• Jorge Larrosa

Lo bello compartido


En el trasfondo de todos los fondos

no hay más que un sentimiento al que llamamos amor.

Y una extraña cualidad a la que llamamos belleza.

(Carlos Fernández Liria)




Ella estaba atenta, concentrada, tan absorta en aquel viento en las hojas que él no se detuvo en el rostro de la mujer, sino que siguió su mirada y se entregó, también él, guiado por la mirada de ella, a ese balanceo de ramas, a ese temblor de verdes. Más tarde descubrió que los ojos de ella eran bellísimos, pero lo que entonces pensó fue que la belleza de la mujer estaba en su forma de mirar la belleza, y fue así como empezó la historia de amor entre ambos. Ella, con él, quería ofrecer todo lo bello que veía, que había visto; y él, con ella, abría los ojos al mundo. Ella nunca decía “soy feliz”, pero a veces decía “qué hermoso”, y entonces tenía ganas de salir corriendo para contárselo a él y traerlo de la mano para que también pudiera admirar toda esa belleza. Él nunca decía “qué bella eres”, pero a veces decía “qué bello es lo que miro contigo”.


Y es que lo bello clama por ser compartido.


Todos conocemos la experiencia. Nada más hermoso que salir a contemplar la floración de los almendros con los amigos, leer despacio unos versos para una persona que se ama o descubrir un paisaje de montaña a unos recién llegados que aún no conocen la región. Lo bello es más bello cuando se nos da con otros: los campos florean más blancos y perfumados, los poemas suenan más precisos y más intensos, los paisajes otoñan con más colores y se abren más amplios y más profundos cuando los gozamos en buena compañía. Todavía más, los amigos, los amores y las compañías lo son precisamente porque se maravillan y se estremecen con las mismas cosas bellas que nosotros. Como si fuera las distintas formas de la belleza compartida las que fundaran algunos de esos diversos “nosotros” con los que constituimos nuestra vida.


Los amigos, los amores y las compañías lo son precisamente porque se maravillan y se estremecen con las mismas cosas bellas que nosotros. Como si fuera las distintas formas de la belleza compartida las que fundaran algunos de esos diversos “nosotros” con los que constituimos nuestra vida.

La dedicatoria de la famosa elegía de Miguel Hernández lo dice con claridad: “en Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería”. No se ha muerto, sino se me ha muerto. Y no a quien tanto quería, sino con quien tanto quería. Al amigo se lo ama porque se ama con él todo lo amable del mundo. Y lo amable del mundo lo es porque lo compartimos con los amigos. Por eso su pérdida es tan nuestra y tan irreparable. Por eso no solo se mueren, sino que se nos mueren, como si nosotros mismos quedáramos disminuidos con esas ausencias dolorosas e incomprensibles. Qué mortecina nos parece, sin él, sin ella, cada principio de febrero, la blancura de los campos; qué apagados están, sin ellos, cada principio de noviembre, los ocres de las laderas; y qué falsa y sin gracia nos parece nuestra voz cuando leemos sólo para nosotros esos versos que amamos. Casi diríamos que lo bello lo es, precisamente, porque lo sentimos con otros.


Es verdad que todos los días nos encontramos con caminantes y con lectores solitarios. Pero muchos escriben sus paseos o sus lecturas con la esperanza de compartirlos con alguien, aunque sea un desconocido, y todos son el anhelo de poder, algún día, caminar o leer con algún otro. Además, ni la senda que recorremos ni los libros que leemos los hemos hecho nosotros. Su misma existencia remite ya a un mundo común que nos precede. Lo bello, podríamos decir, no aparece, sino que comparece, y en ese comparecer revela nuestro ser-en-común (1). En su diario de duelo tras la muerte de su madre, Roland Barthes se lamentaba de ya no poder subir a su apartamento para decirle que ya está aquí la primera nieve del invierno: “nieve, mucha nieve sobre París; es extraño. Ella ya no estará ahí nunca para verla, para que se lo cuente” (2). En realidad, nadie ve a solas la primera nieve. También ahí, en esa suave blancura que nos llega cada año de repente, como una sorpresa, se siente muchísimo la falta de los que no están, y de los que podrían estar. Por eso tenemos tantas ganas de contársela a alguien.





¿Dónde está entonces lo bello? ¿En la rosa, en el que la mira, o en la extraña sensación de comunidad que nos da el contemplar, con las personas que amamos, que hemos amado, o que podríamos amar, la efímera rotundidad de sus pétalos desplegados? La belleza no es objetiva ni subjetiva, ni siquiera intersubjetiva. No es lo bello “en sí”, ni lo bello “para mí”, ni siquiera lo bello “para nosotros” lo que importa. ¿Cómo pensar entonces una experiencia de lo bello que trasciende el yo, y que trasciende también los amigos, los parientes y los amores con los que la compartimos? ¿Cómo pensar una experiencia de la belleza con todos o para todos o, mejor, con cualquiera o para cualquiera? ¿Cómo hacer de lo bello una categoría no sólo estética sino también ética y, sobre todo, política? ¿Sería la belleza uno de los componentes de nuestro ser-en-común? ¿Podría pensarse una relación entre lo bello y lo bueno? ¿Se podría hablar de un derecho a la belleza? Y ese derecho, ¿sería individual o colectivo?


¿Cómo pensar una experiencia de la belleza con todos o para todos o, mejor, con cualquiera o para cualquiera? ¿Cómo hacer de lo bello una categoría no sólo estética sino también ética y, sobre todo, política? ¿Sería la belleza uno de los componentes de nuestro ser-en-común? ¿Podría pensarse una relación entre lo bello y lo bueno? ¿Se podría hablar de un derecho a la belleza? Y ese derecho, ¿sería individual o colectivo?

