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El libro que salvó al mundo

  • Alejandro Castillejo Cuéllar
  • 16 ene
  • 8 Min. de lectura


Alejandro Magno mandando guardar los libros de Homero: Cortesía de la Biblioteca Nacional de España


¿qué sentido tiene retornar al lugar donde nunca se ha estado 

pero del cual jamás he salido?”


Antes de practicarse una eutanasia, conversamos varias veces con mi papá acerca del valor de los libros en un mundo donde el documento digital reinaba. En sus últimos años, había decidido retomar autores “pasados de moda” para el mundo universitario, el de los índices de citación. Él era un historiador interesado en el psicoanálisis y la literatura europea, y profesor de la Universidad Nacional, donde por cosas de la vida terminé estudiando antropología. Cuando llegó la pandemia en el 2020 y el cáncer recayó, decidió irse con dignidad. Siempre estuvo en el borde externo del mundo académico donde quizás —en algún sentido espiritual— se es más libre. Creo que heredé parte de ese espíritu.


Una mañana me llama por teléfono, 


—Mijo, mañana pasa el tren. 

—¡Ah, bueno pa, espérame en la estación!


De la serie Donde el cielo y la tierra se unen  de César David Martínez- Cortesía del artista.
De la serie Donde el cielo y la tierra se unen de César David Martínez- Cortesía del artista.

Siempre hablamos de la muerte con mucha tranquilidad, y siempre estuve de acuerdo con esa decisión, que de hecho agradecí. Creo que en algún punto de la vida, levantar la mano contra uno mismo es un derecho, pero también es un tsunami. Es válido agotarse con la vida que se tiene. Diría que sin la idea del suicidio (otros le llamarían la muerte voluntaria) la vida sería invivible. 


Aquel día nos despedimos tranquilamente, hasta me pude quitar el tapabocas. Hablamos de algunas pocas cosas pendientes, me recomendó otras. 


—“Las cafeterías nos van a extrañar”, le dije con cierto tono humorístico, “después de tantos años (…)” 


Me refería al hecho de que durante décadas utilizamos tres cafeterías de un centro comercial en Bogotá como “oficina”, donde conversábamos y compartíamos lo que leíamos.


Pareciera que los libros que en algún momento pensábamos que eran importantes se aglutinan hoy en librerías de segunda, acumulando polvo, cuando no son enviados a la trituradora, como relata el escritor checo Bohumil Hrabal en Una soledad demasiado ruidosa. Desde una percepción más generacional, tiene uno la sensación de que estos objetos han ido perdiendo centralidad en la vida, aunque tengamos miles de PDFs que jamás leeremos en el computador o que el “mercado” aparentemente sea más grande y menos elitista que hace algunos años.    

 

Los hábitos de lectura y consumo cambian, los soportes técnicos se transforman, los ritmos de la vida se aceleran. 


[Tuve un amigo que me sugirió un día, al verme atrapado en la escritura del último tomo de una trilogía, que le delegara el trabajo a la inteligencia artificial para que escribiera como yo.]   


Le conté de la reedición de un relato que escribí sobre La Biblioteca Familiar en una revista local, nacido de un recuerdo de infancia, cuando miembros de las fuerzas militares allanaron nuestro apartamento. En el fondo, si uno hace una arqueología de su biblioteca, o una semiótica, emerge una forma del relato, una materialización de la memoria, una sublimación de la vida. 


[Recuerdo que durante muchos años, solo habían dos lugares en los que me sentía resguardado: entre la curiosidad de los libros y subido a los árboles.]


Él ya había leído el texto, y lo habíamos discutido: sobre el recuerdo de la Tricontinental, sobre los acontecimientos históricos que habían presenciado junto con mi mamá, las Declaraciones de La Habana y mi nacimiento, las fotos con Ernesto Guevara, y el hecho de recordar que la lectura (o el libro) le había permitido vivir, e incluso lo había salvado. 


—“¿Ves? El libro puede salvar al mundo”, le insistí, en alguna conversación en el Café Latino. 


El comentario no era gratuito. Tengo claro que también hay en la historia muchos libros que no salvan la vida, sino que junto a sus intérpretes, la sumen a la más oscura de las profundidades, justificando incluso la negación radical de otros.


Raudal del Jirijirimo de César David Martínez, Cortesía del artista.
Raudal del Jirijirimo de César David Martínez, Cortesía del artista.

*


En el interregno que constituyen sus últimos meses, quedé con la intención de contarle que había encontrado al alguien a quien el libro también le había salvado la vida, literalmente. 



