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De jardines interiores, desastres higiƩnicos y fantasmas evolutivos

  • AndrĆ©s Cota Hiriart
  • 26 ago 2022
  • 9 min de lectura

Actualizado: 23 sept 2022

Cualquier jardinero que se precie tiene clara una cosa: las lombrices desempeƱan un papel esencial para que florezca ese pequeƱo vergel que le salva de ser consumido por la locura citadina. Sea que el terreno consista en unos cuantos matojos o, si hay suerte, incluya algunos Ć”rboles con su sombra —incluso si llamĆ”ramos jardĆ­n a una sola maceta—, los vermes turgentes, marrón-rojizo, que merodean bajo la superficie, asĆ­ como tantos otros invertebrados que infestan micelios y raĆ­ces, suelen intuirse como aliados del flujo vegetal. Ya que con las galerĆ­as que van cavando incrementan las propiedades hĆ­dricas y la estructura de los suelos, y al alimentarse de la materia orgĆ”nica, la degradan, dando inicio a la descomposición y tornando asimilables los nutrientes para las plantas.

Un jardĆ­n es lo contrario de lo estĆ©ril. Es fronda, latencia y humedad. Interacciones biológicas: trĆ”fico de nutrientes. Nadie, en su sano juicio, concebirĆ­a tal espacio como un ambiente que debe ser sanitizado (o higienizado para respetar los cĆ”nones de la RAE). Vamos, ni siquiera aquellos que se enfrascan en la necia manicura del cĆ©sped imaginan su prado como una superficie inerte. QuizĆ”s emprendan luchas contra los gusanos que carcomen hojas y legumbres, pero jamĆ”s contra aquellos que velan por los cimientos de la prosperidad botĆ”nica ĀæPor quĆ© entonces —me pregunto—, nos obstinamos en considerar que, tratĆ”ndose de nuestro jardĆ­n interior, deberĆ­a suceder distinto?

Porque eso es, visto a la escala de tamaƱo correcta —es decir a la que corresponde a paisajes celulares­—, lo que integra nuestro cuerpo: un jardĆ­n. O mejor dicho muchos. Y de diversas clases. Algunos son espesos y fecundos, como los que salpican las entraƱas (la tórrida flora, que en realidad es biota, intestinal), otros minimalistas y mesurados, como los arenales del pliegue de los codos. Los hay de caverna (en vagina, ombligo, nariz, oĆ­do y ano), verticales (a lo largo de todos los ejes de la piel) y colgantes (de las pestaƱas, cejas y demĆ”s folĆ­culos pilosos). Tipo francĆ©s, Ć”rabe, inglĆ©s, japonĆ©s, xerófilo o de invernadero, lo cierto es que por dentro y por fuera, por arriba y por abajo, en el pelo, la boca, los ojos y las uƱas, asĆ­ como en los intersticios de cada uno de nuestros tegumentos y tejidos, pulula la vida. Y desde luego que no me refiero nada mĆ”s a vida humana, a las cĆ©lulas y secreciones que nos constituyen, sino al vasto tropel de fierecillas microscópicas que nos habitan, y de las cuales dependemos casi tanto como de los mismos genes.


Estamos literalmente recubiertos por maleza. Hongos, bacterias, protozoarios, virus, parÔsitos y arqueas, un complejo sistema taxonómico que rivaliza en diversidad biológica a las selvas papuanas y para la cual fungimos como hogar. Somos su ecosistema, su microbioma, y por supuesto que en este hÔbitat de jardines de senderos que se bifurcan también figuran las lombrices. Ah, pero ante estas lombrices, los por todo lo demÔs diestros jardineros, tendemos a mostrarnos reticentes. Las queremos extirpar, erradicar de los sustratos de nuestros adentros, olvidar para siempre. Sin embargo, poco a poco, aunque se oponga al paradigma médico imperante, cada vez comienza a considerarse a estos parÔsitos como una variable significativa en el balance del sistema, para que, al igual que sucede en el caso de los jardines ornamentales, airén la tierra, mantengan la ecología personal a tono y que las vegetaciones fisiológicas fructifiquen.

