• Andrés Cota Hiriart

De jardines interiores, desastres higiénicos y fantasmas evolutivos

Cualquier jardinero que se precie tiene clara una cosa: las lombrices desempeñan un papel esencial para que florezca ese pequeño vergel que le salva de ser consumido por la locura citadina. Sea que el terreno consista en unos cuantos matojos o, si hay suerte, incluya algunos árboles con su sombra —incluso si llamáramos jardín a una sola maceta—, los vermes turgentes, marrón-rojizo, que merodean bajo la superficie, así como tantos otros invertebrados que infestan micelios y raíces, suelen intuirse como aliados del flujo vegetal. Ya que con las galerías que van cavando incrementan las propiedades hídricas y la estructura de los suelos, y al alimentarse de la materia orgánica, la degradan, dando inicio a la descomposición y tornando asimilables los nutrientes para las plantas.

Un jardín es lo contrario de lo estéril. Es fronda, latencia y humedad. Interacciones biológicas: tráfico de nutrientes. Nadie, en su sano juicio, concebiría tal espacio como un ambiente que debe ser sanitizado (o higienizado para respetar los cánones de la RAE). Vamos, ni siquiera aquellos que se enfrascan en la necia manicura del césped imaginan su prado como una superficie inerte. Quizás emprendan luchas contra los gusanos que carcomen hojas y legumbres, pero jamás contra aquellos que velan por los cimientos de la prosperidad botánica ¿Por qué entonces —me pregunto—, nos obstinamos en considerar que, tratándose de nuestro jardín interior, debería suceder distinto?

Porque eso es, visto a la escala de tamaño correcta —es decir a la que corresponde a paisajes celulares­—, lo que integra nuestro cuerpo: un jardín. O mejor dicho muchos. Y de diversas clases. Algunos son espesos y fecundos, como los que salpican las entrañas (la tórrida flora, que en realidad es biota, intestinal), otros minimalistas y mesurados, como los arenales del pliegue de los codos. Los hay de caverna (en vagina, ombligo, nariz, oído y ano), verticales (a lo largo de todos los ejes de la piel) y colgantes (de las pestañas, cejas y demás folículos pilosos). Tipo francés, árabe, inglés, japonés, xerófilo o de invernadero, lo cierto es que por dentro y por fuera, por arriba y por abajo, en el pelo, la boca, los ojos y las uñas, así como en los intersticios de cada uno de nuestros tegumentos y tejidos, pulula la vida. Y desde luego que no me refiero nada más a vida humana, a las células y secreciones que nos constituyen, sino al vasto tropel de fierecillas microscópicas que nos habitan, y de las cuales dependemos casi tanto como de los mismos genes.


Estamos literalmente recubiertos por maleza. Hongos, bacterias, protozoarios, virus, parásitos y arqueas, un complejo sistema taxonómico que rivaliza en diversidad biológica a las selvas papuanas y para la cual fungimos como hogar. Somos su ecosistema, su microbioma, y por supuesto que en este hábitat de jardines de senderos que se bifurcan también figuran las lombrices. Ah, pero ante estas lombrices, los por todo lo demás diestros jardineros, tendemos a mostrarnos reticentes. Las queremos extirpar, erradicar de los sustratos de nuestros adentros, olvidar para siempre. Sin embargo, poco a poco, aunque se oponga al paradigma médico imperante, cada vez comienza a considerarse a estos parásitos como una variable significativa en el balance del sistema, para que, al igual que sucede en el caso de los jardines ornamentales, airén la tierra, mantengan la ecología personal a tono y que las vegetaciones fisiológicas fructifiquen.

Naciones como Japón, Corea del Sur, Estados Unidos, Canadá, Francia e Inglaterra, se abocaron durante décadas a la ardua faena de combatir a los tripulantes de las entrañas. Tenias, oxiuros, tricocéfalos, áscaris, acantocéfalos y demás enemigos del cuerpo fueron colocados bajo la mira astringente del fuego farmacéutico y, tras décadas de batalla en las trincheras alimentarias, resultó posible asir el improbable hito: los parásitos intestinales prácticamente fueron erradicados de dichas naciones.

Durante un tiempo las cosas parecían marchar bien, todo mundo en paz; engordando a sus anchas y gozando de la pulcritud de las entrañas. No obstante, pronto el incremento exponencial de una serie de afecciones autoinmunológicas sumamente graves comenzó a sugerir que en tales menesteres, al igual que acontece en el caso de los demás jardines que atendemos­, sin lombrices, el paisaje se marchita.

La alta prevalencia del mal de Crohn (inflamación e irritación crónica del tubo digestivo) registrada en la actualidad entre los habitantes de sociedades primermundistas, así como la de la colitis severa, gastritis ulcerante, apendicitis y demás padecimientos inflamatorios crónicos del tracto digestivo, así como asma, alergias agudas, esclerosis múltiple y otros trastornos autoinmunes, parece estar ligada a la falta de contacto ocasional con los vermes en cuestión. Y no nos estamos refiriendo al asma estacional o a aquellos cuadros de gastritis que puedan ser controlados con Omeprazol, sino a las manifestaciones más desaforadas de cada uno de los padecimientos mencionados.



