• Ana Griott

Una biblioteca en África


En África, cuando un anciano muere,

toda una biblioteca desaparece.


Amadou Hampâté Bâ



Soñar la biblioteca


Soñar una biblioteca en África es soñar con un lugar de exclusión. La población letrada es una escasa minoría, y la mayor parte son hombres de una casi inexistente clase media que vive en las ciudades, o niños y niñas (sobre todo niños) que aprenden a leer en el colegio en una lengua que no han escuchado en su casa (la lengua del país colonizador, que todavía sigue ejerciendo su rapiña sobre las excolonias). La mayor parte de las personas en África subsahariana que viven en zonas rurales (y son la mayoría de la población) no podrán descifrar las letras alineadas horizontalmente e impresas en el papel, sobre todo las mujeres y las niñas, que se incorporan al mundo del trabajo no remunerado desde que tienen edad para cargar con un hermano a la espalda.

Y es que en África hay más de dos mil lenguas y solo una decena se escriben. Aunque es cierto que la labor evangelizadora de los misioneros hizo que la Biblia se transcribiera en un montón de lenguas africanas, fijando con la grafía latina los sonidos que escuchaban. De forma que muchas lenguas tienen un solo texto escrito: la Biblia. El aprendizaje del Corán, en los lugares de África donde mantienen ese credo, es oral: los niños en la escuela coránica aprenden a recitar de memoria las aleyas del Corán.

En África la literatura, la historia, la religión y las leyes son orales. Si llamamos “literatura” a lo que tiene letra, o sea a lo que se escribe, e “historia” a ese periodo de tiempo que transcurre entre la aparición de la escritura con la irrupción de los pueblos indoeuropeos que inventan la escritura cuneiforme, si llamamos “religión” al conjunto de creencias fijadas en los libros sagrados, y “leyes” a los códigos escritos que regulan nuestra convivencia, entonces África no tiene literatura sino folclore, no tiene historia sino prehistoria, ni religión sino supersticiones animistas. En definitiva, un territorio sin ley. Estos hombres y mujeres, barbarizados por nuestros conceptos, solo son civilizados cuando aprenden nuestros idiomas escritos y se someten a nuestras leyes escritas, que permiten el expolio de su tierra y los sume en la obligación de pagar una deuda externa que nunca podrán cancelar.

Soñar en África una biblioteca llena de libros es soñar con un lugar donde los africanos y su cultura oral no tienen cabida. La literatura africana es apenas una mota de polvo en la playa editorial mundial. En 2021 Libros de las Malas Compañías publicó por primera vez a un autor de Mauritania en castellano. Nunca hasta entonces había sido traducida en ningún país de habla hispana ninguna obra mauritana. Bien es cierto que ahora desde Estados Unidos se apuesta por una literatura africana para aliviar la tensión racial: se publican sobre todo autoras afrodescendientes o africanas formadas en Estados Unidos (eso que se ha dado en llamar “literatura femenina” produce cuantiosas ventas). Tampoco la gente negra es protagonista de las historias que custodian los libros: se cuentan con los dedos de las manos los álbumes del panorama literario europeo o americano cuyos protagonistas son personas negras, aunque en algunos países americanos la población negra sea mayoritaria.

Soñar una biblioteca en África es soñar un espacio adonde los niños y las niñas se encuentran con libros donde ellos no se sentirán protagonistas porque cuentan historias que nada tienen que ver con ellos ni con su mundo. Además, para ellos y ellas el libro no es un objeto familiar, ni siquiera amigo: en sus casas no hay libros, solo historias alrededor del fuego, que crepita y llena la noche de luz y de sombras. Las lluvias torrenciales del verano y la humedad del manglar en donde viven tampoco se llevan muy bien con los libros.