Naciones como Japón, Corea del Sur, Estados Unidos, CanadÔ, Francia e Inglaterra, se abocaron durante décadas a la ardua faena de combatir a los tripulantes de las entrañas. Tenias, oxiuros, tricocéfalos, Ôscaris, acantocéfalos y demÔs enemigos del cuerpo fueron colocados bajo la mira astringente del fuego farmacéutico y, tras décadas de batalla en las trincheras alimentarias, resultó posible asir el improbable hito: los parÔsitos intestinales prÔcticamente fueron erradicados de dichas naciones.

Durante un tiempo las cosas parecían marchar bien, todo mundo en paz; engordando a sus anchas y gozando de la pulcritud de las entrañas. No obstante, pronto el incremento exponencial de una serie de afecciones autoinmunológicas sumamente graves comenzó a sugerir que en tales menesteres, al igual que acontece en el caso de los demÔs jardines que atendemos­, sin lombrices, el paisaje se marchita.

La alta prevalencia del mal de Crohn (inflamación e irritación crónica del tubo digestivo) registrada en la actualidad entre los habitantes de sociedades primermundistas, así como la de la colitis severa, gastritis ulcerante, apendicitis y demÔs padecimientos inflamatorios crónicos del tracto digestivo, así como asma, alergias agudas, esclerosis múltiple y otros trastornos autoinmunes, parece estar ligada a la falta de contacto ocasional con los vermes en cuestión. Y no nos estamos refiriendo al asma estacional o a aquellos cuadros de gastritis que puedan ser controlados con Omeprazol, sino a las manifestaciones mÔs desaforadas de cada uno de los padecimientos mencionados.



La doctora Ana Flisser, de la Facultad de Medicina de la UNAM —una de las eminencias en el campo de la parasitosis por teniasis y cisticercosis— lo pone de la siguiente manera: es recomendable mantener un sistema inmunológico activo y nutrido que de vez en cuando cuente con tareas de las cuales ocuparse; de otra manera, se corre el riesgo de que las defensas se tornen en contra de uno mismo o reaccionen exageradamente a agentes no nocivos, causando afecciones drĆ”sticas sobre el paciente.

Resulta que las huestes de nuestro ejĆ©rcito de defensa personal, es decir las cĆ©lulas que conforman el sistema inmunológico, son tan infatigables y hostiles que, si no encuentran contrincantes dignos a los cuales dar batalla regularmente, apuntan su arsenal en sentido contrario y comienzan a atacarnos a nosotros mismos. Buena parte del arsenal de dichas cĆ©lulas blancas se basa en la respuesta inflamatoria y, como podrĆ”n dar fe millones de pacientes de diversas afectaciones autoinmunes: ā€œla inflamación es la madre de todas las dolenciasā€.

No hace falta recalcar que algunos de estos invasores potenciales sí poseen dotes zoológicos con consecuencias francamente nefastas. Sin duda que hay enemigos y enemigos. De ningún modo quisiera minimizar el hecho de que existen parÔsitos temibles, como aquellos que migran a los ojos y producen ceguera infecciosa, Onchocera volvulus o Loa Loa, trasmitido por la picadura de moscas y tÔbanos. Sin embargo, no hay que caer en la tentación de desechar todo el lote sólo por unas pocas piedrecillas en el arroz. Pues, como ha sido demostrado en cada vez mÔs experimentos, la intromisión ocasional de ciertos tipos de helmintos (lombrices, platelmintos y gusanos parasíticos) en nuestra anatomía podría resultar incluso favorable.

La llamada inmunomodulación por medio de parĆ”sitos no es una idea que goce precisamente de gran popularidad entre los organismos de salubridad pĆŗblica mĆ”s conservadores (esos mismos que durante las Ćŗltimas dĆ©cadas se esmeraron por aniquilarlos). Pero lo cierto es que durante cientos de miles de aƱos hemos coexistido con nuestros gusanos y borrarlos completamente de la ecuación estĆ” generando mĆ”s problemas que confrontarlos intermitentemente (para darse una buena empapada en el asunto recomiendo: ā€œHelminth Immunomodulation in Autoimmune Diseaseā€, Frontiers in Inmunology, abril 2017).

