Más que (o además de) buenos deseos, un anuncio
- Daniel Goldin
- 19 dic 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 19 dic 2025

Bien mirado, al menos tres o cuatro veces en cada siglo alguien anuncia el fin del mundo, me recordó un amigo hace unos meses.
Estábamos detenidos en el tráfico en una de esas grandes avenidas del sur de la ciudad de México que algún día fueron ríos. Hace quinientos años, el cauce aquel desembocaba en el hermoso lago en cuyo centro bullía México Tenochtitlan. Ahora, ya cubierto de asfalto, por él sólo corren, en temporada de lluvias, caudales de agua mugrosa y basura, y, todos los días y sus noches, fluyen (o se atoran) miles de autos, motocicletas y camiones con pasajeros, casi siempre, apresurados, y, con frecuencia, furiosos por sentirse atrapados.
A diferencia de muchos de ellos y sin mayor premura, mi amigo y yo conversábamos tranquilos acerca del sombrío horizonte que enfrentamos: brutal y agobiante, de cierta forma también inesperado. Hace unos años nadie podía imaginar que esta voltereta tan grotesca fuera de verdad a acontecer sin aparente resistencia. La crueldad, la violencia y la avaricia han acompañado a los seres humanos siempre. Lo sabemos. Pero la insolencia con la que hoy se justifican es inaudita.
Llevamos siglos luchando por reconocer los derechos universales; décadas construyendo instituciones para resolver conflictos. Conquistas como la igualdad racial o entre los hombres y las mujeres o la educación universal, parecían irreversibles, aunque nunca se hubieran logrado del todo. Por eso despertar cada mañana y escuchar como los poderosos las atacan, ofende y asombra al mismo tiempo. Se ha perdido incluso el pudor: se califica a los refugiados como basura, mientras se pontifica sobre la libertad, sin que eso motive un escándalo. Sorprende e insulta nuestra dignidad. Si, nuestra, la de usted y la mía.

Para los que crecimos con la idea de que nunca más se debían tolerar genocidios, para los muchos que se han dedicado a investigar para advertir las consecuencias de desatender al medio ambiente, para los que trabajamos en el mundo del libro pensando que era alentar la formación de ciudadanos, el inquietante horizonte representa, más que una derrota, un enorme desafío, pues no, definitivamente, no vamos a claudicar. Pero la dificultad es mayúscula, sobre todo si consideramos el esfuerzo que representa retener la atención de los lectores por más de 15 segundos.
La magnitud y complejidad de los problemas que enfrentamos requiere, de manera esencial eso: prestar atención. Un bien esencial para la vida, como el agua. Y, como el agua, hoy en rabiosa disputa. Pero el esfuerzo de prestar atención tiene sus recompensas. Cada día, cada atasco, ofrece una posibilidad de una pequeña victoria, y la suma de ellas constituye una vida valiosa.
A mi amigo y a mí estar atrapados nos dio la oportunidad de atisbar, a un costado de enormes torres de concreto, las desordenadas callejuelas de un antiguo pueblo donde semanas atrás se había celebrado la fiesta del barrio. Las coloridas guirnaldas, aunque un tanto marchitas, nos hablaban de la tenacidad de personas que se niegan cotidianamente a rendirse ante el poder del hierro y el concreto.
Barrios que fueron pueblos resisten, se apropian y resignifican elementos de las culturas que supuestamente anuncian su desaparición. Esas flores nos hablaron de la voluntad de celebrar el milagro de estar vivos, de festejar y recibir a otros. También del ejercicio de una libertad personal y colectiva, que se expresa en cuestiones tan importantes y aparentemente invisibles como decidir en qué gastar tiempo y recursos, por ejemplo.
De pronto la conversación nos condujo a otros lugares, más transitables y frescos, aun cuando el tráfico siguió siendo lento. Respiramos y nos sentimos alegres y ligeros.
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Lo propio del ser humano no es morir ni ser consciente de ello, sino tener la posibilidad de nacer cada día ejerciendo su libertad, en decisiones cotidianas, incluso nimias. Si aceptamos nuestra corresponsabilidad en el estado del mundo, al mismo tiempo reconocemos nuestra posibilidad de construirlo: hacer mundo quiere decir literalmente limpiar, mondar el inmundo territorio en el que vivimos para hacer una morada. Y lo hacemos o, preciso, podemos hacerlo, a cada instante.
Lo propio de abrir un libro es propiciar lo inesperado: poner a prueba la fertilidad dormida, y en pocos meses tendremos muchos miles para que cualquiera de ustedes los lleve a sus hogares.
Hace seis años comenzamos a trabajar para crear una biblioteca pública en el Colegio de las Vizcaínas, la institución educativa que lleva más años trabajando de manera ininterrumpida en el continente americano. Luego vino la pandemia y tuvimos que apostar por nacer a la vida pública en el mundo virtual mientras seguíamos trabajando en abrir un espacio para celebrar la presencialidad, en un espacio cargado de historia que busca enriquecer la conversación pública ofreciendo, entre muchas otras cosas, un acervo cuidado (es decir un tesoro con millones de semillas), y espacios para trabajar, pensar, investigar, conversar, jugar o aprender.

Nos da gusto comunicarles en este mensaje de cierre de año que en pocos meses podremos recibirlos y conocer su rostros y, sobre todo, escucharlos y conversar con ustedes.
En ese terreno, que hace 600 años era un lodazal donde se refugiaban los más desamparados, abriremos las puertas a cualquier persona. Nos regocija saber que usted y muchos otros podrán venir también a descansar y no hacer nada. Tal vez se regalen un momento de atención, a su respiración, a sí mismos, a los otros. Quizá sea esa la mejor vía para darle valor a la palabra. Y para hacer de la conversación (con otros y nosotros) una vía a la vida plena. ¿Acaso no todos tenemos derecho a ella?
Mientras tanto, les deseamos muchas oportunidades de descanso. Nos encontramos por aquí el año próximo.
