• Andrea Reed-Leal

La biblioteca del agua

Andrea Reed-Leal



Las bibliotecas tradicionales son espacios para la preservación y divulgación del conocimiento. La etimología de la palabra lo revela: bibliothēke (del griego biblíon y théke) significa “armario/caja de libros”. Esta noción, sin embargo, proviene de una tradición literaria grecorromana. El libro, como tecnología para la circulación de conocimiento, tiene otros nombres en otras geografías. En las culturas precolombinas, por ejemplo, los códices, las cerámicas y los murales cumplían el mismo propósito: compartían historias a través del tiempo.


Recientemente hemos comenzado a cuestionar lo que preservamos y la forma en la que lo hacemos. En Occidente, se ha privilegiado la palabra escrita como herramienta para preservar y producir conocimiento. Hablar de bibliotecas es usualmente hablar de libros, sin embargo, existen otros saberes que provienen de una experiencia íntima y anterior a la palabra. Como reconocía Gloria Anzaldúa: el conocimiento proviene de la imaginación, el espíritu y las dimensiones ontológicas del universo.


Hablar de bibliotecas es usualmente hablar de libros, sin embargo, existen otros saberes que provienen de una experiencia íntima y anterior a la palabra.


La biblioteca tradicional coloca a la humanidad en el centro de su misión, es decir, se resguarda el conocimiento de y para mujeres y hombres. Pero, ¿podemos pensar en bibliotecas que funcionen, por ejemplo, en torno a elementos naturales? La biblioteca del agua en Islandia, la biblioteca de árboles en Milán o la biblioteca de sonidos de aves de la UNAM son paisajes visuales y sonoros que producen narrativas sobre la degradación ecológica y preservan para la historia el conocimiento del entorno natural. En este texto hablaré de la biblioteca del agua.



Ensamble de fotografías de la serie Still Water (1999) de la artista Roni Horn.

Hace un tiempo hice un viaje a Islandia. El paisaje ahí es verdaderamente asombroso: volcanes, ríos y el inacabable mar te acompañan en todo momento. Llovía y de pronto nevaba. En cada pueblo o pequeña ciudad nos invitaban a las albercas naturales de aguas termales. Ríos subterráneos de agua y lava atraviesan la isla, proveyendo de agua potable y energía al país. De hecho, desde 1930, en Reykjavik se utilizan las aguas calientes naturales para calentar las casas y los edificios en invierno. A los pocos días de estar en este maravilloso país, comprendimos la importancia del agua en el pensamiento y la cotidianidad islandesa.


En Stykkishólmur, un pequeño puerto en el noroeste de la isla, aislado y solitario, visitamos la biblioteca del agua, un proyecto creado en 2007 por la artista estadounidense-islandesa Roni Horn. Donde antes hubo una biblioteca de libros, ahora hay un espacio de encuentro comunitario en el que se preserva el agua de glaciares islandeses. Según nuestra definición etimológica de “biblioteca”, este espacio sería una especie de “armario” de agua.


La colección alberga vitrinas con agua de 24 glaciares islandeses que están despareciendo rápidamente a causa del calentamiento global. El espacio es una invitación a pensar tanto en el deterioro del entorno natural como en el espacio arquitectónico para la preservación del conocimiento. La biblioteca está situada en el punto más alto de un acantilado, en un salón espacioso. El agua configura la estética del espacio: las vitrinas que contienen las partículas de conocimiento de los glaciares miran al mar, en el horizonte.


La biblioteca del agua, en Stykkishólmur. Cortesía de la autora.

Quienes visitan el espacio no siguen una estructura fija de lectura. Si en una biblioteca tradicional tomamos un libro y nos sentamos en un escritorio, aquí leemos/vemos mientras caminamos. En el piso encontramos adjetivos en inglés e islandés que describen las temperaturas cambiantes y extremas de la isla: unpredictable [impredecible], nasty [desagaradable], sunny [soleado], mollulegur [bochornoso], gluggaveđur [palabra que no tiene un sinónimo en español, pero que significa algo como “el clima que se ve bien desde la ventana del interior de una casa, pero que de hecho es desagradable”]. El deterioro del entorno natural y las emociones se reflejan. Reaccionamos íntimamente a las temperaturas extremas. Como dice la artista Roni Horn: “con cada día que pasa podemos ver cómo el clima realmente se convierte en nosotros. Weather Reports You es el comienzo de un autorretrato colectivo". Este espacio es también un archivo de las emociones.


Air Burial, Roni Horn. Ekebergparken, Oslo, 2019

La biblioteca del agua nos invita a pensar en las posibilidades espaciales de las bibliotecas. Si, como bien dice Ingrid Rossi, la digitalización de los libros y documentos ha hecho de las bibliotecas espacios sin libros, habría que replantear la arquitectura de estos espacios, ¿qué objetos los habitan? ¿Cómo interactúan el sujeto y el objeto? El libro digital es accesible desde nuestra casa en una tablet o computadora, la biblioteca entonces se convertirá en un espacio para con-vivir y experimentar el archivo corporalmente. El proyecto de Horn coloca la historia de un “no-humano”, el agua, como objeto principal de preservación. El espacio está “vivo”, es decir, interactúa con la comunidad que lo alberga. La biblioteca recibe escritores, artistas, músicos y poetas; un performance itinerante entre el espacio de preservación y sus habitantes. En la biblioteca del agua no extraemos información, como lo haríamos en una biblioteca de libros; la reflexión no surge de la palabra escrita, sino de contemplar el agua que era parte de un glaciar de miles de años en una vitrina. Para el diseño de nuevas bibliotecas es indispensable replantear lo que consideramos “conocimiento”, incluir otras formas de archivarlo más allá de la palabra escrita y reconocer estos saberes humanos y no-humanos.



Andrea Reed-Leal es historiadora, escritora y ceramista. Actualmente estudia un doctorado en historia y literatura en la Universidad de Chicago. Lleva Biblioteca Revelaciones, proyecto itinerante de libre consulta de libros y archivos. Es, además, editora y coautora de El río que no vemos. Crónicas de Tizapán. Actualmente trabaja en un libro sobre mujeres de la baja Edad Media involucradas en la producción y circulación de manuscritos.




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