Probablemente en este momento sea conveniente detenernos a reflexionar un poco sobre los escurridizos fantasmas evolutivos. El tĆ©rmino fantasma en este caso empleado en su acepción de ā€œhuella de lo que alguna vez fue, vestigio inmaterial de aquello que alguna vez estuvo vivoā€. Concepto utilizado para explicar diferentes comportamientos o adaptaciones que, si son juzgados desde el panorama contemporĆ”neo de la naturaleza, dan la impresión de no tener demasiado sentido, pero que usualmente tienden a acomodarse dentro del raciocinio biológico cuando ampliamos el encuadre y nos remitimos a la historia del linaje evolutivo de los organismos.



Un ejemplo clÔsico es el de los berrendos, Antilocapra americana. Herbívoros, similares en apariencia a los antílopes, pero con cuernos mÔs pequeños, y uno de los ungulados mÔs veloces del mundo (capaces de correr a velocidades de cien kilómetros por hora). Es decir, bastante mÔs rÔpido que cualquiera de los depredadores potenciales en su Ôrea de distribución. De hecho, no sólo bastante, sino demasiado mÔs rÔpido. En el sentido de que el gasto metabólico involucrado en sus carreras simplemente no hace lógica respecto a las amenazas presentes en su entorno y en el mundo silvestre la energía es primordial. Por eso resulta enigmÔtico observar a los berrendos salir disparados y mantener su carrera vertiginosa como si alguien les pudiera dar alcance. ¿De quién huyen tan despavoridamente?

La respuesta no se encuentra escondida en las extensas llanuras centrales de Estados Unidos o en las inmediaciones del Vizcaíno bajacaliforniano, lugares en los que el berrendo reside desde hace aproximadamente un millón de años; sino del otro lado del océano, en África, sitio de origen y evolución del grupo. Estepas calurosas en las que merodea un felino peculiar, un gato esbelto y de pelaje ocre moteado que se alza con la presea al cuadrúpedo mÔs veloz del mundo, capaz de alcanzar los ciento veinte kilómetros por hora, el formidable chita o guepardo, Acinonyx jubatus.

¿Pudiera ser que los millones de años de coexistencia y de figurar como parte del menú de tal proeza de la velocidad, expliquen las carreras de los berrendos de hoy en día? Muchos científicos se inclinan a pensar que es así. Que, de alguna manera, estos animales aún siguen escapando del felino que fuera el principal depredador de sus antepasados. Un instinto embebido en sus genes con tal fuerza que resulta imposible no acatar a su instrucción; incluso millones de años mÔs tarde y en un contexto completamente diferente. Los berrendos huyen, pues, de los fantasmas de aquellos chitas que los persiguieron durante buena parte de su evolución.

ĀæA dónde quiero llegar con todo esto? Pues a que los berrendos no son los Ćŗnicos que no son capaces de olvidar su historia. Aunque solemos pasarlo por alto, nosotros tambiĆ©n somos parte de una saga milenaria y no resulta tan sencillo interrumpir de tajo esos procesos interdependientes con otras especies de los que, en buena medida, somos producto. Y en lo que refiere a lombrices y nuestros jardines interiores esto opera a dos niveles. Por un lado, lo que sucede con nuestro sistema inmunológico cuando pretendemos establecer una cotidianidad libre de enemigos —aunque borremos al bando opuesto de la ecuación, nuestro ejĆ©rcito de defensa personal seguirĆ” dando batalla, asĆ­ sea a los fantasmas de esos gusanos, y el fuego cruzado terminarĆ” por hacernos mĆ”s daƱo que la propia infección—; y por otro, el factor nada despreciable de lo acontecido en el interior de nuestras tripas a lo largo de millones de aƱos de ser invadidos.

