Elogio a quien pretende enseñar
- Carlos Rocha Gutiérrez
- hace 1 día
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El primer día en el aula, los maestros suelen escribir un nombre propio, el título de la materia o una frase en el pizarrón. Pueden empezar su clase con una anécdota, una pregunta o la anunciación del objetivo. La noche anterior, o hasta minutos antes, han pensado cómo van a presentar su tema, qué van a decir, o cómo se van a acercar a los universos de otras personas. Horas invisibles antecedieron para organizar los contenidos, imaginar la mejor manera de iniciar la sesión y propiciar ciertos acercamientos a preguntas que quizás no tengan respuesta. En torno a un pupitre, el maestro y la maestra existen. De carne y hueso. Atraviesan desencantos, alegrías, las vivencias cotidianas. Se encuentran con estudiantes que pasan por problemas o inquietudes propias.
Jorge Larrosa escribe que la experiencia no es lo que pasa, sino lo que nos pasa. Es decir, más allá de que los sucesos nos rodeen, somos parte de algo que nos cimbra y nos mueve, nos conmueve.
En el aula, con los astros correctos, la clase es una suerte de comunión laica. La relación maestro-alumno, más allá de ser un periodo o una situación en que uno toma un rol frente al otro, es un paréntesis en el cual dos personas establecen “una interrelación de confianza y vulnerabilidad”, como diría George Steiner, pero también de escucha, compromiso y respeto.
Es importante recordar que este vínculo no es sólo académico, ni se limita a las aulas. Diariamente, vivimos situaciones en las cuales podemos dialogar, compartirnos al otro, y gracias a esas resistencias frente al individualismo es que, de una u otra forma, podemos constituirnos, cuestionarnos, aprender algo. La relación maestro-alumno se nutre, cultiva y florece. De tal manera, no basta con establecer un contexto específico para el aprendizaje, sino de arbolar un sostenimiento continuado que perdura más allá de un curso o un grado académico.
Los maestros establecen un compromiso con el niño, la niña, el joven, quien sea. Realizan una apuesta a futuro, es decir, la construcción de algo que debe ir más allá de uno mismo. Establecer cimientos. Sembrar entusiasmos. Edificar condiciones de posibilidad, de escucha o de valores quizá en una currícula oculta. Ante la inmediatez, la apuesta por la lentitud y la pausa. Ante el enfoque en el resultado, el énfasis en el proceso como una senda que no necesariamente tiene una resolución.

El conocimiento se construye desde diferentes saberes que provienen no sólo del aula ni de las figuras de autoridad, y el maestro necesita reconocerse ignorante, como alude Jacques Rancière. Gracias a la horizontalidad, podemos vislumbrar caminos distintos a los recorridos. Esa confrontación y ese juego delinean otros encuadres, otras zonas. Por ello, no se trata de poner sobre un pedestal o de otorgar aureolas para volver de cemento aquello que no puede serlo. Los actos son movimientos, experiencias, y es a través de la circulación que se respeta la vida, se vitaliza lo inerte, dejamos de cosificar como pide Rita Laura Segato, y permitimos al sujeto la posibilidad de moverse, dudar, sentir, estar.
Ya advertía Steiner sobre la imposibilidad radical y absoluta (y por ello hermosa) de poder enseñar algo. En una comunicación mutua y constante, en esta aula imaginada e imaginaria en que el maestro o la maestra imparten su lección fuera del tiempo, escuchan las inquietudes y entran al salón a pesar de las precarizaciones o las asfixias del sistema, buscamos ese vínculo sinérgico, esa responsabilidad común. Una aspiración.