El edificio


Cómo hacer real el sueño de una biblioteca en el sur de Senegal, en Casamance, para que sea un lugar hospitalario donde la gente del pueblo de Oussouye (Usuy en adelante, puesto que así es como ellos lo escriben) se sienta acogida ha supuesto un camino de escucha, de convivencia y, sobre todo, de aprendizaje. Llegamos a este pueblo porque el alcalde había solicitado a una amiga que viajaba por la zona ayuda para llenar de libros y hacer que funcionara un edificio construido con la finalidad de albergar una biblioteca. La historia de cómo se construyó el edificio y las dificultades que supuso merecen una historia aparte. El edificio estaba cerrado y las estanterías estaban vacías. Construir un edificio de planta rectangular ya es una opción excluyente porque su pueblo está concebido de una manera circular y concéntrica: el círculo exterior, que abraza al poblado, está formado por el bosque sagrado del rey, que forma un semicírculo que se conecta y se completa con el bosque sagrado del hechicero. Ambos se cierran sobre el círculo interior que forma el poblado diola. Las casas tradicionales reproducen esta disposición y también son de planta circular. Pero los edificios “de prestigio” o “de autoridad” reproducen los poblados europeos, herederos del urbanismo romano en torno a dos líneas perpendiculares que se cruzan y que determinan un espacio angular. El progreso es rectangular y por eso la biblioteca también lo es.


El acervo


El acervo también es excluyente por las razones que ya he apuntado, pero de qué íbamos a llenar una biblioteca sino de libros. Compramos libros en francés que encontramos en España. Clásicos como Mallarmé, Racine, Corneille y Rimbaud. Queríamos que la biblioteca pública de Usuy tuviera lo mejor. Y con lo mejor de la cultura francesa empezamos a llenar las estanterías. Y pronto nos dimos cuenta de que había sido un error: ni el francés que aprenden les permite descifrar tan alta literatura ni las historias les resuenan. Además, no habíamos llevado nada para los niños. Decidimos llenar la biblioteca con las voces de los mayores que resuenan en la noche.

Pregunté cómo empezaban los cuentos en su lengua, el diola, y el bibliotecario nos dijo que cuando escuchásemos Kakongo kongo (Voy a contar un cuento) y alguien respondiese Ayambééé (Te escuchamos), allí había un cuento. Y así fuimos escuchando en la noche sus cuentos, que grabábamos en los teléfonos (un dispositivo más familiar que una grabadora). Por la mañana el bibliotecario los traducía y así elaboramos un catálogo de cuentos: con el título del cuento, un dibujo que identificara al personaje principal y el nombre del abuelo o abuela que lo contaba. Fue el primer catálogo de la biblioteca de Usuy. Por la tarde, invitábamos a los mayores a venir y los pequeños usuarios se podían llevar a un abuelo o abuela en préstamo. Podían tenerlo dos horas y había que devolverlo en la biblioteca antes de que el sol se ocultara y sin haberlo maltratado porque, si el abuelo venía extenuado, penalizábamos y el usuario no podía disfrutar del servicio durante una semana. Estábamos iniciando formación de usuarios en Casamance. Ahora, además de las voces de los mayores, que como bibliotecas móviles pueden ser visitados en sus casas para que abran las páginas de sus labios y relaten el cuento de la mujer que buscaba un hombre perfecto y se casó con una serpiente pitón, tras la consabida petición de escucha: Kakongo kongoAyambééé, también hemos publicado un libro con versiones ficticias de sus cuentos, completando la versión elegida con otras versiones del mismo cuento, El dragón que se comió el sol y otros cuentos de la Baja Casamance. Hemos hecho dibujos animados sobre los cuentos en los que la animación y la producción se ha realizado con los niños, protagonistas, ahora sí, de lo que sucede en la biblioteca. De este libro hemos hecho una versión más pequeña con siete cuentos maravillosos, también con sus ilustraciones: Yimulimuli y el dragón, en francés y en castellano, de forma que las lectoras que compran el libro en España compran realmente dos, porque la versión en francés se entrega gratuitamente en Senegal y se conecta a los dos lectores o a los dos colectivos lectores, para que compartan la lectura de sus cuentos. Conectamos bibliotecas, clubes de lectores, alumnos de centros escolares, grupos de alfabetización en España con gente en Senegal para que no solamente conozcamos sus cuentos sino a quienes los cuentan, para que al otro lado del Estrecho de Gibraltar sepamos que ellos también tienen cultura, una rica y fértil cultura oral.

