidad que resistió fieramente a la codicia de ingleses, franceses y holandeses. Sus relatos cobran vida ante el fuego que con sus sombras ilustra la historia de este pueblo de la noche. Cuando acaban su relato, escupen al fuego para que los seres que han poblado la noche se queden en el fuego y no persigan a los jóvenes y se instalen en sus sueños. Porque ellas solo cuentan para mantener viva la memoria de los que ya no están.


En Colombia, las mujeres wayús también cuentan. Pero su voz no se oye en los corros donde los palabreros resuelven los pleitos, ante una comunidad que todavía cree en la palabra. Cuentan en las rancherías, sentadas en los chinchorros que ellas mismas, como nuestra madre la araña, tejen. Urden los hilos de las hamacas como urden las historias, con mucho cuidado.

Abren sus bocas y dejan que el viento las penetre, después comienzan a pronunciar sonidos inarticulados carentes de significado hasta que el cuento que ha traído el viento las habita. Ellas saben que las historias están hechas de aire, que el calor de su corazón convierte en aliento, en palabra. Porque ellas solo cuentan para doblegar al viento que arrastra la arena del desierto donde viven, ciega a los hombres y borra sus pasos.


En León las mujeres también cuentan. Pero ellas no cuentan en las tabernas ni en el mercado, cuentan en las cocinas o en las eras, mientras hierven los pucheros o a la fresca en las noches de verano. Cuentan cuando hilan, cuando cosen, cuando velan a los que se van o esperan a los que llegan. Porque ellas solo cuentan para aplacar al tiempo, padre que a todos devora.


The Sunflower Quilting Bee at Arles, Faith Ringgold, 1991.

Palestinas, tunecinas, marroquís, leonesas, ninguna de ellas tiene voz en los espacios públicos. Son acalladas, silenciadas, a veces a puñetazos. Viven tapándose la boca para que su risa no suene, bailando lejos de los poblados para que sus pasos no resuenen, cantando y contando en voz baja, muy cerquita de la oreja de los niños, que nutren y acunan. Ellas son las señoras de la noche, de un pueblo de sombras que deambula arrastrando los pies, pero que ni cadenas tiene. Señoras de todos los pesares, de todos los lutos, negras de trabajos, de ropones, negros sus zapatos trabajados, arrastrados, arrastradas por los siglos de los siglos y los amenes y los handullilah de las iglesias y las mezquitas.


Ellas son esa inmensa mayoría de seres insignificantes y callados que reclaman tener voz, poder levantar la vista del suelo, reír sin taparse la boca, bailar en las calles, cantar sin bajar la voz y, sobre todo, contar a voz en grito quiénes son, quiénes somos. Ellas son los motores de esta energía femenina que mueve la vida. Ellas cuentan para despertar lo que está dormido, para madurar lo que está verde, para calmar lo que está inquieto, para mantener viva la memoria de los que ya no están, para doblegar al viento, para aplacar el tiempo que a todos devora.


Ana nació de una madre acallada por ser gallega, mujer e iletrada, en un país donde las lenguas estaban prohibidas. Los domingos de su infancia los pasó escuchando el silencio de su abuela, una mujer insignificante, en un país donde la consigna era no significarse. Comenzó a escuchar los cuentos que ahora nutren su repertorio en los libros que leía en voz alta, de noche, a la luz de la linterna, dentro de la cueva de su cama. Recibió el apellido de Griott en los años noventa, contando cuentos en cafés teatros en un Madrid remansado después de la movida. Haciendo gala a este apellido, una década más tarde llegó a África. Ha escuchado cuentos en diola, en pular, en serer, en wolof, en manden (en Senegal), en changana, en ronga (en Mozambique), en hassanía (en la RASD) y en baka (en Camerún). Escucha a esta gente invisibilizada, en un mundo que los acalla para negarles la dignidad humana, y despojarlos de aquello que no es de nadie: la tierra.




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