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Un arte de bonsáis

Ana Clavel
hace 1 día
6 min de lectura
Foto de Cecilia vía Unsplash
Foto de Cecilia vía Unsplash

La vida no es muy seria en sus cosas, decía Rulfo en uno de sus primeros cuentos. Nos gasta bromas inesperadas.


Perdí a mi padre a los tres años. A partir de ahí su ausencia marcó mi vida, tanto como su fugaz presencia. A mi papá le gustaba tomar fotografías. Como esa donde aparezco de unos seis meses, sostenida por las manos de mi madre, frente a una máquina de escribir Olivetti, y por la cual bromeo que mi destino era ser secretaria… o escritora —aunque el premio Nobel J. M. Coetzee conjunta ambos oficios: “Los escritores son secretarios de lo invisible”.


En cambio, mi madre, nacida en 1925, acaba de superar el siglo. He vivido seis décadas sin mi padre y llevo ya 64 “lidiando” con mi madre, que me tuvo a los 37, una edad en la que pudo ser mi abuela.


Al principio me enojaba esa pérdida de memoria que me enfrentaba a su decadencia y a su pérdida. Al hecho fehaciente de que había dejado de ser mi madre, ya no podía cuidarme, contenerme, regañarme…

A sus 101 años y contando, ella y yo hemos cambiado los papeles: a veces es como mi hija, y otras como mi nieta. Últimamente me he descubierto diciéndole que es mi “bebezota” cuando me invade la ternura de verla en una suerte de limbo donde se inventa que ve personas, caballos, antiguos novios en su habitación. Uno que recuerda en particular es su enamorado Jacinto, de quien ahora no puede contarme mucho. A veces me reconoce, pero muchas otras no.

Al principio me enojaba esa pérdida de memoria que me enfrentaba a su decadencia y a su pérdida. Al hecho fehaciente de que había dejado de ser mi madre, ya no podía cuidarme, contenerme, regañarme… Pero poco a poco, la lucha ha cedido para reencontrarla en un territorio de validación que yo desconocía hasta hace pocos años: ella fue mi sostén, mi asidero, mi punching-bag.



Por eso decía “lidiar” con ella. Incluso desde muy pequeña, cuando ella y mi padre me preguntaban a quién quería más, y yo respondía: “A los dos”, pero apenas la veía alejarse, yo le secreteaba a papá: “No es cierto, a ti te quiero más”. Después la distancia se fue agrandando. Era inevitable: un padre idealizado, una madre de carne y hueso.


Ella quería que me volviera empleada bancaria, que me casara y le diera nietos. Yo quería ejercer mi libertad para crear y vivir. La colusión duró décadas. Alguna vez, cuando alguien le preguntó por uno de mis libros, reconoció: “Sí, lo escribió mi hija, la rebelde”.
Foto de Fei Wang vía Pexels
Foto de Fei Wang vía Pexels

Pobre mamá, le tocó la eterna insatisfacción de los hijos por partida doble. Se sumaba el asunto de que éramos muy diferentes: ella, de escasa educación primaria, se preocupaba por sacarnos a flote a mis hermanos y a mí. Yo, muy pronto descubrí que el mundo viajaba montado en el corcel de los libros y se abrieron horizontes de imaginación inusitada. Ella quería que me volviera empleada bancaria, que me casara y le diera nietos. Yo quería ejercer mi libertad para crear y vivir. La colusión duró décadas. Alguna vez, cuando alguien le preguntó por uno de mis libros, reconoció: “Sí, lo escribió mi hija, la rebelde”.


Hasta los 90 fue una mujer entera. Pocos años antes, ya viuda de su segundo marido, que la celaba horrores, se dio permiso de viajar a Europa y América del Sur, alguna vez acompañada por mí, otras por un primo mayor que era su cómplice en gustos y aventuras. Hacia los 96 se cayó, se fracturó la cabeza del fémur, la operaron, pero ya no volvió a caminar. Poco a poco fue perdiendo capacidades. De hecho, episodios de olvido que creíamos normales, fueron avisos de una demencia senil galopante. Una vez el médico me enseñó una tomografía de su cerebro. “Esas zonas oscuras que ves ahí —me dijo— son tejido muerto”.  Eran muchas zonas negras, más que las zonas vivas.


Un asunto complicado fue el tema de las escaras. Yo no sabía que a un adulto mayor en cama, hay que estarlo moviendo para que no se le llene la piel de llagas. Fueron largos periodos de aprendizaje para cuidarle las heridas, para que cicatrizaran, para mantenerla con una piel hidratada y sana en lo posible. (Consejo que ninguna marca de cremas quiere que sepas: la vaselina sólida en tarros de un litro para embadurnar toda la piel, obra milagros.)