La doctora Ana Flisser, de la Facultad de Medicina de la UNAM —una de las eminencias en el campo de la parasitosis por teniasis y cisticercosis— lo pone de la siguiente manera: es recomendable mantener un sistema inmunológico activo y nutrido que de vez en cuando cuente con tareas de las cuales ocuparse; de otra manera, se corre el riesgo de que las defensas se tornen en contra de uno mismo o reaccionen exageradamente a agentes no nocivos, causando afecciones drásticas sobre el paciente.

Resulta que las huestes de nuestro ejército de defensa personal, es decir las células que conforman el sistema inmunológico, son tan infatigables y hostiles que, si no encuentran contrincantes dignos a los cuales dar batalla regularmente, apuntan su arsenal en sentido contrario y comienzan a atacarnos a nosotros mismos. Buena parte del arsenal de dichas células blancas se basa en la respuesta inflamatoria y, como podrán dar fe millones de pacientes de diversas afectaciones autoinmunes: “la inflamación es la madre de todas las dolencias”.

No hace falta recalcar que algunos de estos invasores potenciales sí poseen dotes zoológicos con consecuencias francamente nefastas. Sin duda que hay enemigos y enemigos. De ningún modo quisiera minimizar el hecho de que existen parásitos temibles, como aquellos que migran a los ojos y producen ceguera infecciosa, Onchocera volvulus o Loa Loa, trasmitido por la picadura de moscas y tábanos. Sin embargo, no hay que caer en la tentación de desechar todo el lote sólo por unas pocas piedrecillas en el arroz. Pues, como ha sido demostrado en cada vez más experimentos, la intromisión ocasional de ciertos tipos de helmintos (lombrices, platelmintos y gusanos parasíticos) en nuestra anatomía podría resultar incluso favorable.

La llamada inmunomodulación por medio de parásitos no es una idea que goce precisamente de gran popularidad entre los organismos de salubridad pública más conservadores (esos mismos que durante las últimas décadas se esmeraron por aniquilarlos). Pero lo cierto es que durante cientos de miles de años hemos coexistido con nuestros gusanos y borrarlos completamente de la ecuación está generando más problemas que confrontarlos intermitentemente (para darse una buena empapada en el asunto recomiendo: “Helminth Immunomodulation in Autoimmune Disease”, Frontiers in Inmunology, abril 2017).

Probablemente en este momento sea conveniente detenernos a reflexionar un poco sobre los escurridizos fantasmas evolutivos. El término fantasma en este caso empleado en su acepción de “huella de lo que alguna vez fue, vestigio inmaterial de aquello que alguna vez estuvo vivo”. Concepto utilizado para explicar diferentes comportamientos o adaptaciones que, si son juzgados desde el panorama contemporáneo de la naturaleza, dan la impresión de no tener demasiado sentido, pero que usualmente tienden a acomodarse dentro del raciocinio biológico cuando ampliamos el encuadre y nos remitimos a la historia del linaje evolutivo de los organismos.



Un ejemplo clásico es el de los berrendos, Antilocapra americana. Herbívoros, similares en apariencia a los antílopes, pero con cuernos más pequeños, y uno de los ungulados más veloces del mundo (capaces de correr a velocidades de cien kilómetros por hora). Es decir, bastante más rápido que cualquiera de los depredadores potenciales en su área de distribución. De hecho, no sólo bastante, sino demasiado más rápido. En el sentido de que el gasto metabólico involucrado en sus carreras simplemente no hace lógica respecto a las amenazas presentes en su entorno y en el mundo silvestre la energía es primordial. Por eso resulta enigmático observar a los berrendos salir disparados y mantener su carrera vertiginosa como si alguien les pudiera dar alcance. ¿De quién huyen tan despavoridamente?

La respuesta no se encuentra escondida en las extensas llanuras centrales de Estados Unidos o en las inmediaciones del Vizcaíno bajacaliforniano, lugares en los que el berrendo reside desde hace aproximadamente un millón de años; sino del otro lado del océano, en África, sitio de origen y evolución del grupo. Estepas calurosas en las que merodea un felino peculiar, un gato esbelto y de pelaje ocre moteado que se alza con la presea al cuadrúpedo más veloz del mundo, capaz de alcanzar los ciento veinte kilómetros por hora, el formidable chita o guepardo, Acinonyx jubatus.

¿Pudiera ser que los millones de años de coexistencia y de figurar como parte del menú de tal proeza de la velocidad, expliquen las carreras de los berrendos de hoy en día? Muchos científicos se inclinan a pensar que es así. Que, de alguna manera, estos animales aún siguen escapando del felino que fuera el principal depredador de sus antepasados. Un instinto embebido en sus genes con tal fuerza que resulta imposible no acatar a su instrucción; incluso millones de años más tarde y en un contexto completamente diferente. Los berrendos huyen, pues, de los fantasmas de aquellos chitas que los persiguieron durante buena parte de su evolución.