**


Conocí a M en una Caravana por la Paz hace varios años. Recorrimos, con un conjunto de colegas activistas latinoamericanos, varios departamentos colombianos con el objeto de visitar organizaciones juveniles y visibilizar la compleja situación de violencia que vivían estos chicos y chicas por efectos de la llamada guerra contra las drogas y el conflicto armado. 


Violencias sistémicas que se alimentan unas con otras. 


Ya en sus treintas, él era una aficionado a los escritores griegos de la antigüedad, cuestión que me pareció una bonita sorpresa. Venía de un barrio muy pobre con fama de descuartizadero en una ciudad intermedia de Afro-Colombia. Era una época compleja, porque en esa región se hablaba de “casas de pique”, donde bandas criminales “picaban” personas como parte de sus operaciones de terror. Gubernamentalidad por terror, le llamé a eso. 


Desde pequeño adquirido un interés peculiar por las estrellas. Me contaba de su padre, que era albañil y maestro de obra, cuando lo llevaba al trabajo a ayudarle. Cuando les cogía la noche, se “distraía” mirando la bóveda celeste, tratando de entender el mapa del universo. 


“Quería ser cosmólogo”, me dijo un día con su rostro congelado y a veces inexpresivo.


Yo le conté entonces de un relato que escribía por esos días sobre La Muerte del Principito, que no mucho después publiqué en la misma revista cultural. En un mundo sin estrellas, como el mundo de las ciudades donde la capa lumínica desaparece el cielo de la vista, la figura del niño de la capa azul sería impensable. 


No me imagino una vida sin El Principito



De la serie Campesinos de Colombia,  César David Martínez, cortesía del artista.
De la serie Campesinos de Colombia, César David Martínez, cortesía del artista.

Durante nuestras conversaciones se adentraba en elucubraciones sobre La Republica de Platón, su interpretación de la caverna, o alguna inscripción recóndita de Heráclito [que indefectiblemente pronunciaba con un acento fuerte en la i latina] y Demóstenes. Sus opiniones sobre Ulises y el acto de perderse en el retorno tuvieron un eco en mi propia existencia. 


Del escepticismo a la duda, y finalmente a la admiración, descubro al final un poeta escondido, recóndito, enfurecido —con toda razón—con la vida, entre niño y viejo.   


Me acordó del joven Rimbaud, montado en su Barco Ebrio. 


Le conté entonces la historia del chico, que no había cumplido 17 años cuando abandonaría la poesía para vender armas en Abisinia, según cuenta la bella biografía de Enid Starkie. Sin terminar siquiera la primaría, M abandonó muy joven a su padre albañil, y terminó trasegando por el país, al punto de volverse “raspachín” o raspador de hoja de coca en el Departamento del Meta, y casi reclutado por la guerrilla. Entre otros oficios, con el tiempo se hizo atracador o ladrón de buses, usando armas que escondía debajo de un gabán que cubría su gran estatura y robustez corporal. 


También estuvo “metido” en el bazuco, droga callejera que se prepara con los sobrados del proceso de producción de pasta base de coca de donde sale la cocaína. El hábito se volvió compañía por varios años, y aún recuerda con cierto estupor cuando caía sobre el piso de la calle, o sobre la acera, perdido en su sopor oloroso. Incluso tirado, se quedaba viendo las estrellas de nuevo, pero con nostalgia. 


No quise preguntar más, 


[yo también tuve mi epifanía en una calle del Barrio].


Un día, cuando más hundido en la oscuridad no se podría estar, se despierta de una noche infernal. No recordaba qué había pasado y no sabía cómo había llegado ahí.  Muy mareado, M se acerca a buscar comida en algún recipiente de basura, comunes en la ciudad. Entre las cosas abandonadas halla una biografía tumultuosa de Alejandro Magno, Megas Aléxandros, como me enseñaría a pronunciar mi maestra de griego. Durante las siguientes noche y años se adentró en la obra, en los hechos heroicos y aparentemente increíbles de este personaje histórico.


M tuvo su propia epifanía, o quizás una elucubración, o una alucinación, no sé: 


—“si él pudo hacer eso, yo también puedo”. 


Con el tiempo, M abandonaría la calle, cruzaría el Rubicón de la violencia al otro costado del río, como siempre le dije. Se convertiría por un tiempo en un líder juvenil respetado de la localidad, organizando chicos y chicas en faenas impensables, como cuando recibieron a un Presidente de la República y le organizaron una calle de honor, todos vestidos con uniformes hechizos de aqueos y espartanos. 