Cuando decimos que un teorema es verdadero o que una prisión es injusta apelamos a una especie de razón común con pretensiones de universalidad, a la razón pura o a la razón práctica, por decirlo al modo kantiano. Pero ¿a qué instancia apelamos cuando decimos “esto es bello”? ¿cuál es el salto abismal que separa el “me (o nos) gusta” del “es bello”? La respuesta kantiana es que cuando decimos “esto es bello” sentimos que lo podría ser para todo el mundo o, dicho de otro modo, sentimos que eso que sentimos, lo bello, lo sentiríamos también si fuéramos cualquier otro. Lo que dijo Kant es algo así como que la belleza nos hace capaces de sentir en el lugar de cualquier otro y, a eso, lo llama “sentimiento común”, algo que en castellano podríamos llamar “sentido común” o, mejor, “sentido de lo común”. ¿Dependería lo bello de algo así como de un sentido de lo común? ¿No sería la belleza el signo mismo de lo común, del mundo común, de la pertenencia de todos a un mundo común? ¿No sería lo bello lo que reclama, por su misma existencia, el ser compartido? ¿No sería la belleza lo que nos permite salir de nosotros mismos para reconocernos en y con los otros, en todos los otros, con cualquiera? Todas las lecturas políticas de la Crítica del juicio, la obra que Kant consagró a la razón estética, tratan de desarrollar este punto.


En su libro más reciente, Carlos Fernández Liria nombra ese sentimiento político de lo bello con una palabra que no es kantiana, sino que nos viene de la revolución francesa: lo llama “fraternidad”. Lo que sentimos ante lo bello es, en sus propias palabras, “que estamos sintiendo con el corazón del otro, que por nuestras venas circula una misma sangre, que somos consanguíneos con el resto de los seres humanos, es decir, que somos hermanos”. Un poco más adelante, “ante la belleza sentimos que estamos sintiendo con el corazón de todos los otros. Y tenemos así la certeza de que por las venas de la humanidad entera corre la misma sangre. Sentimos lo que Robespierre llamó fraternidad. La libertad y la igualdad no son más que papel mojado sin la fraternidad. Las tres son imprescindibles para levantar el plano de la ciudadanía” (3). Y es que si la verdad nos descubre que somos iguales y la justicia nos dice que somos libres, el sentimiento de la belleza nos hace hermanos. Porque no tenemos más remedio que compartirla o, mejor, porque no sería belleza si no la compartiéramos.


Es verdad que la experiencia de la belleza se nos da a cada uno de un modo singular, que nos encuentra a solas y que nos deja sin palabras. Pero nos da también el impulso de convocar a los otros para que también la sientan y, además, muchísimas ganas de hablar. No porque ante una puesta de sol, ante un cuadro de Goya o a la salida del cine en el que hemos visto una película de Kiarostami se pueda decir nada, sino porque son precisamente esas cosas las que fundan el mundo común (las que lo hacen realmente común) a partir del cual el hablar se hace posible. Fernández Liria lo dice así: “contemplando esa inmensa objetividad que te deja sin palabras, uno recuerda que podemos comunicarnos. ¿Y por qué? Pues porque no somos subjetividades solipsistas e inconmensurables, porque estamos enfrente de un mundo común. No somos intimidades abocadas a hacer piruetas para ponernos en el lugar del otro. El otro y nosotros compartimos el mismo mundo, el que tenemos delante (…). Cuando llega la razón a intentar ponernos de acuerdo, el corazón ya nos ha dicho muchas cosas, las suficientes para que nos entren ganas de hablar entre nosotros”. Lo bello compartido (ese que comparece entre nosotros) sostiene el amor y la amistad. Pero cuando ese compartir y ese comparecer de lo bello incluyen a todos, entonces se abre y se constituye ese mundo común que es condición no sólo del lenguaje sino también de la comunidad humana y, por tanto, de la política. Una política que es anhelo (y exigencia) de libertad y de justicia para todos, desde luego, pero también anhelo de (y combate por) una belleza fraterna, compartida.


Por eso hemos inventado cosas como escuelas, universidades, museos, bibliotecas y jardines (de lectura, arte y conversación): para hacerle un sitio a la belleza cívica, colectiva, política, democrática, pública, republicana, palabreada; para darle un lugar a lo bello común, comunizado y compartido.

Además, de qué nos servirían la verdad y la justicia, la igualdad y la libertad, si no hubiera un mundo bello a defender, a comunizar, a compartir; un mundo en el que el vivir valga la pena; un mundo inapropiable que no puede ser de nadie puesto que nos llama a todos. Es la belleza la que nos ancla a un mundo en el que la blancura de una nieve, la precisión de unos versos, o la amplitud de un horizonte se nos hacen irrenunciables, simplemente porque sentimos que son bellos, que son de todos y que merece la pena defenderlos y compartirlos. Tal vez por eso hemos inventado cosas como escuelas, universidades, museos, bibliotecas y jardines (de lectura, arte y conversación): para hacerle un sitio a la belleza cívica, colectiva, política, democrática, pública, republicana, palabreada; para darle un lugar a lo bello común, comunizado y compartido.


(1) Ver Jean Luc Nancy, La comparution. Paris: Christian Bourgois, 2007.

(2) Roland Barthes, Diario de duelo. México: Siglo XXI, 2009, p. 97.

(3) Carlos Fernández Liria, Sexo y filosofía. El significado del amor. Madrid: Akal, 2020, p. 239.




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