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La gramática de los gatos

  • Cecilia Rébora
  • 17 jul
  • 5 min de lectura

Ilustración de Cecilia Rébora.
Ilustración de Cecilia Rébora.


1.

Durante muchos años pensé que no podía vivir con gatos. Era alérgica:  la sola idea de acariciar uno, implicaba ojos llorosos, estornudos; la sensación de que mi cuerpo rechazaba algo antes siquiera de conocerlo.


Tal vez por eso me intrigaban tanto.


Hay animales que parecen querer gustarnos. Los perros celebran nuestra llegada, obedecen, acompañan. Los gatos, en cambio, conservan siempre una parte inaccesible. Incluso cuando viven dentro de una casa, parecen pertenecer todavía a otro sitio, a la noche, a los tejados. A una dimensión que sólo ellos conocen, y que no tienen ningún interés en explicar.


Son, dicen quienes los conocen bien, los únicos animales que se domesticaron solos. Hace doce mil años, cuando los humanos aprendíamos a sembrar, los gatos se acercaron a los primeros graneros a cazar a los roedores que amenazaban la cosecha. Los seres humanos no los domesticamos. Ellos decidieron quedarse entre nosotros.

Eso explica todo.




2.

Luna llegó cuando mis hijos eran pequeños. Apareció junto al guayabo del patio con apenas cinco semanas de vida. Flaca, silenciosa, diminuta. Se quedó por capricho de mis hijos —o eso creímos.


Ilustración de Cecilia Rébora.
Ilustración de Cecilia Rébora.

Los primeros dos días fue solo un par de ojos dentro de una caja de cartón. No comía. Apenas bebía. Nos preocupamos. Y entonces ocurrió algo que no esperábamos: su madre, una gata callejera, vino a buscarla. La encontró, pero Luna decidió quedarse. No la abandonaron: Ella eligió quedarse en nuestra casa.


Desde ese momento quedó claro quién mandaba. Luna no era la gata de mis hijos, tampoco la mascota de la casa. Fue ella la que decidió que esos humanos confundidos y ese guayabo en el patio valían la pena. 


Nos tocó aprender a convivir con una lógica distinta. 


3.

Aprendimos que un gato no quiere ser cargado cuando uno quiere abrazarlo. Que hay días de absoluta indiferencia y otros en que se trata de dormir exactamente encima de tu libro, tu pecho o tu teclado. Tuvimos que aprender a convivir con sus horarios misteriosos, sus desapariciones breves, su necesidad de observar el mundo desde lugares altos, como si estuviera pensando algo que no nos va a contar.


Por mi parte también aprendí a mirar despacio.


Ilustración de Cecilia Rébora.
Ilustración de Cecilia Rébora.

Creo que ahí comenzó realmente mi relación con los gatos: no desde la ternura sino desde la observación. Empecé a dibujarlos tratando de entender diferencias mínimas —la curva casi imperceptible entre un gato alerta y un gato relajado, la forma en que una cola expresa fastidio, curiosidad o soberbia—. Descubrí que el gato cambia por completo con apenas una línea. Que en su cuerpo vive una gramática entera del estado de ánimo que la mayoría del tiempo ignoramos porque no sabemos leerla.


4.

Fue el grabado el que terminó de enseñarme algo que hasta entonces no había podido nombrar. En él, trabajas por capas que no existen al mismo tiempo. Primero la línea: el contorno, el pelaje, la tensión del cuerpo. Después el color, que llega encima pero no coincide del todo porque tiene su propio carácter. El resultado no es la suma de ambas cosas sino una tercera presencia: algo que vibra, algo que parece no estar resuelto y que encuentra precisamente en esa inexactitud su sentido.



Los gatos funcionan igual. Cada vez que intentaba dibujarlos bien —bien en el sentido de correcto, de fiel— la imagen quedaba muerta. El gato necesitaba una línea que no lo terminara de encerrar, una ventana abierta, un espacio sin resolver. Quizá por eso aparece tantas veces en mis ilustraciones.