La poesía se volvería su modo de expresión. 


—“O sea que a usted un libro también le salvo la vida”. Le conté entonces las conversaciones con mi padre. 


De la serie Campesinos de Colombia, César David Martínez. cortesía del artista.
De la serie Campesinos de Colombia, César David Martínez. cortesía del artista.

Cruzar el Rubicón de la violencia es complejo. Durante los meses que continuamos con nuestras esporádicas conversaciones, flaqueaba. Era claro que no había vuelta atrás, aunque los trabajos no le funcionaban o sencillamente no existían; en su cuerpo se aglutinaban todas las capas de violencia, todas las formas de segregación.


 Un día me dijo que el problema no era cruzar ese rio imaginario aunque literal, sino encontrarse con una planicie desolada al otro lado.  


Como en toda vida hecha de rupturas, M continuó su camino.

 

[Me quedé con su permiso de contar, pero me recriminó que haya sido parte de la Comisión de la Verdad.]


***


Quise contarle a mi viejo que había encontrado otro sobreviviente, u otro rescatado de las entrañas de la tierra, decirle 


—“¿Pa, ves que no todo estaba perdido?.” 


No alcancé a decírselo cuando ya se había ido. 


****


Fueron unos años después, para la Comisión de la Verdad de Colombia, cuando trabajé en el libro más ambicioso que se haya escrito sobre la memoria en Colombia, Cuando los Pájaros no Cantaban


Tejer las historias del dolor sufrido con las historias de dolor infligido es un acto casi quijotesco. 


De casi catorce mil largas entrevistas logramos desenmarañar más de dos centenares de “historias dentro de historias”, creando un tejido afectivo y conectivo, quizás incluso una memoria “coyuntiva”, no disyuntiva.


Como cualquier libro sagrado, a él se puede retornar durante ésta o en tránsito a la otra vida, para encontrar un destello nuevo. A fin de cuentas, incluso en las experiencias más inmediatas e “irrelevantes” de la vida diaria habitan saberes profundos y crípticos: 


Al leerlo (en voz baja pero también en voz alta), se lee lo radicalmente otro, como si fuera una posesión espectral:


[Leer en voz alta lo que no se ha leído,

a quien no se ha conocido,

con quien no se ha hablado.


Leer lo radicalmente Otro.


Es como leer el atardecer en su dramatismo,

como persiguiendo segundos

antes de que desaparezca en la ansiedad de lo transitorio,

de lo que ilumina pero que ya no está,

quizás de lo que no ha estado jamás.


Cada instante es como una hilacha que se deshilvana

y se deshace.


Me apropio de sus segundos,

de las palabras que le pongo en la boca a quien ya no grita,

como un loco poseído

en un cuerpo prestado.]


El vuelo de Ícaro, César David Martínez, cortesía del artista.
El vuelo de Ícaro, César David Martínez, cortesía del artista.

Con la convicción profunda de profeta sin túnica, un loco sin nombre, o un místico sin flauta, salí literalmente a hacer lo aparentemente imposible: 


a andar y leer de pueblo en pueblo las páginas de este objeto-libro, acompañado de los Murmullos de los ríos y de las selvas


[entre lo audible y lo inaudible].


Leímos entre montañas y ciudades, en español y en muchas otras lenguas, algunas de ellas no humanas, como el sonido originario que dio origen al cosmos. 


En una ocasión, junto con abuelos y abuelas que deambulan en otras cosmologías, le leímos a las estrellas, y en otras incluso al vacío y al silencio —que no es lo mismo que la ausencia. 


Más aún, alguna vez los muertos y los desaparecidos —los nuestros y los ajenos— también nos escucharon, y no en pocas ocasiones lo hicimos en coro con las entidades del bosque, los espíritus de la selva, y los invisibles del monte. 


*****


Leer lo radicalmente otro.


Las lecturas fueron un gesto poético, un fuego ritual, una fisura de la vida cotidiana, un momento de communitas en los lugares que la muerte había colonizado.


Quizás este sea otro libro en esa biblioteca imaginaria, hecha de letras y jeroglíficos, de historias que se han leído mucho pero que nunca se han leído, y quizás que salvaron al mundo. 



[Silencio.] 


Alejandro Castillejo es narrador de las violencias y las memorias en África y América Latina. Explorador y artesano sonoro. Ex comisionado de las Comisión de la Verdad de Colombia. Profesor Universidad de los Andes, Colombia.




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