En todos estos últimos años, mi madre ha contado con un ángel de la guarda que la atiende a diario: Maribel, que la ha acompañado desde un año antes de su caída. Con ella y con Ceci —una cuidadora que sustituye a Maribel los fines de semana y en vacaciones—, hemos desarrollado un arte de bonsáis para el cuidado de mi madre, que prácticamente tiene sólo dos posturas: en la cama y en su sillón reposet de varias posiciones.


Al ver sus manos y sus brazos cada vez más descarnados, pienso en las ramas desnudas de un árbol. Siempre fue rellenita pero ahora su tronco, sus piernas y pies están regresando al tiempo en que alguna vez fueron raíces y semilla. Y cada día decrece un milímetro más. Por eso digo: que cuidar a una persona centenaria es como practicar un arte de bonsáis, esa tradición japonesa del cultivo de árboles en miniatura.

Sumida entre almohadas en su sillón, a veces la veo como un pajarito que recuerda y canta. Pero lejos de abandonarme a la tristeza de verla reducida, cada día me enternece más. Y juego con ella adivinanzas, le adapto rondas infantiles (“Doña Pame está cubierta de pilares de oro y plata, / romperemos un pilar para ver a doña Pame. / ¿Quién es ese Jacintillo que anda en pos de doña Pame? / Yo soy ese Jacintillo que anda en pos de doña Pame…”). También me hago pasar por su madre, cuyo nombre no olvida nunca: mamá Ana. Cuando me pregunta quién soy, le digo: “Soy tu mamá”. Y entonces me reconoce: “Ah… eres mi hija Ana”.


Poster für Bonsai por Evelyn Krull. Cortesía de Deutsche Fotothek, Alemania
Poster für Bonsai por Evelyn Krull. Cortesía de Deutsche Fotothek, Alemania

Cada vez habla más quedito y cuesta trabajo entenderle. Tiene una piel prodigiosa, de las de antes, un rostro sin arrugas. Cuando le tomo fotos y las comparto, la gente no cree que tenga 101 años. Sentadita, sonriente, parece una bonita anciana de 80 años. Yo digo que aparte de su genética, es el asunto de ese arte de bonsáis en el que trabajamos a diario. Al ver sus manos y sus brazos cada vez más descarnados, pienso en las ramas desnudas de un árbol. Siempre fue rellenita pero ahora su tronco, sus piernas y pies están regresando al tiempo en que alguna vez fueron raíces y semilla. Y cada día decrece un milímetro más. Por eso digo: que cuidar a una persona centenaria es como practicar un arte de bonsáis, esa tradición japonesa del cultivo de árboles en miniatura.


La vida no será muy seria en sus cosas, pero te brinda aprendizajes: con la vejez prolongada de mi madre he aprendido cómo nos vamos haciendo árboles diminutos...

Cuidarla, podarla —las uñas curvas de los pies requieren pinzas especiales—, abonarla con las cosas que le gustan y todavía puede hacer. Como salir a pasear, aunque cada vez tolera menos la silla de ruedas con todo y su cojín anti-escaras. Vamos, por ejemplo, a los Viveros de Coyoacán en busca de flores. En especial, cada febrero buscamos jacintos en flor. Yo no los conocía hasta que ella empezó a hablar de su antiguo novio. A veces no recuerda a mi padre, ni a su segundo marido, pero le dices “Jacinto” y se le iluminan los ojos con una mirada pícara. El aroma del racimo vertical de esa flor es dulce y embriagante. Tiene un color azul plúmbago que recuerda a las jacarandas. Maribel y yo nos hemos vuelto fanáticas de los jacintos. Cuando se anuncia la primavera vamos en busca de ese jacintillo que anda en pos de doña Pame. Y ella, con sus manos retorcidas como ramas, sostiene la planta de Jacinto en su regazo mientras aspira un aroma que le devuelve la mejor fragancia de los tiempos pasados: la que reinventa y fantasea su memoria como un perfume de vida, secreto, sólo suyo.


La vida no será muy seria en sus cosas, pero te brinda aprendizajes: con la vejez prolongada de mi madre he aprendido cómo nos vamos haciendo árboles diminutos que ameritan todo un arte de paciencia y descubrimientos sutiles para al menos dos personas: la persona mayor y quien la cuida. No se puede envejecer así sin compañía. Envejecer así no es para árboles solitarios. Y es un proceso tan pausado que, de algún modo, te instruye para la labor de jardinería de tu propia vejez.


Ana Clavel. Ciudad de México, 1961. Maestra en letras latinoamericanas por la UNAM. Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional por Las Violetas son flores del deseo (traducida al francés y árabe) y Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska 2013 por Las ninfas a veces sonríen (traducida al francés). Sus novelas Los deseos y su sombra, Cuerpo náufrago y Breve tratado del corazón se tradujeron al inglés por Aliform Publishing. Autora de los ensayos A la sombra de los deseos en flor y Territorio Lolita. Legenda Books publicó el libro de Jane Lavery: The Art of Ana Clavel (Oxford, 2015). Premio Mazatlán de Literatura 2026 por Autobiografía de la piel (Alfaguara 2025).


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