¿A dónde quiero llegar con todo esto? Pues a que los berrendos no son los únicos que no son capaces de olvidar su historia. Aunque solemos pasarlo por alto, nosotros también somos parte de una saga milenaria y no resulta tan sencillo interrumpir de tajo esos procesos interdependientes con otras especies de los que, en buena medida, somos producto. Y en lo que refiere a lombrices y nuestros jardines interiores esto opera a dos niveles. Por un lado, lo que sucede con nuestro sistema inmunológico cuando pretendemos establecer una cotidianidad libre de enemigos —aunque borremos al bando opuesto de la ecuación, nuestro ejército de defensa personal seguirá dando batalla, así sea a los fantasmas de esos gusanos, y el fuego cruzado terminará por hacernos más daño que la propia infección—; y por otro, el factor nada despreciable de lo acontecido en el interior de nuestras tripas a lo largo de millones de años de ser invadidos.

Me refiero a la interacción entre el huésped y su hospedero. O para ser más precisos: a las numerosas estrategias empleadas por los parásitos para pasar desapercibidos. Que, entre otras cosas, involucra mantener el funcionamiento de nuestras vísceras lo más en paz que se pueda. Pensémoslo un poco: si uno tuviera planeado quedarse a vivir en una morada ajena sin pagar renta, ¿cuál sería la estrategia más efectiva para evitar que el casero nos eche a la calle? De menos conservar el recinto lo más arreglado y limpio que sea posible. Encargarnos del mantenimiento, pintar las paredes, atender el jardín, sacar la basura y no permitir que otros paracaidistas allanen el domicilio, ¿no? Bueno, pues justo eso es lo que hacen los helmintos, pero en términos fisiológicos.

No sólo se esmeran por intentar que su estancia resulte completamente asintomática para su hospedero, sino que evitan la hinchazón de los tejidos por medio de compuestos antiinflamatorios. También se abocan a mantener bajo control el reflujo, la acidez y las agruras, combaten a bacterias nocivas y a otros patógenos que pudieran incursionar en sus dominios —o sea en nosotros— y previenen que seamos víctimas del llamado mal del puerco. Es más, incluso nos ayudan a mantener la línea, pues se roban una parte sustancial de nuestra ingesta alimenticia y, por consiguiente, ocasionan que bajemos de peso. Cuestiones que quizás no deberían resultar del todo sorpresivas, a fin de cuentas su supervivencia depende, en buena medida, de permanecer clandestinos. Mientras más tiempo consigan mantener su anonimato, más tiempo podrán permanecer en nuestros adentros y su sigilo será recompensado con bonanza reproductiva. ¿Para qué ocasionar molestias innecesarias?, cuando puede cohabitarse plácidamente en los tejidos ajenos durante décadas.

Si bien el mismo Louis Pasteur declaraba “mata a los microbios y matarás al hombre”, fue necesario que transcurriera más de un siglo para que comenzáramos a apreciar realmente qué tan esenciales son para nuestro organismo las criaturas que nos habitan. Cuánto aportan al follaje de nuestros jardines interiores y a mantener las mucosas fértiles.

Derribar la teoría imperante —y sobra decir errada— de que la mayoría de gérmenes e invasores nos causan daño, es una faena compleja. El paradigma de la higiene exacerbada no es uno fácil de poner bajo tela de juicio, menos cuando entran al cuadro lombrices y el resto de parásitos macroscópicos. Dicho eso, es factible que en tiempos venideros atestigüemos la resurrección de los gusanos interiores como parte integral de nuestro bienestar. Al final, ese ceviche dudoso del mercado podría ser la clave.

Por ahora, lo único que queda es aconsejar abstenerse de tomar fármacos antiparasitarios o antibióticos cuando no sea estrictamente necesario y secundado por un diagnóstico apropiado. No hay nada peor que aquellas campañas que promueven la desparasitación preventiva una vez al año, pues tales bombas farmacológicas implican un ataque masivo contra todos los integrantes del microbioma, así como contra todos aquellos ejemplares de fauna que nos acompañan. Son una declaración de guerra a los jardines que somos.



Imágenes: Bestiario anónimo del siglo XVI


Andrés Cota Hiriart (CDMX, 1982) es zoólogo y escritor. Autor de la novela Cabeza ajena y de los libros de ensayo Faunologías, El ajolote y Fieras Familiares, finalista del 1er premio de No Ficción de Libros del Asteroide. Dirigió la unidad de conservación de la vida silvestre Vida Fría Reproductores, dedicada a la reproducción de reptiles en cautiverio. Actualmente coordina la Sociedad de Científicos Anónimos, organización dedicada a la divulgación de la ciencia.


 

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