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  • María Negroni

Jardín de agua


Claude Monet (1840-1926), pintor y jardinero. Imagen tomada del libro Claude Monet, les Nympheas, de Georges Clémenceau § Cortesía BnF.



Su carrera, que empieza como caricaturista en El Havre, encuentra pronto un único tema: la luz. Sus cuadros son prismas para disociar ese misterio que se enreda y desenreda ante sus ojos, cada vez que decide pintar una marina, un haz de heno, una estación de tren o incluso la catedral de Ruan.

En algún momento, hastiado de los rechazos del Salón oficial, decide exponer con un grupo de amigos en el atelier del fotógrafo Nadar. Un crítico sarcástico ve su cuadro Impresión, sol naciente y se ensaña con él y con la muestra en general. Así nacen los impresionistas. Y con ellos la modernidad, con su registro de la sensación y del instante, su promoción de la forma en desmedro de los grandes temas, mitológicos o históricos.

Los años pasan en medio de una producción alucinante.

Lleva décadas pintando, persiguiendo algo que se le escapa.

«Soy muy infeliz—dice en una carta de 1886— no tengo ganas de hacer nada: el pintor ha muerto en mí, me queda sólo un cerebro enfermo».

La vida le ha dado, sin embargo, su ración de alegrías e infortunios: la juventud y la fiebre de la belle époque, las exposiciones universales y las penurias económicas, los hijos y los viajes, también la pérdida amorosa y la arbitrariedad del reconocimiento (o falta de reconocimiento) que recibe como artista.

En 1890 se instala en Giverny. Tiene ochenta años. La casa, donde aloja a su familia, es enorme; la paulatina pérdida de la visión también.

Desesperado, hace abrir un canal artificial en un pequeño río que corre cerca de la propiedad lleva el agua a su jardín, construyendo un estanque que después adornará con nenúfares y un puente japonés.

Ha soñado y pintado ese jardín de ninfeas mucho antes de que exista.

La naturaleza, una vez más, imita el arte.

Las ninfeas, llamadas rosas de amor o higos de agua, son flores decadentes que remiten a los poemas de Mallarmé y a los preludios de Debussy, También son seres ligados a los silfos, las ondinas, los pigmeos, los gnomos y las salamandras, La palabra proviene del griego nymphé que significa 'divinidad de las fuentes' y también 'novia recién casada'.

A estos misterios del agua que la sombra viste y el sol desnuda se los ha llamado el canto del cisne de Claude Monet: la búsqueda de un todo sin fin y sin orillas, capaz de abrir un surco en otro reino.

Las Grandes decoraciones fueron donadas al Estado francés en 1918 y hoy se encuentran expuestas en las salas ovaladas de la Orangerie de París.



** Agradecemos a los editores y a la autora la autorización para compartirles el presente texto, tomado del libro La idea natural (Acantilado, 2024).



María Negroni es una escritora, traductora, profesora argentina. Ha publicado decenas de libros de poesía (Arte y Fuga, Islandia, Andanza, Interludio en Berlín, Exilium, Archivo Dickinson, Oratorio, entre otros), ficción (El sueño de Úrsula, La Anunciación y El corazón del daño) y ensayo (Museo Negro, Galería Fantástica, Pequeño Mundo Ilustrado, El arte del error, entre otros).


 

En el Museo de la Orangerie, puede leer la historia del ciclo de los Nenúfares. También puede ver imágenes originales y planos del proyecto original en el artículo "Le Clos Normand y el Jardín del Agua", publicado en en el sitio Giverny Autrefois. Además, este año se celebra a los impresionistas en el Museo de Orsay:





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