Renata y los libros
- Maia F. Miret
- 27 feb
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 19 mar

La vida con Renata es un constante juego de adivinanzas. Nació hace 23 años con parálisis cerebral, y nunca ha dicho una sola palabra. Eso no quiere decir que no se comunique, aunque sus medios son o totalmente concretos o totalmente crípticos. Nos lleva de la mano hacia el vestido que quiere (a veces insiste en dormir con uno sobre la pijama) o sufre accesos de furia que tal vez sean hambre, sueño, frío, dolor de barriga o aburrimiento y cosas que ella misma no debe entender. No usa tableros de comunicación en los que podría indicar si tiene sed o sueño; su intención comunicativa, como la llaman los psicólogos, es irregular y accidentada, aunque no totalmente ajena a los símbolos, porque reconoce las letras, los números, los colores.
Sabemos poquísimo de su vida interior, más allá de unos pocos indicios: adora los probadores de las tiendas y tolera los restaurantes, pero sólo un rato; la música triste la conmueve hasta un llanto de tristeza que es distinto de los demás, y los otros chicos la dejan indiferente. Últimamente tiene sueños que la hacen despertar desconsolada. Su relación con los objetos es apasionada y misteriosa. Disfruta las texturas de las bolsas de plástico y de los resortes de juguete; los pequeños objetos de silicón parecen producirle un efecto hipnótico, que termina cuando insiste en introducir uno demasiado grande en otro demasiado pequeño. Entre estas aficiones están, siempre han estado, los libros.
El día que supimos su diagnóstico volví a casa pensando que el tiempo se había detenido. El futuro de Renata acababa de volverse inimaginable: no había en mi experiencia, nada que me permitiera concebir la suya, y la forma de su vida se había convertido de un plumazo en un secreto. Pero ese día, desde la habitación contigua desde la que pensaba en las posibilidades que se habían cerrado con la noticia, comenzó a oírse el sonido dulce de un libro de juguete que había sujetado a su cuna y cuyas páginas crujían o hacían música al pasarlas. Algo había adentro, entonces, que yo podía tocar. No todo se había acabado.

En una familia de editores, y de editores de libros para niños, además, es natural que mi casa estuviera rebosante de libros, infantiles y no. En cada habitación hay libreros de piso a techo débilmente organizados por tema y dueño, y en los que terminan por quedar intercalados objetos de toda índole. Con el tiempo Renata aprendió a gatear y a usar las manos lo suficiente para asir y manipular esos libros, y después, mediante maniobras poco típicas, a vestirse a medias y preparar por completo y religiosamente su lonchera todos los días. Como remate de estas preparaciones llega el momento de seleccionar el título que irá con ella a la escuela, y de tratar de introducirlo y cerrarla, a pesar de que, como ya vimos, su idea de las escalas es excéntrica. Para ese momento ya vamos tarde, pero no hay caso: la escena no se puede acelerar.
Esos títulos que transportamos incluyen de todo. Viejos tomos de Inodoro Pereyra, la historieta de Fontanarrosa que me regaló durante mucho tiempo su editor y querido amigo Daniel Divinsky, y que me resisto a sacar de su alcance a pesar de que son un tesoro. Los aflautados libritos de una colección que hace años escribió un amiga y editaron otras; también un tesoro (éste al menos más flexible). Un libro en francés para contar que decididamente no hay manera de introducir en el estrecho espacio de la lonchera, y libros indios hechos a mano en papel artesanal y fragilísimo. A veces novelas y filosofía, porque de lo que se trata es de llevar libros a la escuela, aunque sea la única alumna que haga esta operación y por lo demás no haya allí libros de texto ni biblioteca. Tampoco insiste en que Gamaliel, su maestro consentido, lea el libro que transportó cada día con esas voces tan graciosas que hace y que la hacen descuajarse de risa con tan sólo recordárselas. Son amuletos, pertenecen a ese camino, del mismo modo que con los libros bajo el brazo todo el reino animal los lleva a la escuela en la canción de Cri-Cri. A media tarde vuelven, intactos, dentro de la mochila, en el mismo acto de contorsionismo que unas horas antes.
Durante mucho tiempo, y hasta que ya no pudo salvarse la encuadernación, El dragón blanco y otros personajes olvidados de Adolfo Córdova (¡un libro en pasta dura!) tuvo que estar a la mano en todos los paseos, como lectura ocasional en las noches, claro, pero también como elemento permanente en su séquito de cosas atesoradas. Otros libros pertenecen a su habitación y a los momentos de intimidad, cuando ya están gestionadas las terapias, los baños y terminó la hora del ritual diario de doblar la ropa. Entonces sale del librero No tengo sueño y no quiero irme a la cama, de Lauren Child, y uno más improbable: el King Kong ilustrador por Anthony Browne, que nunca he sabido por qué le produce tal fascinación. El libro experimental de una amiga artista que no son más que muchas camisas de títulos inventados, de todos tamaños e introducidos unos dentro de otros. Una pequeña colección de ensayo que coordino, impresa a tres tintas. ¡Ñam!, un libro ilustrador de gran formato y difícil de leer en lugares como una camita baja. Los libros de gran formato, por cierto, siempre han sido lo suyo; conservamos una foto de cuando no debía tener más de un año en la que duerme, al sol, sobre las páginas abiertas de un título tan alto como ella.

