La jardinera y la muerte
- Juan Manuel Aurrecoechea
- hace 13 horas
- 6 Min. de lectura

Tras obtener un doctorado con una tesis sobre historia rusa en la Universidad de Londres, traducir a Chéjov, Pushkin y Lermotov al italiano, dar catedra en la Universidad de Trento y haber escrito el best seller internacional El diario de Lo, en el que le da vuelta a la Lolita de Nabokov, Pia Pera decide abandonar la vida académica y se refugia en una finca abandonada en la Toscana para dedicarse a la jardinería. Pero, al fin y al cabo, Pia es, a su pesar, una pensadora, gente de ideas y letras, así que también cultiva la filosofía de la jardinería. En la casa junto al jardín, al tiempo que siembra, poda, abona, cuida y estudia las plantas, escribe varios libros sobre la materia, como El huerto de la holganza o Las virtudes del huerto.
Una tarde de otoño Pia deambula por una librería de Mantua. La atrae un pequeño libro. Se trata de Poemas religiosos, de Emily Dickinson. Lo abre y lee el Poema 50. Fue una revelación, escribirá más tarde. En su poema, la estadounidense parece avergonzada porque se sabe destinada a la tumba: no quiere que lo sepan ni las abejas ni las colinas ni los bosques por lo que ha paseado, ni los escaparates de la calle que la reflejan… ni su jardín. Sabe que algún día los dejará y les pide perdón. Se recrimina porque tendrá la desfachatez de morir siendo tan tímida y tan ignorante. A Pia le parece que el poema muestra una actitud revolucionaria ante la muerte, que invierte el punto de vista al preocuparse por “lo que supondrá nuestra muerte, no para nosotros, sino para los demás”.
Casa de Pia Pera en la Toscana
Lo que Pia no sabe la tarde en que descubre el poema de Dickinson es que pronto será diagnostica de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) y que le queda poco tiempo de vida. En el momento del diagnóstico tiene sesenta años y hasta entonces se definía a sí misma como jardinera y escritora. Pero, como ella cuenta: “cuando se trata de morir, el jardinero deja de ser jardinero. El escritor deja de ser escritor. Quizá cuando se trata de morir, tomamos conciencia de que somos indefinidos.” Decide “no consumirse en la vana búsqueda de una cura y escribir un libro que titulará “El jardinero y la muerte”, así, en masculino. Será una especie de diario, sin fechas… en el que contará como vive la enfermedad. El libro terminará titulándose Aún no se lo he dicho a mi jardín, como decía la primera línea del poema de Emily Dickinson que descubrió en la librería de Mantua.
A la jardinera, le inquieta lo qué sucederá con el jardín que ha cultivado cuando le falten sus cuidados. “Quizá –se pregunta– ese jazmín crea que nunca faltará la mano que lo riega, que arranca las hierbas robustas que podrían asfixiarlo, que esparce las hojas muertas que protegen y conservan la humedad de sus raíces”.
Su relación con el jardín siempre ha sido contradictoria. Pia es una jardinera a la que le gusta pensar que apenas interviene en el vergel que rodea su casa, pero al tiempo que disfruta la germinación de las hierbas silvestres que traen el viento y los pájaros, siembra semillas antiguas recuperadas de un banco botánico de Londres, diseña senderos para pasear entre los setos y las arboladas y dedica horas al cuidado de las florecillas más delicadas. “Estaba acostumbrada a fingir conmigo misma, como si aquel no fuera, en el fondo, un sitio en el que yo había decidido muchas cosas, incluido su aparente abandono. Me gustaba ir casi a hurtadillas, siempre con la expectación de ver qué me tenía reservado. Como si pudiera no saberlo; como si no fuera yo la que, de alguna manera, lo había creado.”
Antes de enterarse de su enfermedad terminal ha creado un jardín “esperando que la creación tomará las cosas por su cuenta” y, maravillada con las sorpresas que le daban las plantas al florecer y crecer, ahora se da cuenta que el jardín depende de los cuidados que muy pronto será incapaz de proporcionarle. Se pregunta qué somos, no para nosotros, sino para otros seres. “¿Engañamos a las plantas con nuestra presencia para, tarde o temprano, abandonarlas?”, se interroga. La enfermedad la hace identificarse con una planta que se seca. “Como un árbol estaba marchitándome.”