Me refiero a la interacción entre el huésped y su hospedero. O para ser mÔs precisos: a las numerosas estrategias empleadas por los parÔsitos para pasar desapercibidos. Que, entre otras cosas, involucra mantener el funcionamiento de nuestras vísceras lo mÔs en paz que se pueda. Pensémoslo un poco: si uno tuviera planeado quedarse a vivir en una morada ajena sin pagar renta, ¿cuÔl sería la estrategia mÔs efectiva para evitar que el casero nos eche a la calle? De menos conservar el recinto lo mÔs arreglado y limpio que sea posible. Encargarnos del mantenimiento, pintar las paredes, atender el jardín, sacar la basura y no permitir que otros paracaidistas allanen el domicilio, ¿no? Bueno, pues justo eso es lo que hacen los helmintos, pero en términos fisiológicos.

No sólo se esmeran por intentar que su estancia resulte completamente asintomĆ”tica para su hospedero, sino que evitan la hinchazón de los tejidos por medio de compuestos antiinflamatorios. TambiĆ©n se abocan a mantener bajo control el reflujo, la acidez y las agruras, combaten a bacterias nocivas y a otros patógenos que pudieran incursionar en sus dominios —o sea en nosotros— y previenen que seamos vĆ­ctimas del llamado mal del puerco. Es mĆ”s, incluso nos ayudan a mantener la lĆ­nea, pues se roban una parte sustancial de nuestra ingesta alimenticia y, por consiguiente, ocasionan que bajemos de peso. Cuestiones que quizĆ”s no deberĆ­an resultar del todo sorpresivas, a fin de cuentas su supervivencia depende, en buena medida, de permanecer clandestinos. Mientras mĆ”s tiempo consigan mantener su anonimato, mĆ”s tiempo podrĆ”n permanecer en nuestros adentros y su sigilo serĆ” recompensado con bonanza reproductiva. ĀæPara quĆ© ocasionar molestias innecesarias?, cuando puede cohabitarse plĆ”cidamente en los tejidos ajenos durante dĆ©cadas.

Si bien el mismo Louis Pasteur declaraba ā€œmata a los microbios y matarĆ”s al hombreā€, fue necesario que transcurriera mĆ”s de un siglo para que comenzĆ”ramos a apreciar realmente quĆ© tan esenciales son para nuestro organismo las criaturas que nos habitan. CuĆ”nto aportan al follaje de nuestros jardines interiores y a mantener las mucosas fĆ©rtiles.

Derribar la teorĆ­a imperante —y sobra decir errada— de que la mayorĆ­a de gĆ©rmenes e invasores nos causan daƱo, es una faena compleja. El paradigma de la higiene exacerbada no es uno fĆ”cil de poner bajo tela de juicio, menos cuando entran al cuadro lombrices y el resto de parĆ”sitos macroscópicos. Dicho eso, es factible que en tiempos venideros atestigüemos la resurrección de los gusanos interiores como parte integral de nuestro bienestar. Al final, ese ceviche dudoso del mercado podrĆ­a ser la clave.

Por ahora, lo único que queda es aconsejar abstenerse de tomar fÔrmacos antiparasitarios o antibióticos cuando no sea estrictamente necesario y secundado por un diagnóstico apropiado. No hay nada peor que aquellas campañas que promueven la desparasitación preventiva una vez al año, pues tales bombas farmacológicas implican un ataque masivo contra todos los integrantes del microbioma, así como contra todos aquellos ejemplares de fauna que nos acompañan. Son una declaración de guerra a los jardines que somos.



ImÔgenes: Bestiario anónimo del siglo XVI


Andrés Cota Hiriart (CDMX, 1982) es zoólogo y escritor. Autor de la novela Cabeza ajena y de los libros de ensayo Faunologías, El ajolote y Fieras Familiares, finalista del 1er premio de No Ficción de Libros del Asteroide. Dirigió la unidad de conservación de la vida silvestre Vida Fría Reproductores, dedicada a la reproducción de reptiles en cautiverio. Actualmente coordina la Sociedad de Científicos Anónimos, organización dedicada a la divulgación de la ciencia.


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