Y leemos, naturalmente. Renata tolera la primera lectura: observa las páginas con atención, no da señales de estar aburrida o hastiada y se ríe cuando los personajes hacen cosas graciosas —no reacciona ante la osadía o el temor o la aventura, sino al humor—. A veces toca suavemente las páginas con la mano como para hacerse presente físicamente en el acto; cosas concretas, como decía. Luego viene, siempre, la segunda lectura y ser momento de participar. Renata sujeta firmemente algunas páginas y pasa otras sin ver, tal vez para imitar el movimiento o para sentir las texturas lisas, rugosas y afiladas de las hojas. Vuelve a algunas imágenes y pasajes que suelen ser siempre las mismos, de modo que no puede ser un gesto azaroso. A veces toma todas las páginas y llega al final sin ver, como dando carpetazo y poniendo fin a la sesión, sin embargo, esa segunda lectura, que es la suya, no se puede obviar. Entonces puedo dejar el libro en su cama entre sus otros talismanes y es hora de dormir.
No sé qué son los libros para ella. Creció con ellos, como con todo lo demás que pusimos en sus manos y a su alcance. Podrían ser objetos ordinarios, equivalentes a las cajas de cartón y los periódicos que adora o al trilobite de peluche que fue mío, y entonces los manipularía porque están cerca, como un acto de imitación. Pero hay evidencias en contra de esos automatismos.
Para empezar, no suele imitar los gestos adultos y las tareas que decide adoptar son idiosincráticas. Sí a lavar la ropa, no a cualquier cosa que tenga que ver con platos o cubiertos; sí a las bolsas del mandado, definitivamente no a fraternizar con los gatos. Además, le gustan las historias. Desde más sencillas: “Renata, hoy le hiciste una maldad a tu maestra Ernestina cuando escondiste los pinceles” (risas) hasta las más complejas, como El viaje de Chihiro, de Hayo Miyazaki, que hemos visto posiblemente cien veces, tal vez más. Renata se anticipa a los momentos cómicos y tremendos; reconoce a los personajes cuando aparecen en otros lugares, se le iluminan los ojos cuando le señalo a una señora igualita a Lin o jugamos a que contenemos el aliento para cruzar el puente que marca el inicio del viaje hacia el baño de los espíritus. No es sólo reactiva: puede imaginar y no sólo recordar.

Y sabemos bien cuándo accede a hacer tareas para darnos gusto: apenas un gesto y voltear la mirada para indicar que ya fue suficiente de cepillarse el pelo o presionar los botones tan molestos de ese piano de juguete, y ni hablar de concederle un momento a los desconocidos que le hacen arrumacos. Pero nunca, nunca lee para darnos gusto. Todo en su cuerpo, el tono de sus músculos, la coordinación de sus ojos, el ángulo en el que reposa la cabeza sobre el hueco de mi codo, un poco de lado, sugiere que vive un momento distinto a otros. Nunca interrumpe sus lecturas. Jamás deja que su frustración recaiga sobre nuestros volúmenes. Durante largas temporadas insiste en guardar su biblioteca y reacomodarla en ciclos de muchas semanas. Así que podría estar equivocada, pero incluso así, esos libros están en su historia, en sus días, y todos estos años después, sí son parte de lo que el mundo y yo podemos tocar en ella.
Maia F. Miret es editora de libros y revistas de divulgación de la ciencia. Le apasiona la filosofía y el terror y es una lectora irregular pero empedernida.

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