Aún no se lo he dicho a mi jardín deambula entre la aceptación y la rabia. Pia ama la vida y, aunque intenta aceptar la naturalidad de la muerte, es una rebelde.
Escrito a la manera de un diario vemos cómo sus sentimientos e ideas sobre la vida, la naturaleza y la muerte van transformándose, incluso contradiciéndose, peleado entre ellas a lo largo del libro. Suplica “que el día no acabe, que no caiga la noche”; le da las gracias a una “planta que florece después de seis años de negarse a ello”; recuerda lo feliz que era cuando andaba en bicicleta o la lástima que sentía por la gente que tenía que recurrir a un taxi o al transporte público en lugar andar a pie; le maravilla ver caer un aguacero; consigna el momento en que ya puede tomar una ducha sola; le cuesta confesar que tiene miedo, “mucho miedo”; le apena la idea de morir “en un mundo tan bonito”. Y aunque sigue trabajando en el jardín mientras sus fuerzas se lo permiten siente que ahora es el jardín quien cuida de ella; a ratos le ofenden la vitalidad y la belleza de un mundo que no considera su enfermedad; toma cursillos del bien morir que termina detestando. Ver amigos le abruma, envidia su vitalidad y detesta la conmiseración. Se identifica con el cineasta Derek Jarman, que sabiéndose condenado a muerte por el SIDA dedica sus últimos días a la jardinería en un terreno contiguo a una planta nuclear. Busca consuelo tranquilizador en la filosofía y escribe sentencias como “estoy convencida de que es aquí, en esta tierra, donde tenemos la única oportunidad de experimentar eso que con cierta pompa se define como eternidad” o “hay una forma de más allá que existe, se encuentra en nuestro interior” o “al fin y al cabo venimos de la nada: pase lo que pase, ha sido un milagro que podamos asomarnos al mundo, al menos este rato.”
Necesita desesperadamente explicarse lo que pasa y sobre todo por qué le pasa a ella. Intenta infructuosamente aceptar su enfermedad y su condena; busca respuestas en la filosofía, la razón, el esoterismo, el misticismo…; se pregunta si la enfermedad es su culpa, la somatización de un conflicto. Se rebela inútilmente contra su propio racionalismo, quisiera ser religiosa –escribe–, no saber; como las plantas del jardín vivir sin conciencia de la muerte, o mejor aún sin conciencia.
La jardinera lucha por todos los medios contra el ELA: recurre a la alopatía, a la acupuntura, a la medicina ayurbeda, al quigong, a las yerbas chinas, a la contaminación electromagnética, a una dieta a base de mortadela o a un tratamiento que busca reparar un supuesto daño en la interfaz entre sus dimensiones etérea-astral y la física. Lo intenta todo. “Está claro que los enfermos sin cura son los más crédulos –escribe–, los más dispuestos a probar cualquier cosa.” Es una escéptica que espera un milagro, admira su capacidad para dejarse sugestionar. Se somete “a la corrosión de mi propia critica.” Se burla de una amiga que le dice que una actitud positiva y escuchar a ABBA le puede salvar la vida y sin embargo escucha al conjunto musical sueco. Hay momentos en que me resulta difícil seguir leyéndola y me dan ganas de escapar de su libro, como difícil resulta permanecer mucho tiempo al lado de un enfermo o enferma terminal a quien queremos.

Pia Pera en su jardín
Pia Pera, se resiste a terminar su libro, porque entonces no le quedará más que morir. Y sin embargo lo termina, y lo termina citando el poema de R. L. Stevenson en el que un niño se queja:
Y ¿no os parece muy injusto
que con este cielo azul y puro
cuando jugaría de buen grado
tenga que irme a la cama tan temprano?
Juan Manuel Aurrecoechea es historiador y estudioso de la imagen, la caricatura, la historieta, la fotografía y el cine. Fue becario de la fundación Guggenheim en 2009. Actualmente dirige la catalogación de la colección de historieta mexicana de la Hemeroteca Nacional y es coordinador del sitio web www.pepines.unam.mx