Un gato nunca termina de dejarse dibujar. Cuando creo haber entendido una postura aparece otra. Cuando consigo atrapar una expresión, cambia la luz, gira una oreja, desaparece. Volver a dibujarlos es menos una decisión que una conversación que todavía no termina. A veces llegan antes que la historia. Se acomodan en una página vacía, habitan el margen, duermen donde nadie los llamó y, cuando me doy cuenta, ya están ahí.


Ilustración de Cecilia Rébora.
Ilustración de Cecilia Rébora.

6.

Me interesa que un gato pueda contener muchas cosas a la vez: elegancia y ridiculez, misterio y humor, ferocidad y ternura. Puede parecer filósofo durante un segundo y, al siguiente, caer de una silla persiguiendo una palomilla. Esa contradicción no se resuelve —tal vez no tiene por qué—. Tal vez sea precisamente eso lo que lo vuelve tan atractivo para dibujar. Siempre queda algo fuera de la imagen, algo que no se deja atrapar del todo.


7.

Con el tiempo entendí que mi fascinación no era tanto por los gatos como por lo que provocan en mi manera de mirar. Me obligan a detenerme en gestos mínimos, en silencios, en movimientos pequeños cargados de significado. Un gato durmiendo bajo la luz de una ventana puede convertirse en una escena completa. Una cola desapareciendo detrás de una puerta puede sugerir una historia.


8.

Los gatos parecen estar hechos de posturas. Hay algo profundamente poético en la manera en que ocupan el espacio. Se enroscan como una pregunta, se estiran como quien no teme ser. Se doblan sobre sí mismos. A veces parecen una mancha de tinta. Otras, una escultura. Incluso inmóviles dan la impresión de estar a punto de transformarse en otra cosa.


Ilustración de Cecilia Rébora.
Ilustración de Cecilia Rébora.

9.

Me gusta observar la paciencia con la que acechan. Esa concentración absoluta que antes les servía para esperar un ratón y que ahora, desde un departamento en un duodécimo piso, se dirige hacia presas menos gloriosas: un calcetín abandonado, un lápiz escapado del estudio, una cinta olvidada bajo una silla. Luna los caza con la misma seriedad que si le fuera la vida en ello. Después los deja en lugares inesperados, como una ofrenda o un mensaje escrito en un idioma que todavía no aprendemos.


10.

Por eso he dibujado tantos. Porque cada uno parecía distinto aunque estuviera quieto. Porque incluso dormidos conservan una pequeña reserva de misterio. Porque nunca dejan de parecer un poco inventados.


Pese a todos los gatos que he dibujado en estos años — varios cientos, quizá más de mil—, nunca he dibujado a Luna. No por olvido ni por falta de tiempo, sino porque hay presencias que se resisten a ser reducidas a una línea. Luna existe de una manera que ningún grabado podría contener sin perder algo de ella. Es el gato que está debajo de todos los demás: la primera sombra, la primera cola que desapareció detrás de una puerta, la primera conversación. La que llegó al guayabo y decidió quedarse cuando pudo no hacerlo.


Ilustración de Cecilia Rébora.
Ilustración de Cecilia Rébora.

Coda

Quizá dibujar sea siempre un intento de retener algo que se escapa. Pero hay misterios que no piden un dibujo, sino una memoria.

Luna sigue debajo de todos los gatos que dibujo. Y sospecho que siempre será así.


Cecilia Rébora es ilustradora tapatía. Desde hace más de dos décadas cuenta historias a través de las imágenes. Ha publicado libros en México y el extranjero, fue Embajadora FILIJ en 2018 y en 2026 presentó 100 gatos, su primera exposición individual, en el Museo de Arte de Zapopan. Vive en Guadalajara.

1 comentario


raquelojazmin
hace 7 días

qué hermoso. y conmovedor para todos los que alguna vez amamos un gato que nos eligió para amarlo ♥

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