También hemos hecho libros de tela con pantalón reciclado que recogemos en Madrid y en el que una cooperativa de mujeres handicapées cosen con sus telas las ilustraciones de uno de sus cuentos: El niño que siempre perdía el bastón. Archivos sonoros, libros de tela y libros en papel con sus cuentos, así como otros libros en francés, inglés y en castellano para los alumnos de los centros de secundaria que han elegido el castellano como segunda lengua. Todo esto convive en este espacio bibliotecario, que se ha llenado de vida, de su vida.

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Cuento animado por usuarios de la biblioteca de Usuy


El personal bibliotecario


El primer bibliotecario fue un campesino que sabía leer y que llegaba con su cabra, que ataba a la puerta de la biblioteca para que triscara la hierba alta en época de lluvia y mantuviera accesible la entrada. Y ahora tenemos a todo un príncipe (hijo del anterior rey animista), que toca un instrumento de cuerda que se llama econtin con un mástil de madera, de sección circular, y una caja de resonancia de calabaza hueca, con el que tradicionalmente se cuentan los cuentos. Los miércoles, el día en que los niños y niñas no tienen colegio por la tarde y vienen a la biblioteca, toca y cuenta para los niños en diola, ampliando así nuestro acervo oral de los comienzos.



Las actividades en la biblioteca


Para ampliar el número de usuarias y recibir a todas sin discriminarlas por sus aprendizajes, tres veces por semana un grupo de quince mujeres viene a aprender a leer en la lengua que ellas han elegido: el francés. Aprenden a leer y a escribir de forma significativa: con sus propios cuentos.

Hay un cineclub para todos los públicos, adonde llegan mayoritariamente los jóvenes. El pueblo, como la mayor parte de los pueblos (y muchas ciudades) en África, no tiene cine, y la producción cinematográfica africana es muy reducida y cuenta con muy pocos medios.

También hay cursos de castellano y de diola para tubas (no nacidas en Usuy). La comunidad extranjera (españoles y algún francés) ha crecido en torno a la biblioteca, donde también hay un club de lectura en el que se lee el mismo libro en castellano y en francés.

En verano, época de lluvias y cuando se siembra el arroz, se han hecho campamentos durante las mañanas, en los cuales se ofrece comida para que los niños y las niñas vayan al arrozal y estén menos expuestos a la malaria y al dengue. Ahora vamos a comenzar un curso sobre construcción del econtin y narración oral con ese instrumento, queremos ampliar el número de narradores en plantilla.

En el extenso patio delantero, frondoso en la estación de lluvias y seco en la estación seca, hay un enorme árbol de mango bajo el cual se sientan tanto el bibliotecario como los mayores que vienen a comentar los sucesos del pueblo: es la hemeroteca oral.



La bibliopiragua


Y ahora, para que los niños y niñas que viven en las islas del manglar tengan libros (adonde no llega la única carretera que recorre la Casamance), compraremos una piragua. Esta es la forma más cómoda, silenciosa y ecológica de transportarse en un manglar. Además, en un lugar donde la tierra está sembrada de minas antipersonas, los caminos del agua son más seguros. En la piragua, además del bibliotecario con su econtin, que contará los cuentos de su tradición oral, llevaremos libros convenientemente protegidos de la humedad en secos barriles de plástico (donde ellos almacenan el agua). Serán libros silentes, tan callados como el manglar, libros con pocas palabras, audiocuentos y todo lo que nos acerque a ellos y haga posible su acceso a la biblioteca. Esperamos no tener que proteger los libros de la mordedura de los cocodrilos que sestean en las orillas fangosas del manglar. Estrenaremos la bibliopiragua en un festival de narración oral que haremos en breve.

Todos están invitados a participar en este sueño que es la biblioteca municipal de Usuy. Cabemos todos… y todas.



 

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