Elogio a los maestros y maestras que encuentran vías para compartir un destello o guiar un proceso. Esas personas que perseveran ante los obstáculos de dividirse entre múltiples individualidades, buscan la novedad y el gancho mágico, sin perder el rigor. Esas que persiguen mantener actualizado el programa, aun a costa de las inercias aprendidas; que no paran de cuestionarse sobre el oficio ni de asumir la curiosidad y el asombro. Esas que, conscientes de los malos ejemplos y ciertas herencias culturales, deciden qué tipo de maestro no quieren ser. Esas que propician la circulación de los saberes y sentires presentes en el aula, devuelven los dones recibidos: una estrategia conversada con un colega, un hechizo didáctico visto en otro curso. Esas que parten de la escucha, la disciplina, la atención, la ternura y la flexibilidad; que conjugan pares imposibles como la sabiduría para callar y el esfuerzo para no claudicar.
En fin, aquellas personas que, contra todo pronóstico o prescripción o fatalismo, deciden no resignarse.
Paulo Freire hablaba de la pedagogía del oprimido como una posibilidad horizontal, ligada al contexto y cimentada en el diálogo. Un maestro o maestra se asume parte de una línea, de un linaje, y está consciente de que su labor reposa dentro de círculos concéntricos: el aula, la escuela, el sistema educativo, el contexto, la sociedad, incluso la época. Cada círculo con matices entrelazados entre sí. Sabemos que hay que cumplir programas, evaluaciones, resultados y, más allá de ellos, el espacio del aula o la convivencia se vuelven un refugio donde nos pasan cosas que exceden lo obligatorio y se adentran en la experiencia humana.

Desde la imposibilidad de enseñar, y la encrucijada que se presenta siempre en el ámbito docente, admiro a aquellas personas que buscan convertirse en aquel maestro que les hubiera gustado tener. Esas que no tratan de desenmarañar ciertos misterios sino dejarlos lívidos, incandescentes y dispuestos a otros ángulos de acercamiento. Desde la humilde pretensión de compartir, creen en la negociación, la complicidad y el espacio común. “Multiplicar las preguntas, sin pretender llegar jamás al territorio seguro de las respuestas, es, paradójicamente, la única manera, apasionada y entusiasta, de avanzar”, dice Mercedes Calvo.
El título de “Maestro” o “Maestra” no es estático ni un cúmulo de conocimientos, sino una postura, una manera de habitar el mundo. Con la labor del día a día se mantiene, se diluye o se pierde. La relación de alumno-docente se construye desde la base de esa “interrelación de confianza y vulnerabilidad”, la capacidad y disposición de sabernos humanos. Vulnerabilidad como la capacidad de ser vulnerables. Confianza para respetarnos y retarnos. Pero también afecto como la capacidad de afectarnos.
Una de las virtudes más interesantes de un maestro es ser capaz de enseñarnos la duda suficiente para cuestionar las cosas predicadas: prácticas, posturas o pensamientos totemizados, que, de una u otra forma, podemos disolver en su momento. Por ello, algunos maestros nos reservan también el regalo de la orfandad. El maestro o la maestra desaparecen, pero, si se sembró una semilla, puede ser que, pasado un tiempo, ya sin siquiera recordar el nombre de quien nos lo enseñó, podamos recurrir a ciertas enseñanzas, posibilidades, preguntas o deseos en nuestras propias vidas.
A cada quien corresponde reconocer ciertas lealtades y gratitudes. A pesar de que los afectos puedan haberse modificado ante las mareas del tiempo y de nuestros propios ritmos de vida, nos toca moldear un espacio propio, en el cual ya no necesitamos del maestro, y aun así algo permanece.
La clase, el curso, el texto concluyen. Los alumnos toman sus enseres y sus preguntas. El maestro o la maestra apagan la luz del aula, se van a otra parte. A veces, las circunstancias se constelan para que ocurran ciertos milagros.

Al recibir el Nobel de Literatura en 1957, un niño rebelde de Argel escribió una carta de agradecimiento para su maestro de primaria: “Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto”. En la respuesta a Albert Camus, que se cita poco, Louis Germain mencionaba que ni sus hijos le habían manifestado tanto cariño: “En resumen, considero escaso mi mérito y grande el tuyo”.
Un vínculo de enseñanza, respeto y admiración mutua.
Carlos Rocha Gutiérrez (Aguascalientes, 1995)
Escritor, traductor, ensayista. Ha dedicado gran parte de su carrera al estudio de las artes escénicas y la literatura. Su recorrido académico incluye una licenciatura en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA), una especialización en Políticas Culturales y Gestión Cultural por la UAM-Iztapalapa, y una maestría en Estudios Culturales de América Latina por la Universidad de Buenos Aires. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas.

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